Raúl Bezanilla narra la odisea de salvar a siete personas en el Ranco: “No sentí miedo, estaba con la adrenalina a concho”
El director de Besalco -empresa controlada por su familia- manejó la lancha que el domingo pasado entró al lago Ranco, en medio del viento y la lluvia, para rescatar a siete personas que se estaban ahogando. Bezanilla no duda en decir que todo esto fue un milagro. Aquí su testimonio.
Por: Patricio De la Paz
Publicado: Sábado 17 de enero de 2026 a las 21:00 hrs.
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"El domingo pasado, a la hora de almuerzo, estábamos celebrando en Ranco el cumpleaños de mi suegra. Estábamos en la terraza de la casa. Empezó a chispear un poquito y a correr una brisa, así que nos metimos al comedor para no mojarnos. Varios empezamos a comentar que en el lago se veía una mancha, un puntito. Se veía a lo lejos. Como a dos kilómetros de distancia de donde estábamos nosotros.
La lluvia y el viento se hicieron más fuertes. Una de mis hijas me dijo: ‘Papá, ahí sigue aún el puntito’. Yo pensé que era una moto de agua o un kayak, y que con ese tipo de embarcaciones chicas, y además con este viento, esa persona no tenía ninguna posibilidad de volver a la orilla. Así que en un momento, dije: ‘Ya, vamos a ver’. Nos subimos a la lancha con una nieta que estaba ahí, la persona que trabaja conmigo -Braulio- y mi yerno, Polo. En el lago nos encontramos con olas de dos metros. Y llovía. Era el peor escenario.
Yo conozco el lago Ranco hace tiempo, vengo casi todos los años desde 1975. Sé como puede cambiar de un momento a otro. De estar quieto pasa de pronto a parecer un mar con viento y olas.
Nos fuimos acercando y vimos un bulto rojo. Era en el estanque de bencina de un bote. Seguimos y vimos tres manchas. Nos acercamos a la primera: era una mamá con una guagüita. Ella estaba ya medio consciente, con las manos arriba sosteniendo al niño; pobre mujer. Le dije a mi yerno que es atleta, deportista, nadador, que se tirara al agua.
"Nos acercamos a la primera: era una mamá con una guagüita. Ella estaba ya medio consciente, con las manos arriba sosteniendo al niño; pobre mujer"
Polo se acercó a la mujer. Ella no le quería entregar la guagua. La mujer estaba como ida, en shock. Finalmente se la pasó y mi yerno la llevó a la lancha. Yo trataba de poner la lancha cerca, pero tenía que hacerlo con cuidado, por la hélice. Nos pasó a la guagua y mi nieta la abrazó y la empezó a secar. Gracias a Dios teníamos una toalla.
La situación era compleja, pero yo no sentía miedo, sino que estaba con la adrenalina a concho. Había que actuar rápido. No sé cómo nos coordinamos, pero cada uno hacía su pega en ese momento. Polo volvió donde estaba la madre. La acercó a la lancha. No costó subirla. Había que esperar que la lancha bajara en la ola y que otra le pegara por atrás para levantarla. Así, aprovechando ese impulso, logramos subirla.
Un hombre, el papá de la guagua, estaba unos 60 metros más allá. Estaba muy mal. Como ido también. Tenía un brazo levantado con su celular, tratando de llamar, pero no había señal. Me acerqué con la lancha. El hombre nos hizo señas con las manos. Con Polo desde el agua y Braulio y yo en la lancha, lo subimos. Aprovechamos también el movimiento de las olas. Cuando ya estuvo arriba, se puso a vomitar. Pienso que estas personas deben haber llevado media hora en el agua, que estaba muy helada.
Seguía la lluvia y el viento. Yo movía la lancha para estar lo más cerca de quienes aún quedaban en el lago. Si la lancha no estaba cerca, Polo no podía nadar con ellos.
"Me acerqué con la lancha. El hombre nos hizo señas con las manos. Con Polo desde el agua y Braulio y yo en la lancha, lo subimos. Aprovechamos también el movimiento de las olas"
Otras cuatro personas estaban al lado del bote que se hundía. Nos acercamos a esa embarcación y les tiramos un cordel para irlos acercando. Pudimos subirlos a todos a la lancha. Cuando estuvimos seguros de que estaban todos, partimos de vuelta a casa. La lancha se movía más pesada entre las olas.
El trayecto de vuelta duró unos siete, diez minutos. Yo seguía con la adrenalina a tope. Empecé a llamar a mis hijas. Les pedí que bajaran un vehículo a la playa para subir a la casa a las personas rescatadas. No iban a ser capaces de caminar. Pedí también que llamaran a una ambulancia, a los marinos, a las autoridades, porque esta situación nos superaba con creces.
Cuando llegamos a la orilla, ya había bajado gente de la casa y empezamos a subir a estas personas en motos. En la casa habían preparado café, té y agua caliente. La chimenea prendida. La guagua estaba con los labios morados. Una de mis hijas se hizo cargo, la metió en una tina, le pasaba toallas calientes.
Todas las personas rescatadas llegaron con mucho frío. Les dije que se dieran una ducha con agua caliente. Les pasamos ropa, zapatillas. Llegaron los marinos (de la Capitanía de Puerto del Lago Ranco) que chequearon sus pulsaciones, sus temperaturas, el estado físico de cada uno. Ya estaban más o menos estabilizados cuando llegó la ambulancia del SAPU de Futrono. En ella se fueron la guagua y sus padres. Al resto los llevé yo en mi camioneta. Me acompañó un familiar. Justo cuando salíamos llegó una segunda ambulancia, pero decidimos no mover a las personas de mi vehículo, y la ambulancia se fue delante de nosotros por el camino.
"Justo cuando salíamos llegó una segunda ambulancia, pero decidimos no mover a las personas de mi vehículo, y la ambulancia se fue delante de nosotros por el camino"
Nos quedamos un rato en el SAPU. Llegaron familiares de estas personas, que nos abrazaban y nos daban los gracias. A quienes habíamos rescatado en el lago eran personas de Futrono, de Valdivia y de Osorno que andaban de paseo ese día. Intercambiamos teléfonos. Sus familiares nos decían que les habíamos salvado la vida, que les habíamos dado una segunda oportunidad. Fue muy emocionante… yo me emocioné. Es que recién ahí, ya sin adrenalina encima, empecé a darme cuenta de lo que había pasado. Esa noche me costó quedarme dormido, veía a la mamá con la guagua y su flotador amarillo. Si estas personas hubiesen estado sin salvavidas, todos habrían muerto.
Desde ese día me han llegado, sin exagerar, como 800 mensajes en WhatsApp agradeciendo lo que hicimos, de gente que conozco y que no conozco. Yo agradezco a Dios, porque fuimos un instrumento de Él. Nunca me había tocado salvarle la vida a siete personas… En mi lancha a lo más me había tocado un gallo en pana con la batería o cosas así.
Si tengo que resumir lo que pasó, esto fue un milagro. No tengo duda de eso. Fue un milagro, porque se dieron todas las cosas para que la situación pudiera resolverse bien: que nos subimos los cuatro a la lancha, que pudimos ubicarla en el lago pese al viento, que pudimos subir siete personas, que mi familia estuvo unida y coordinada cumpliendo una labor, desde el que se tiró al agua hasta la que hizo la leche caliente en la casa… Fue un milagro patente, y con la ayuda de la Virgen, quien de seguro movió todo ahí”.
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