Tres eventos que dieron forma a nuestro mundo
Por: MARTIN WOLF
Publicado: Miércoles 11 de junio de 2014 a las 05:00 hrs.
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Este año es el 100º aniversario del inicio de la primera guerra mundial, el 70º aniversario del “Día D” y el 25º aniversario de la caída del imperio soviético y de la represión salvaje en la Plaza de Tiananmen. Hace cien años, el frágil armazón de Europa se vino abajo. Hace setenta años, las democracias lanzaron un asalto a una Europa totalitaria. Hace veinticinco años, Europa entera se convirtió en un continente libre, mientras que China optó por la economía de mercado y el estado totalitario. Durante este cuarto de siglo, hemos vivido en una época de capitalismo global. Pero las presiones políticas y económicas de semejante época son cada vez más evidentes.
En 1913, Europa occidental era el centro económico y político del mundo. Generaba un tercio del Producto Interno Bruto mundial (incluso al medirse en paridad de poder adquisitivo, lo que eleva la participación de los países pobres por encima de aquellos con participación basada en intercambios mercantiles). Los imperios europeos controlaban la mayor parte del mundo, directa o indirectamente. Las empresas europeas dominaban el comercio y las finanzas mundiales. A pesar de que EEUU ya contaba con la mayor economía nacional integrada, este seguía siendo periférico.
La rivalidad entre las potencias europeas desgarró a este mundo. La guerra dio lugar a la revolución rusa y, subsecuentemente, a las revoluciones comunistas. La balanza de poder cambió al otro lado del Atlántico. Dejó la estabilidad económica mundial a la merced de EEUU, para entonces el principal acreedor del mundo. Decididamente debilitó las antiguas potencias imperiales. Destruyó la confianza europea en sí misma.
Lo que la primera guerra mundial no logró, lo lograron la Gran Depresión, el nazismo y la segunda guerra mundial. Al llegar el día D, la economía mundial se había desintegrado, Europa estaba en el suelo y los horrores del Holocausto empezaban a salir a la luz. El desastre era total.
El éxito del desembarco de los Aliados en las playas de Normandía aseguró que la victoria en Europa no recayera exclusivamente en los hombros de sólo uno de los poderes totalitarios. Una Europa occidental libre y democrática surgiría bajo la protección de EEUU. La división de posguerra en Europa fue una tragedia inevitable: EEUU no iba a enfrentarse ante la Unión Soviética inmediatamente después de su alianza. Sin embargo, EEUU ya se había comprometido a proteger la libertad de Europa occidental por medio de la OTAN y puso en marcha la reintegración de las economías europeas y transatlánticas con el plan Marshall, la Organización para la Cooperación Económica Europea y el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio. Mientras tanto, la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero con seis miembros en 1951 dio lugar eventualmente a la Unión Europea de hoy en día con sus 28 miembros.
Uno de los frutos más importantes del auge de EEUU y del colapso moral y material de Europa fue el fin de los grandes imperios. Casi la totalidad de los nuevos países independientes –hostiles a las antiguas potencias coloniales, marcados por la Gran Depresión e impresionados por los aparentes éxitos de la Unión Soviética de Stalin– optó por seguir la industrialización interna, impulsada por la sustitución de importaciones. China, que cayó bajo el control comunista en 1949, adoptó la autosuficiencia con gran entusiasmo. Pero India, aunque democrática, también abrazó la planificación y la nacionalización extensa. Igualmente lo hicieron la mayoría de los países en desarrollo de América Latina.
A pesar de que 1989 no es el único año que marcó el fin de la división mundial de la posguerra, efectivamente marcó el fin de la división europea de la guerra fría y llevó rápidamente a la caída de la Unión Soviética. Deng Xiaoping ya había puesto a China en el camino hacia la “reforma y la apertura” en 1978, pero su repudio a las reformas políticas del presidente soviético Mikhail Gorbachev en el año de las revoluciones democráticas determinó la naturaleza del desarrollo de China: una síntesis entre una economía de mercado de abajo hacia arriba y un sistema de gobierno de arriba hacia abajo. El ascenso de China es motivo de admiración, pero los retos de elevar a un país de la miseria a uno de ingresos medios son diferentes a los de crear una economía de altos ingresos.
La característica sobresaliente del último cuarto de siglo es la globalización. Impulsada por la aceptación mundial de la economía de mercado y turbo-cargada por la revolución digital, la humanidad ha creado una economía que está más altamente integrada que en 1913, a excepción de la migración de personas, la cual es más pequeña. Además, esto ha ocurrido no bajo imperios, sino bajo la égida de las instituciones mundiales, tanto públicas (como el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio y la UE) y empresas (transnacionales) privadas.
También ha sido una época de logros, en particular, un rápido descenso de la proporción de personas en situación de pobreza extrema y el asombroso ascenso de China y de India, países que totalizan casi el 40% de la población mundial. También en Europa, les ha ido muy bien a los países que acogieron la reforma estructural, como Polonia.
Este es, por ende, un mundo que ha dado un giro completo, aunque con grandes cambios a lo largo del camino. Es un mundo marcado por algunas tensiones conocidas: la historia no se repite, pero sí rima.
La Gran Recesión, a semejanza de la Gran Depresión, afectó la globalización, como el Instituto Global McKinsey muestra en un estudio reciente. Afectados por un colapso en las finanzas transfronterizas, los flujos totales de comercio de bienes y servicios, así como de las finanzas, cayeron dramáticamente en relación con el Producto mundial. El comercio ha demostrado ser más robusto que las finanzas, pero incluso también dejó de subir con relación con el PIB mundial entre 2005 y 2012. Todavía no está claro cuán profunda será esta desaceleración de la globalización. Pero dado el daño causado por la crisis financiera mundial y la evidente preocupación sobre cómo está funcionando la economía de mercado mundial, en particular con respecto a la distribución de las ganancias, sería posible experimentar mayores repercusiones que las de hoy en día.
Pero las tensiones políticas pueden llegar a ser aún más importantes, al igual que antes de 1914. La tensión entre la integración económica y las divisiones políticas sigue siendo el talón de Aquiles de cualquier economía globalmente integrada. Hoy en día, Rusia se autodefine como revanchista y China como asertiva. Las armas nucleares reducen las posibilidades de un conflicto militar directo, pero no las eliminan. También harían que las consecuencias fuesen mucho peores.
Si hay una lección de los últimos 100 años es que estamos condenados a cooperar. Sin embargo, seguimos siendo seres tribales. Esta tensión entre la cooperación y el conflicto es permanente. En el siglo pasado la humanidad experimentó extremos de ambos. La historia del siglo que viene se determinará por la forma en la que encaremos retos muy similares.
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