La situación laboral -y de estabilidad- de una persona migrante estaría directamente relacionada al momento en que llegó al país. Así lo revela el último informe del Centro de Políticas Migratorias, el cual profundizó en el escenario laboral de las personas extranjeras en Chile, considerando la evolución de los datos de la Encuesta de Caracterización Socioeconómica Nacional (Casen) entre 2013 y 2024.
Y es que aunque la población extranjera sigue exhibiendo mayores niveles de ocupación que los trabajadores chilenos, las brechas salariales, la informalidad y las diferencias por género continúan marcando el panorama laboral de los migrantes en el país.
El informe comienza señalando que el número de migrantes ocupados pasó de 260.687 personas en 2013 a 1.092.637 en 2024, un salto de 319% en poco más de una década.
El estudio también evidenció un ajuste tras el peak alcanzado en 2022, cuando el empleo migrante llegó a 1,12 millones de personas. Desde entonces, el indicador comenzó a moderarse en línea con una menor llegada de extranjeros al país.
Pese a ello, la inserción laboral de la población migrante continúa siendo superior a la de los no migrantes. De hecho, la tasa de ocupación extranjera llegó a 75% en 2024, casi 19 puntos porcentuales sobre la verificada por los chilenos, que alcanzó a 55,9%.
En paralelo, la tasa de desempleo extranjero se ubicó en 6,3%, por debajo del 9,1% anotado por la población no migrante. El peor momento para ambos grupos se registró en 2020, en plena pandemia, cuando la desocupación de los extranjeros alcanzó el 10,2%.
Los números
El análisis constató que el tiempo de residencia en Chile se traduce en diferencias relevantes en la condición de actividad económica de los migrantes.
Las personas que arribaron durante 2024 presentaron la tasa de ocupación más baja entre la población migrante (60,1%), junto con la tasa de desocupación más alta (12,0%).
Quienes lo hicieron entre 2015 y 2017, en tanto, registraron la tasa de ocupación más alta alcanzando el 80,6%, seguidos por quienes entraron entre 2018 y 2019, quienes registran una tasa de 78,6%.
Además, la tasa de inactividad más baja se verifica entre quienes llegaron entre 2015 y 2017 (15%), mientras que la más alta se encuentra entre aquellos que llegaron en 2024 (31,7%) y aquellos que llegaron antes del 2000 (28,4%).
Para el director ejecutivo del Centro de Políticas Migratorias, Juan Pablo Ramaciotti, estos datos son reflejo de un “fenómeno esperable, pero que requiere políticas concretas: la inserción laboral toma tiempo, pues los recién llegados enfrentan barreras concretas -redes de contacto incipientes, procesos de visados, homologación de títulos y dificultades para acceder a empleo formal sin documentación definitiva-”, destacó.
El período de ingreso al país también se asocia positivamente con el nivel de ingresos de los trabajadores migrantes. Quienes lo hicieron en 2024 registraron un ingreso promedio de $ 582.638, en contraste con los $ 1.177.511 de quienes llegaron antes de 2000.
Consultado por las razones tras este fenómeno, Ramaciotti explica que influyen varios factores, como la regularidad migratoria -que abre acceso a empleos formales mejor pagados-, el reconocimiento de credenciales profesionales que toma años, la acumulación de redes y la movilidad ascendente desde empleos de entrada hacia ocupaciones más calificadas.
“En suma, refleja un proceso de integración progresiva multidimensional, no solo de antigüedad”, dijo.
Brechas de género
Otro de los focos del análisis apuntó a las diferencias entre hombres y mujeres migrantes. Mientras los hombres alcanzaron una tasa de ocupación de 85,1%, en las mujeres el indicador cayó a 65,1%, reflejando una brecha de 20 puntos porcentuales.
La distancia también se observó en la inactividad laboral. Cerca de un 28,6% de las mujeres migrantes permanece fuera del mercado laboral, más del doble que los hombres, cuya tasa llega a 11,1%.
En materia salarial, el ingreso promedio de los trabajadores migrantes alcanzó $ 783.196 mensuales en 2024, por debajo de los $ 867.092 percibidos por los locales. La mediana salarial extranjera llegó a $ 550 mil, versus $ 600 mil entre los chilenos.
Las diferencias por sexo se repiten. Los hombres extranjeros registraron ingresos promedio por $ 858.594, mientras que las mujeres unos $ 687 mil, es decir, cerca de un 20% menos.
Para Ramaciotti, estos datos muestran que, en una década, la población migrante se ha constituido como un pilar fundamental del mercado laboral chileno. Sin embargo, dijo, hay desafíos importantes que persisten: las personas foráneas tienen ingresos inferiores a los chilenos, mayor informalidad laboral y brechas que retrasan años el proceso de inserción.
Por ello, a su juicio, “uno de los desafíos más importantes es reducir la informalidad laboral, que es superior a la de los trabajadores chilenos, y se concentra en regiones del norte del país".
Otro desafío, agrega, es abordar desde las políticas públicas las barreras a la inserción laboral en los primeros años de llegada al país. "Esto último requiere medidas efectivas de regularización y formalización; mecanismos eficientes de convalidación de títulos y competencias; y una mirada más focalizada a los sectores donde se concentra el trabajo migrante, como es la agricultura, construcción y comercio”, afirma Ramaciotti.