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REGÍSTRATE AQUÍEn vísperas de su 250° aniversario, Martín Wolf asegura que Estados Unidos y el orden mundial que creó atraviesan una crisis.
Por: Financial Times
Publicado: Miércoles 24 de junio de 2026 a las 15:27 hrs.
Por Martín Wolf
Estados Unidos fue el vencedor del siglo XX. Con el colapso de la Unión Soviética en 1991, no solo poseía un poder político y económico sin parangón, sino que además encarnaba valores admirados de gobierno constitucional y libertad. Pero eso no duró.
Para comprender por qué triunfó y cómo fracasó, es necesario remontarse al menos al siglo XIX. A mediados de ese siglo, las potencias europeas -en particular Reino Unido, dueño de un vasto imperio y de la energía del vapor- dominaban el planeta. Luego, en los años previos a 1914, se produjo la “segunda revolución industrial”, con Estados Unidos a la cabeza. Los avances incluyeron la química, electricidad, telefonía, productos farmacéuticos, motor de combustión interna, aviación y la radio. También se registraron cambios profundos, entre ellos una etapa de globalización.
También hubo modificaciones en el equilibrio de poder. Dentro de Europa, el acontecimiento más importante fue el ascenso de la Alemania imperial. Otro fue el surgimiento de Japón. Sin embargo, el mayor cambio de todos fue el ascenso de Estados Unidos. Para 1914, se había convertido en la mayor economía del mundo. La disputa por la supremacía en Europa entre la emergente Alemania y las potencias establecidas -Reino Unido, Francia y la Rusia imperial- no era la cuestión central que ellas creían. La verdadera pregunta era cuándo Estados Unidos se convertiría en la potencia dominante.
Al término de la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos era el dueño de Europa. Lamentablemente, respaldó una paz que posteriormente resultó imposible de hacer cumplir debido a su retirada. Esa abdicación, junto con las convulsiones políticas internas, las inflaciones de los años 20 y el desempleo masivo de la Gran Depresión, condujeron a la Segunda Guerra Mundial.
Esta vez, sin embargo, fue diferente. En parte impulsado por su competencia con el comunismo soviético -a su vez fruto de la efervescencia ideológica del siglo XIX y de la destrucción del sistema imperial ruso-, Estados Unidos mantuvo su compromiso internacional. Así comenzó la Guerra Fría. En ese conflicto, Europa quedó dividida, su parte occidental pasó a depender de Estados Unidos, los imperios europeos desaparecieron y surgió un consenso socialdemócrata. El laissez-faire (modelo de libre mercado con escasa intervención estatal) quedó atrás. El nuevo orden fue el capitalismo administrado. Pese a la revolución “neoliberal” de los años 80, ese orden se mantuvo. Lo que cambió fue la forma en que se gestionó.
Entre 1989 y 1991 colapsaron la Unión Soviética y su imperio. Estados Unidos denominó su victoria sobre las ideologías totalitarias del fascismo y el comunismo, y sobre todos sus rivales geopolíticos -Alemania, Japón, el Imperio Británico y la Unión Soviética- como el “momento unipolar”. La historia suele burlarse de esas certezas.
Apenas 35 años después de su triunfo, el papel de Estados Unidos como hegemon estabilizador se ha desvanecido, del mismo modo que ocurrió con Reino Unido hacia 1900. Nuevamente, los cambios que transforman el orden en desorden y la victoria en derrota son simultáneamente económicos, tecnológicos y políticos.
Los más importantes han sido el ascenso de China, la revolución digital y el triunfo del populismo de derecha.
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China fue apartándose de su alianza con Rusia en la década de 1970. Poco después, Deng Xiaoping optó por la política de “reforma y apertura”. Surgió así otra superpotencia. Por primera vez en más de un siglo, Estados Unidos enfrentó a un competidor de igual nivel. Como ocurrió durante la era liberal del siglo XIX y comienzos del XX, esta vez liderada por Estados Unidos, una segunda globalización fue impulsada y acelerada por tecnologías disruptivas de información y comunicación.
Entre otras transformaciones destacan las crisis financieras y las migraciones masivas. De nuevo, como antes de la Primera Guerra Mundial, se produjeron grandes cambios sociales y políticos, en parte provocados por luchas políticas y, a su vez, alimentándolas. A fines del siglo XIX, esas disputas estuvieron dominadas por demandas de clase y nación. Esta vez han girado más en torno al género, la raza y la identidad. En ambos casos surgieron contrarrevoluciones conservadoras y nacionalistas.
Hoy, en vísperas de su 250° aniversario, Estados Unidos y el orden mundial que creó están en crisis. En el país, la administración es corrupta, incompetente y, lo más importante, hostil a las normas y valores que inspiraron a los padres fundadores.
La Declaración de Independencia proclamó la liberación frente a los tiranos. Donald Trump quiere ser uno. Peor aún, está debilitando los pilares del poder estadounidense: el Estado de derecho, la ciencia líder a nivel mundial, las alianzas de confianza y la confianza en la estabilidad económica y política del país. Un gobierno regido por caprichos está reemplazando a uno regido por leyes. En el mundo, la democracia lleva dos décadas en retroceso: según V-Dem, apenas el 7% de la población mundial vive hoy en democracias liberales. Xi Jinping puede sonreír.
Este mundo recuerda al de los años previos a 1914. Entonces, ¿cómo podría terminar?
La buena noticia es que las armas nucleares reducen enormemente la amenaza de una guerra entre las grandes potencias. Además, ninguna potencia relevante padece hoy el militarismo de comienzos del siglo XX ni el aún más irracional militarismo de las décadas de 1930 y 1940. También es positivo que los gobiernos sigan siendo juzgados, en gran medida, por su capacidad para asegurar la prosperidad de sus pueblos. El crecimiento económico sin precedentes registrado tras la Segunda Guerra Mundial ha alimentado la demanda de una prosperidad aún mayor prácticamente en todo el mundo.
La mala noticia es que enfrentamos una serie de desafíos que solo pueden abordarse de manera conjunta. El medio ambiente global es uno de ellos. Otro consiste en gestionar las implicancias de nuevas tecnologías revolucionarias, especialmente la inteligencia artificial. Y, no menos importante, vuelve a plantearse la pregunta de si el despotismo arbitrario se convertirá en la norma global o si la libertad y la democracia lograrán seguir prosperando.
El mundo que muchos esperábamos hace unos 35 años, tras el colapso del despotismo soviético, el mundo que Estados Unidos contribuyó decisivamente a construir, está desapareciendo. También lo está haciendo, al menos por un tiempo, ese Estados Unidos. Aprendemos de la historia. Pero, lamentablemente, luego la olvidamos.
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