En menos de una semana, el presidente estadounidense, Donald Trump, tomó control del petróleo de Venezuela, amenazó con invadir Groenlandia y retiró a su país de los principales organismos internacionales de energía renovable, lucha contra el cambio climático, desarrollo y democracia.
Los movimientos tienen el sello de un hombre: Stephen Miller. En entrevista con CNN, dos días después del operativo militar en Venezuela, el subjefe de gabinete de la Casa Blanca anunció: “Somos una superpotencia. Y bajo el mandato del presidente Trump, nos comportaremos como tal”.
Miller, de 40 años, es considerado uno de los ideólogos del gobierno y es uno de los pocos nombres que acompañan al mandatario desde su primera administración. Informalmente, es considerado el “primer ministro” de Trump, siendo responsable de trasladar las ideas que entusiasman al movimiento MAGA en políticas públicas como el despliegue de las redadas de captura de inmigrantes. También se pueden rastrear a ideas expresadas por Miller el discurso que ha adoptado la Casa Blanca de calificar como “terrorismo” o una amenaza a la seguridad de EEUU actividades tan variadas como el tráfico de drogas (cargos contra Maduro), las acciones judiciales contra las órdenes ejecutivas de Trump, o protestas pacíficas (“terrorismo doméstico”).
Para el resto de los países, las ideas de Miller se han traducido en un regreso del mundo de las súper potencias, de la ley del más fuerte, en reemplazo de las instituciones creadas tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.
“Puedes hablar todo lo que quieras sobre sutilezas internacionales y demás, pero el mundo real se rige por la fuerza, por la violencia, por el poder. Esas son las leyes de hierro del mundo, las que existen desde el comienzo de los tiempos”, afirmó Miller.
En 1823, el presidente estadounidense James Monroe acuñó la doctrina que lleva su nombre y que guió la política internacional desde entonces. Esta doctrina justificaba la intervención estadounidense ante cualquier intento de recolonización de parte de las potencias europeas sobre las nacientes democracias latinoamericanas, bajo el argumento de una amenaza a la paz y seguridad del continente. Fue esta doctrina la que justificó, al interior del Capitolio, la intervención en países de la región durante la Guerra Fría bajo la lucha contra el comunismo.
Trump -en sus palabras- ha “superado con creces” la Doctrina Monroe. El objetivo ya no es frenar el comunismo o defender la democracia, sino los intereses de EEUU. Tras el operativo militar en Venezuela, con el que se capturó a Nicolás Maduro y se tomó control -de facto- del petróleo del país, “el dominio estadounidense en el hemisferio occidental nunca volverá a ponerse en duda”, afirmó.
Ni el Congreso, ni gobiernos aliados fueron informados de la operación militar. Sí la industria petrolera.
En palabras de Miller, no hace sentido que EEUU se preocupe de otras cosas -como elecciones libres- que no sean sus propios intereses. “Durante años, enviamos a nuestros soldados a morir en los desiertos de Oriente Medio para intentar construirles parlamentos, intentar construirles democracias, intentar darles más recursos. El futuro del mundo libre depende de que EEUU sea capaz de afirmarse a sí mismo y defender sus intereses sin disculparse”, declaró ante CNN.
Incluso para miembros de la administración algunas de las ideas nacionalistas y conservadoras de Miller resultan difíciles de vender al público. Para hacerlas más digeribles está el secretario de Estado, Marco Rubio.
Contrario a Miller, Rubio no es parte del movimiento MAGA y durante años, como senador republicano, fue un defensor explícito del rol de EEUU como garante del orden liberal internacional, promotor de la democracia, el libre comercio y las alianzas estratégicas. Hoy es el encargado de aterrizar las decisiones de la Casa Blanca y calmar las inquietudes de la prensa, gobiernos extranjeros y los propios legisladores republicanos. Mientras Trump y Miller hablan de gobernar Venezuela, Rubio dice que la "dirigen" hacia una determinada dirección; mientras Trump y Miller hablan exclusivamente de petróleo, Rubio agrega planes de "reconciliación nacional" y transición democrática. Mientras Miller y Trump reclaman que Groenlandia debe ser de EEUU y cuestionan tratados internacionales históricos, Rubio descarta una invasión y habla de comprar la isla. Rubio no abandona el tono duro de la Casa Blanca, pero su discurso reviste las medidas y planes de cierto aire de legalidad.
Esferas de poder
El regreso de la ley del más fuerte, impulsada por Miller y Trump y ejecutada por Rubio, normaliza la idea de que las grandes potencias tienen áreas o esferas propias de influencia sobre las cuales ejercer su poder.
La publicación de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional (NSS, en inglés) en noviembre pasado, junto con la operación militar en Venezuela, apunta a que la Casa Blanca permitirá un esquema de esferas de influencia. El propio documento reconoce la existencia de otras potencias, medianas y grandes, que pueden ampliar su influencia, siempre que no alcancen un grado de dominación que amenace directamente los intereses estadounidenses. Este principio, lejos de contener a China y Rusia, reduce los incentivos para frenar su avance gradual dentro de sus respectivas regiones, siempre que eviten cruzar líneas rojas definidas por Washington.
Junto a este principio, y como lo dejó claro la operación en Venezuela, Estados Unidos deja a un lado el multilateralismo y afirma que definirá su propio rumbo y sus políticas de manera autónoma, incluso cuando estas entren en tensión con tratados o leyes internacionales. Así, las instituciones creadas tras la Segunda Guerra Mundial pierden a su principal garante.
El mundo despierta a un nuevo orden más impredecible. En palabras del propio Trump, en entrevista con The New York Times, solo hay un límite al poderío global de EEUU a partir de ahora: “Mi propia moral. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme”.