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Rodrigo Aravena

Rodrigo Aravena

24/10/2016

Es probable que la economía chilena aumente su tasa de crecimiento en 2017. Al menos eso es lo que sugieren los resultados de encuestas realizadas a analistas locales y extranjeros, estimaciones de autoridades y escenarios planteados por organismos internacionales. Dado el consenso que existe sobre este tema, y considerando que en 2016 la economía chilena habría anotado el menor crecimiento desde la recesión del año 2009, es probable que comencemos a ver discusiones y análisis que planteen la posibilidad de que este año haya sido un punto de inflexión. En otras palabras, que 2016 haya sido el peor año de este ciclo en materia de crecimiento. Este tipo de análisis, ¿estaría en lo correcto? Probablemente sí. ¿Pero es lo más relevante a considerar en el escenario macro? Definitivamente no. Creo que si bien es probable que Chile crezca algo más el próximo año, hay tres elementos que debiesen ser mucho más relevantes en la discusión: El primero es que las estimaciones de crecimiento reflejan un promedio de escenarios probables. Esto es sumamente relevante, ya que hoy tenemos una serie de riesgos de corto plazo, principalmente externos, que generan un menor grado de confianza en las estimaciones que podamos realizar. Por ejemplo, vale la pena preguntarse: ¿Cómo cambiaría nuestra estimación de crecimiento si es que hay efectos negativos en los mercados ante una eventual alza de la Fed Fund en diciembre? ¿Cuán sensible es la estimación de crecimiento ante distintos resultados electorales en EEUU? O bien, ¿qué tan impactada se vería la economía chilena si las elecciones y discusiones constitucionales en Europa apuntaran hacia una reducción de la apertura comercial y financiera? Todos esos factores tienen una influencia de primer orden en la economía local. Además, se debe considerar que para ninguna de ellas tenemos escenarios comparables y dichos eventos ocurrirían en forma relativamente simultánea (dentro de los próximos 5 meses). Por lo tanto, creo que debemos ser especialmente cuidadosos con las interpretaciones que damos a las expectativas de recuperación, sin dejar de reconocer la alta incertidumbre que tenemos. En otras palabras, recién una vez que ocurran estos eventos tendremos información para sacar conclusiones más robustas. Un segundo elemento relevante es que si bien conocemos el punto de partida de esta eventual recuperación (crecimiento en torno a 1,6% este año), hay muchas dudas sobre el punto de llegada. ¿Cuál es el PIB tendencial y qué tan probable es que pueda seguir cayendo? El nivel de convergencia es muy importante para cualquier discusión macro, ya que sólo una pequeña diferencia de crecimiento tiene impactos muy importantes en el largo plazo. Por ejemplo, si el país, creciera a una tasa de 3,5% versus un 2,5%, al cabo de 5 años tendríamos una diferencia de PIB cercana a US$15.000 millones, con mayores ingresos fiscales en torno a 1% del PIB actual. La tercera razón, y que he reiterado en otras columnas en este medio, es que tenemos certeza de algo: el término del ciclo minero, la composición demográfica del país y la falta de crecimiento de la productividad ponen la pista un poco más pesada para aumentar el crecimiento en el futuro. De esta manera, la discusión de fondo y la que nunca debemos perder de vista es cómo generar nuevas fuentes de crecimiento de largo plazo, lo cual pasa necesariamente por mejorar los niveles de confianza e inversión. Quisiera terminar esta columna destacando que creo que hay razones para crecer más el próximo año y que efectivamente 2016 podría haber marcado el punto más bajo del ciclo. Pero mi principal intención es reforzar la necesidad de no sacar conclusiones antes de tiempo, entender el contexto en que estamos y con ello generar las discusiones necesarias para una reactivación sostenible de largo plazo.

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