Nunca confundir la envoltura con la perla
Por: Equipo DF
Publicado: Viernes 1 de junio de 2012 a las 05:00 hrs.
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Es el reflejo condicionado de la profesión, comprensible, tal vez necesario, pero que a veces parece un poco exagerado. Estoy hablando del tamiz al cual los diarios someten los textos papales para encontrar en ellos algunas alusiones a los hechos de la actualidad eclesial. Al respecto, he leído con atención el texto completo de la homilía pronunciada el domingo por Benedicto XVI en la misa de Pentecostés. Dicen que la escribió completamente él mismo, a diferencia de muchas otras cosas en las cuales se limita a revisar lo preparado de acuerdo con sus instrucciones verbales o por escrito. Encontré ahí una página de elevada espiritualidad, un llamado urgente no sólo a los fieles, sino a toda la humanidad, a volver a encontrar comprensión y comunión, abandonando tantos contrastes, resueltos acaso con la violencia. También la confrontación entre Pentecostés, señal de unión, y Babel, señal de desunión, es un clásico del arte de la homilética. Este recurso fue empleado incluso por el maestro insuperable del género, el mítico Bossuet, predicador en la corte del Rey Sol. Sin embargo –y si me desmienten, no me quejaré – no me pareció encontrar ahí alguna conexión con la actual crónica negra eclesial. Y digo “negra” de manera intencional, porque me parece recordar que es una de las escasas oportunidades, desde el fin del poder temporal de la Iglesia romana, en que se habla de alguien, por lo demás un laico, recluido por “sacerdotes” en una de sus cárceles. No son las celdas del Palacio del Santo Oficio, donde el Cardenal Ratzinger trabajó durante un cuarto de siglo, pero en resumidas cuentas, el asunto ha impresionado.
La celda del camarero personal nos recuerda, entre otras cosas una realidad a menudo olvidada: el Vaticano, a pesar de su superficie de apenas medio kilómetro cuadrado, es un Estado entre los Estados, forma parte de la ONU, tiene una bandera, un blasón, un himno, un periódico y un diario oficial, así como embajadas, policía, fuerzas armadas, tribunales, una radio y una estación ferroviaria. Tiene además el banco central del cual tanto se ha hablado y una prisión. Es importante no olvidar esto, ya que (como se ha observado también recientemente) se sigue confundiendo entre Ciudad del Vaticano e Iglesia, si bien no son lo mismo. Por ejemplo, los asuntos del IOR, del Osservatore Romano o de las embajadas en el mundo -las nunciaturas- corresponden al Estado y no a la Iglesia. Así, el ruidoso episodio de la detención de estos días y de la fuga de documentos que lo antecedió carecen de toda relevancia religiosa, siendo competencia de la policía y de los magistrados vaticanos, es decir, del Estado y no de la Iglesia, ciertamente.
Con todo, volviendo a la homilía de Benedicto XVI el domingo de Pentecostés, probablemente fue escrita hace algún tiempo; pero aunque su redacción hubiese sido muy reciente, era muy poco probable encontrar alusiones a la misma en la crónica, porque por lo demás –reiteramos- no se trata de hechos vinculados con la enseñanzas de ese Guardián de la fe y la moral que es el sucesor de Pedro.
Por otra parte, la ocasión litúrgica era Pentecostés, y como el mismo Papa recordaba, es como el “bautismo” de la Iglesia, nacida pocos días antes, es decir, después de la Ascensión al Cielo de Jesús. El profesor Ratzinger era y es un gran experto en teología dogmática y tenía -y tiene- una excelente preparación en exégesis bíblica, como lo ha confirmado asimismo en los dos volúmenes aparecidos hasta ahora sobre el Jesús histórico. No es especialista en historia eclesiástica, pero también es ésta una disciplina en la cual se mueve con desenvoltura. Por consiguiente, sabe muy bien que es en gran medida exagerado ese mito de la Iglesia primitiva, constituida enteramente por santos, cultivado también hoy por quienes se oponen a la Santa Sede actual, invocando el retorno a los orígenes. El mito surge de algunos versículos de los Hechos de los Apóstoles que describen la idílica comunidad primitiva de Jerusalén, donde todos se aman y ponen sus bienes a disposición de la comunidad. Sin embargo, ésta duró poco, porque las comunidades iniciales, constituidas por judíos, se dividieron muy pronto internamente entre “helenistas” y “judaizantes”, sin exclusión de golpes, tanto que de inmediato se produjo el cisma de los judeo-cristianos. Las epístolas de Pablo nos presentan un cuadro inesperado y un poco envilecedor: las iglesias, a menudo fundadas por él mismo, es decir, recién nacidas, además de estar ya divididas en el plano doctrinal, con frecuencia ni siquiera brillaban por su moralidad y el Apóstol debe reprochar, exhortar y estigmatizar comportamientos pecaminosos.
Dando un salto temporal, no se debe olvidar que en muchas ciudades de África septentrional, donde el cristianismo se implantó sin tardanza, fueron a menudo cristianos quienes abrieron las puertas a los musulmanes, aclamándolos cuando ingresaban. Mejor ellos –decían- y no los bizantinos que señoreaban en esas tierras, y también mejor ellos que esas luchas continuas, bastante a menudo sangrientas, con la inmoralidad y las infinitas sectas y facciones enfrentándose en el interior de la Iglesia. Que vengan entonces –clamaban los bautizados cansados de esos actos de violencia-, que vengan los discípulos de Mohammed a poner un poco de orden entre esos supuestos seguidores del evangelio llenos en cambio de todos los pecados.
¿Por qué recordar estas cosas? Precisamente porque la serenidad de Benedicto XVI nace de la conciencia de que desde el principio – justamente en Pentecostés- la institución eclesial rara vez estuvo a la altura del ideal. La imperfección es la norma dondequiera se encuentren hombres. Alguien ha llegado a hablar de una especie de apatía de parte suya ante los recientes episodios graves, que ciertamente no tienen relación con la teología, pero afectan a la máquina institucional, con peligro de escándalo para los fieles y de pérdida de credibilidad del catolicismo en general. Hay incluso quienes, sin más, diciendo que hablan como amigos del Papa y por el bien de la Iglesia, han augurado una dimisión que finalmente le llevaría a retomar su verdadera vocación de erudito, retirado en una ermita, solo con sus libros, dejando en manos de algún otro, más activo y ocupado de la vida concreta de la Iglesia, la gestión de las cosas. Pero estos amigos de Joseph Ratzinger, de cuya buena fe no queremos dudar, no se dan cuenta que hacen precisamente el juego de sus antagonistas, si realmente quieren inducirlo a alejarse provocando situaciones como la fuga de documentos privados. En cuanto a la apatía, quienes se refieren a la misma ignoran que Benedicto XVI no es aficionado al clamor, sino al trabajo paciente, reflexivo y respetuoso de las personas, y que todo cuanto ha hecho y hace escapa a menudo a los medios de comunicación masiva, pero de hecho no es irrelevante. Y pronto -se dice- se contará con una prueba que sorprenderá a quienes lo acusan de tomar distancia ante los hechos.
Como quiera, es un hecho que un teólogo como él tiene plena conciencia de que la Iglesia ha sido y siempre será, como decían los Padres, “immaculata ex maculatis“: sin mancha en su Misterio, que es Cristo mismo, demasiado a menudo manchada en su envoltura institucional, pues la constituyen hombres, no todos convertidos a la santidad por acción de los sacramentos. El Papa sabe muy bien que la Persona de la Iglesia no se identifica con su personal. Ciertamente, esto le duele, y lo ha dicho sin titubear ante la pederastia de numerosos clérigos y otros hechos penosos. Pero es un dolor que no incide en modo alguno en su convicción de que por mucho que hagan los hombres de la Iglesia, por mucho que pequen los hombres de la institución, nunca llegarán a descalabrar lo que tiene importancia: la fe en el Inocente por antonomasia, que precisamente en el día de Pentecostés ha iniciado su marcha misionaria en todo el mundo. Lo importante -ha dicho una vez- es la perla y no la malograda envoltura.
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