Padre

Por Padre Raúl Hasbún

Por: | Publicado: Viernes 17 de junio de 2011 a las 05:00 hrs.
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Las culturas milenarias realzaban la figura del padre y construían sobre ella la organización social y política. Desde el antiguo Derecho Romano hasta nuestro Código Civil se recurre al paterfamilias como ícono y parámetro de la diligente responsabilidad exigible a quien se obliga a cumplir un contrato. Al interior del hogar él se yergue como propietario y señor, investido de la autoridad para ordenar la casa y supervisar la enseñanza y educación de los hijos. Sus órdenes no se discuten. No se le tutea ni se habla en su presencia sin su permiso. Todavía hay tradiciones familiares en que los hijos se dirigen al padre como “señor”. Esa noble preponderancia de la figura paterna se proyecta al organigrama social y político, dibujado en torno a una autoridad viril que exige respeto y obediencia, y de la cual se espera sabiduría y justicia.

El padre como depositario y administrador del poder doméstico y político garantizó por largo tiempo el orden y la autoridad ejecutiva. Previsiblemente dejó abierto un flanco de cuestionamiento y rebeldía: ¿por qué focalizar exclusivamente en él los derechos civiles y el ejercicio del poder deliberativo y decisorio? ¿Y cómo reaccionar ante los agravios generados por este monopolio de bienes y facultades? Las figuras sacralizadas del César imperial, el monarca regio, el caballero gentilhombre, el señor feudal, el líder exclusivo y omnipotente fueron paulatinamente perdiendo peso, fulgor, credibilidad y aceptación social. Desde el seno de un volcán fueron erupcionando lavas incontenibles que exigían socialización de esos bienes y potestades que sólo el padre podía reivindicar. La cabeza del padre rodó literalmente en la guillotina de la revolución francesa. Ahora la demanda será: libertad, igualdad, fraternidad. Tres valores para cuya consecución el padre molesta, porque limita la libertad, no admite igualdad ni consiente en ser tratado como un simple primus inter pares. La oscilación pendular hizo su juego consabido, el verticalismo autoritario se desplazó hacia el horizontalismo igualitario. El influjo freudiano socializó el complejo de Edipo, y el sistema ordenó asesinar al padre. Con tan desastroso resultado, que pronto se instalaron las dictaduras unipersonales más monopolizadoras del poder absoluto. Pudieron instalarse porque el inconciente colectivo seguía deseando y necesitando la figura paterna, el Defensor, el Líder, el Todopoderoso.

También en el santuario familiar rodó la cabeza del padre. Su imagen se deslavó hasta quedar reducida a un compañero de juegos y, por fin, a un semental. El se alegra, ahora, de exhibir habilidades culinarias y ser considerado como titular del posnatal. Está bien que lo haga. Sin olvidar que él es primer principio e irrenunciable educador de la vida. Y que comparte con Dios el mismo nombre, el mismo santo oficio: Padre.

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