Todo lo que debes saber del Mundial 2026
En menos de una semana arranca la primera Copa del Mundo de 48 selecciones, que estará repartida entre Estados Unidos, México y Canadá. Serán 104 partidos en 16 ciudades y 39 días de torneo, por lejos el más grande que se haya jugado. Detrás del espectáculo hay un bolsón de premios de US$ 871 millones, entradas que llegaron a costar US$ 2 millones y casas de apuestas que ya tienen su favorito. Hay también marcas que vuelven a la cancha tras años de distancia y un empoderado presidente de la FIFA que convirtió el fútbol en una máquina de hacer plata.
Por: Mateo Navas
Publicado: Viernes 5 de junio de 2026 a las 09:17 hrs.
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Tres países, tres shows
El próximo jueves 11 de junio el Estadio Azteca de Ciudad de México volverá a llenarse para un partido del Mundial. Será la tercera vez. Lo hizo en 1970 y en 1986, y ahora se convertirá en el primer estadio del planeta que albergará tres Copas del Mundo. Esa tarde México abrirá el torneo en casa, ante Sudáfrica, en el mismo cruce que inauguró el Mundial de 2010. Aquella vez empataron 1-1 en Johannesburgo frente a 84 mil fanáticos. Ahora se invierten los papeles y México recibe.
En este Mundial, por primera vez jugarán 48 selecciones y no 32. Serán 104 partidos repartidos en 16 ciudades de tres países. Estados Unidos concentra el grueso, con 78 encuentros en 11 ciudades. México y Canadá se reparten el resto, 13 partidos cada uno, en tres sedes mexicanas y dos canadienses. El torneo durará 39 días y terminará el 19 de julio en el MetLife Stadium de Nueva Jersey, a las afueras de Nueva York.
Como hay tres anfitriones, también habrá tres ceremonias de apertura. En el Azteca, 90 minutos antes del partido (a las 12 hrs. de Chile) subirán al escenario Maná, Alejandro Fernández, Belinda y Los Ángeles Azules. Toronto pondrá a Michael Bublé y Alanis Morissette en la cancha el viernes 12, previo al encuentro entre Canadá y Bosnia y Herzegovina. Y ese mismo día, Los Ángeles, en el SoFi Stadium, tendrá a Katy Perry como cabeza de cartel en la antesala del partido EEUU-Paraguay. Detrás de los tres shows está la productora italiana Balich Wonder Studio, la misma que monta las ceremonias olímpicas desde Turín 2006 y que en febrero produjo la apertura de los Juegos de Invierno de Milán-Cortina.
Lo que dicen las apuestas
Si hay que poner fichas, el mercado ya tiene un favorito. España encabeza las cuotas en las principales casas de apuestas, con un +475 en FanDuel a mayo. Detrás aparece Francia con +500 e Inglaterra con +650. Brasil y Argentina lideran entre los equipos no europeos, con +850 y +900.
Los números funcionan así. El +475 de España quiere decir que quien apueste 100 dólares y acierte se llevará 475 de ganancia. Mientras más alto el número, menos probable ve la casa que ese equipo gane, y más paga si ocurre. Por eso España, con la cifra más baja, es la favorita, y Argentina, con +900, paga casi el doble. Ninguna selección tiene un número que la marque como gran dominadora, por lo que se espera un torneo abierto.
Eso sí, el favoritismo español pasó sustos. Cuando Lamine Yamal se rompió el isquiotibial en abril, las cuotas se movieron inmediatamente. España pasó de ser la favorita indiscutida a empatar con Francia. Pero apenas llegaron las señales de que Yamal se recuperaría, el mercado volvió a poner sus fichas en los hispanos.
Los números fríos también acompañan. Opta, una firma de datos deportivos, corre un modelo que simula el torneo miles de veces y saca probabilidades. Ese modelo le da a España un 16,1% de quedarse con la copa, sobre Francia con 13% e Inglaterra con 11,2%. Y otro dato: España llega con una racha de 31 partidos competitivos sin perder.
Trump slump
La FIFA aprobó en abril, en su reunión de Vancouver, un bolsón de premios de US$ 871 millones para los equipos. Es casi el doble de lo que se repartió en Qatar 2022. El campeón se llevará US$ 50 millones, y sólo por clasificar cada selección tiene asegurados US$ 12,5 millones.
¿De dónde sale la plata? De un ciclo comercial que la propia FIFA proyecta en torno a los US$ 13 mil millones para el período 2023-2026. Buena parte llega por derechos de televisión, patrocinios y entradas.
Y aunque no le llegue directamente a la FIFA, un mundial también significa altas cifras de inversión en ladrillos. El SoFi Stadium de Los Ángeles costó US$ 5.500 millones y es el estadio más caro jamás construido. Lo financió con plata propia el magnate Stan Kroenke, el dueño del Arsenal y de los LA Rams. El Azteca, en cambio, llegó a la cita mundialista con una remodelación de unos US$ 150 millones y arrastrando líos por obras y por un litigio con dueños de palcos.
La FIFA y la consultora Oxford Economics proyectan hasta US$ 40.900 millones de impacto en el PIB global, lo que generará cerca de 820 mil puestos de trabajo. Pero los mismos economistas de Oxford matizan: hablan de efectos “marginales y de corta duración”, porque se construyó poca infraestructura nueva y el turismo del Mundial termina desplazando al turismo que igual habría llegado.
Hay además un dato que enfría las proyecciones alcistas de la FIFA. En abril el Financial Times reportó tarifas hoteleras cayendo un tercio en ciudades sede, golpeadas por lo que llaman el “Trump slump”. El término apunta a que las ganas de viajar a Estados Unidos bajaron, en parte por el clima político y las trabas migratorias del gobierno de Trump.
Las polémicas que ya empezaron
Este es el primer Mundial con precios dinámicos, que suben y bajan según la demanda. La entrada más cara para la final partió en US$ 6.730 y trepó a US$ 10.990 hacia abril. En Qatar, la más cara rondaba los US$ 1.600.
Por eso, el malestar escaló rápido. Los fiscales generales de Nueva York y Nueva Jersey abrieron una investigación a la FIFA por sus prácticas de venta en los partidos del estadio MetLife. Además, una carta del Congreso acusó precios “artificialmente altos”. Y hasta Pep Guardiola opinó: dijo que el fútbol antes era asequible y ahora cuesta demasiado. “Este negocio no funciona sin los hinchas”, lanzó.
Además, hay reventas. La FIFA se queda con el 30% de cada operación en su sitio oficial, y a finales de abril cuatro entradas para la final llegaron a aparecer listadas en -sí, lean bien- US$ 2,3 millones cada una. Infantino, el presidente de la FIFA, se rió de la polémica. Dijo que si alguien paga US$ 2 millones por una entrada de la final, él mismo le llevará un hot dog y una Coca-Cola.
Esta nueva lógica impacta de manera dispar a las distintas hinchadas. Y el caso de Argentina es el más emblemático. La selección albiceleste llega como campeona vigente, con un Messi que milita en la MLS y que probablemente dispute su última cita mundialista. Según especialistas consultados por la prensa argentina, este “efecto Messi” ha disparado las solicitudes de entradas, multiplicándolas por 10 en comparación con el Mundial de Qatar. Esta combinación de precios dinámicos y una demanda alta se traduce en tickets considerablemente más caros: por ejemplo, las entradas de reventa para el debut de Argentina ya se cotizan en torno a los US$ 800 para las ubicaciones más económicas.
Eso sí, el sistema corre para los dos lados. Un Cabo Verde contra Arabia Saudita se revendió en menos de US$ 8.
Y llegar al estadio también pesa. El tren entre Penn Station y el estadio MetLife costará US$ 150 los días de partido, frente a los US$ 12,90 de una jornada normal.
Comerciales, comerciales, comerciales
Por una década, las grandes firmas estadounidenses miraron a la FIFA de lejos. En 2015 una investigación del Departamento de Justicia norteamericano destapó una red de sobornos que terminó con dirigentes detenidos. Esto afectó directamente a la FIFA y su marca se convirtió en algo tóxico para cualquier directorio norteamericano. Este Mundial, se escucha en el mercado, marca el regreso de las multinacionales del país del norte. Bank of America entró como primer banco patrocinador global del torneo. A ellos se suman los sponsors de siempre, como Adidas -que acompaña a la FIFA desde 1970- y Coca-Cola desde el ‘78.
Pero el verdadero botín está en la pantalla. Infantino lo resumió así: dijo que un Mundial son 104 Super Bowls metidos en un mes. Y algo de razón tiene. La final de Qatar 2022 tuvo una audiencia promedio de 571 millones de personas, y más de 1.400 millones siguieron al menos un minuto. El Super Bowl más visto de la historia, el de 2024, llegó a 123,7 millones de espectadores en Estados Unidos.
Para aumentar el bolsón de ganancias, la FIFA se las arregló para abrir más espacio de comerciales. Por ejemplo, habilitó publicidad en las dos pausas de hidratación de cada partido. Además, por primera vez en la historia, las cadenas de TV están autorizadas a reducir el tamaño de la pantalla del partido en momentos sin juego, como las revisiones del VAR o lesiones de jugadores.
Infantino, el dueño del balón
Detrás de cada cifra récord de este Mundial hay un mismo nombre. Gianni Infantino. Hijo de inmigrantes italianos en los Alpes suizos, el abogado llegó a la cima de la FIFA en 2016, cuando la organización salía del peor escándalo de corrupción de su historia. Ganó la elección prometiendo más plata para cada federación. “El dinero de la FIFA es tu dinero”, les dijo a los delegados antes de votar, y el salón estalló en aplausos.
Desde entonces la federación no para de crecer. Durante más de siete décadas la FIFA organizó sólo dos torneos, el Mundial masculino y el fútbol de los Juegos Olímpicos. Hoy maneja 20. Bajo su mando los ingresos se duplicaron con creces, según perfiles de The New Yorker y The Athletic. El primero, de esta semana, lo presenta como el dirigente más poderoso del deporte, decidido a rehacer el fútbol a su imagen.
Infantino es un personaje singular. Una vez definió a la FIFA como “el proveedor oficial de felicidad para la humanidad”. La entidad tiene hoy más países miembros que la ONU, y cada federación, grande o chica, vota igual.
Ese sistema genera críticas. Un programa de ayuda al desarrollo creció ocho veces con él, y sus detractores lo leen como una herramienta de control. Entre 2023 y 2025, San Marino, la peor selección del ranking, recibió US$ 94 mil más que Brasil, cinco veces campeón.
En la Casa Blanca, Donald Trump lo bautizó el rey del fútbol. Este Mundial, la primera Copa diseñada de principio a fin bajo su mando, es su obra más personal. Y quizá su prueba de fuego.
¿EXISTE EL “EFECTO MUNDIAL” EN LAS ENCUESTAS?
Hay una idea instalada entre algunos analistas políticos. Cuando la Roja juega un Mundial, la agenda se ablanda y el Gobierno deja de ser el centro de atención. La pregunta es si eso aparece en los números, y qué pasa ahora que Chile no estará en la cita de 2026.
El caso más nítido es 2014. La aprobación de Michelle Bachelet llegó a 58% en junio, el mes del Mundial de Brasil y el punto más alto de su segundo gobierno, según Adimark. La propia encuestadora lo escribió en su informe: la selección mantuvo “expectante y optimista al país” y el Mundial acaparó gran parte de la agenda noticiosa del mes. La Presidenta fue a ver un partido y recibió a la selección en La Moneda. Un mes después, terminado el torneo, la aprobación bajó a 54% y empezó un declive que siguió todo el año.
En Rusia 2018, sin Chile en cancha, Piñera igual alcanzó su punto más alto del segundo mandato, un 60% en junio según Cadem, y desde ahí nunca recuperó ese nivel.
Sin embargo, en Qatar 2022 -certamen donde tampoco participó la Roja- no hubo movimientos bruscos en la aprobación de Gabriel Boric.
Ahora se repite el escenario. Chile mira el Mundial desde casa, y el presidente Kast ronda el 40% de aprobación. Habrá que ver qué pasa con las encuestas.
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