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REGÍSTRATE AQUÍLos críticos occidentales de los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi...
Por: Equipo DF
Publicado: Lunes 10 de febrero de 2014 a las 05:00 hrs.
Por Christopher Caldwell
Los críticos occidentales de los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi en Rusia han tomado demasiada velocidad y arriesgan con salirse de la pista de patinaje. Un intento justificable para escudriñar en el gobierno del presidente Vladimir Putin ha degenerado en un ejercicio de alegría malsana y de mala voluntad.
Los políticos que han decidido asistir a los juegos (incluidos Xi Jinping de China, de Japón, Shinzo Abe, y de Turquía, Recep Tayyip Erdogan) han sido sensatos.
Los que se han mantenido alejados -del Reino Unido, David Cameron, Barack Obama de EEUU y el francés François Hollande- están siguiendo lo que el crítico Harold Rosenberg una vez llamó “el rebaño de mentes independientes”.
El interés de los medios en la supuesta corrupción en torno a la construcción olímpica ha sido obsesivo. El Washington Post describe los diversos proyectos como un “exceso estalinista”. En una rueda de prensa en enero, Putin estableció el costo de los juegos en US$ 6.200 millones y dijo que la infraestructura relacionada lo llevaría más lejos. Fuentes occidentales estiman la totalidad del proyecto en US$ 51.000 millones, con algunos afirmando que un tercio de ello se desvió de forma incorrecta.
Eso es mucho. Pero es una historia local: un informe de Moody’s describió el impacto del crédito en las empresas rusas como “mixto” y en su deuda soberana como “neutral”. Tampoco es Sochi una mancha moral única. Los Juegos Olímpicos de Invierno de Salt Lake City de 2002 estuvieron marcados por un gran escándalo de corrupción y los juegos de verano de Beijing de 2008 fueron un lugar más apropiado para las protestas por los derechos humanos.
Mano dura
Ciertamente el respeto de Putin hacia el proceso democrático ha sido irregular en el mejor de los casos. Los políticos opositores han sido detenidos y encarcelados durante su tiempo en el cargo, aunque varios de ellos fueron puestos en libertad en diciembre. Él reprimió una manifestación pacífica en 2012, y ocho de los detenidos todavía se enfrentan a un juicio. Tal conducta merece un escrutinio, aunque los Juegos Olímpicos no son el mejor foro. Por supuesto, Putin no llegó de la nada. “Como resultado de la era Yeltsin, todos los sectores fundamentales de nuestra vida política, económica, cultural y moral han sido destruidos o saqueados”, escribió Alexander Solzhenitsyn en 2000, después de que Rusia pasara una década siguiendo consejos de occidente. “¿Vamos a continuar saqueando y destruyendo Rusia hasta que no queda nada?”. Putin, quien ganó las elecciones de ese año, era la manera rusa de responder que no.
Los detractores de Putin han prestado menos atención a esta historia que a una corta lista de causas queridas por las élites occidentales: la UE, el libre comercio, los derechos de los homosexuales y Mikhail Khodorkovsky, el magnate petrolero que Putin encarceló hace una década y que perdonó en diciembre.
Esta semana cientos de escritores, entre ellos Salman Rushdie, publicaron una carta abierta en el periódico The Guardian del Reino Unido, deplorando la ley rusa contra la llamada “propaganda gay” y otra contra la blasfemia.
La petición decía: “como escritores y artistas, no podemos permanecer en silencio mientras vemos a nuestros colegas escritores y periodistas presionados en el silencio o arriesgando persecuciones y a menudo drásticos castigos... Una democracia sana debe escuchar las voces independientes de todos sus ciudadanos”. Puede haber un homenaje involuntario a Putin en la intensidad de la ira de sus detractores. Los países que lo aleccionan sobre “democracia sana”, como Rushdie, han cambiado últimamente el poder de las legislaturas hacia los ejecutivos y de los votantes a las burocracias.
En Europa se ha hecho a través de delegaciones de competencias a la UE. En EEUU, se ha hecho a través de las reversiones judiciales de los resultados de las elecciones democráticas (incluyendo el matrimonio homosexual) y la abdicación del Congreso (sobre el comercio, la guerra, la salud y la recolección de inteligencia).
Putin se presenta a sí mismo como un defensor de la soberanía, un ejemplo para aquellos que no desean verse obligados a someterse a las costumbres de Washington y Bruselas. Las sociedades occidentales siguen siendo más liberales y democráticas que la sociedad rusa. Pero la diferencia no es tan evidente como lo era hace diez años.
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