Este invierno, un ensayo del inversionista australiano Craig Tindale, con el título El regreso de la materia: el deterioro material de las democracias occidentales, ha causado revuelo en algunos círculos financieros, e incluso en la Casa Blanca.
La esencia del argumento de Tindale es que las élites occidentales han estado tan agobiadas por sesgos cognitivos -del tipo descrito por el servicio de inteligencia suizo- que se han centrado obsesivamente en las actividades del sector servicios, ignorando los procesos industriales.
“Durante las últimas tres décadas, las economías occidentales han operado bajo el supuesto neoclásico tácito de que el control de la propiedad intelectual, los instrumentos financieros y el código de software constituye la cúspide de la creación de valor”, argumenta.
“(Las élites creían que) los procesos físicos del industrialismo... podían externalizarse a jurisdicciones de bajo costo sin riesgo estratégico”, dice. Esto permitió a China intervenir y dominar las cadenas globales de suministro manufacturero sin apenas protestas.
Es una tesis que vale la pena examinar ahora, dada la decapitación del Gobierno venezolano por parte del Presidente estadounidense Donald Trump. Una forma de enmarcar estos dramáticos acontecimientos es que la administración Trump está volviendo a una forma repugnante de “retroimperialismo” basada en el mantra de la esfera de influencia y el saqueo descarado.
Sin embargo, otra interpretación es que el equipo de Trump ha aceptado la insistencia de Tindale en que la materia física importa y lucha por el dominio industrial. De ahí el deseo de Trump de controlar los combustibles fósiles de Venezuela indefinidamente, al tiempo que socava el acceso de China a ellos.
“El futuro estará determinado por la capacidad de proteger el comercio, el territorio y los recursos que son fundamentales para la seguridad nacional”, explicó Trump. “Estas son las leyes de hierro que siempre han determinado el poder global, y vamos a mantenerlo así”.
¿Funcionará? La respuesta es “sí” y “no”. En teoría, Venezuela posee las mayores reservas de petróleo del mundo, casi una quinta parte de todo el suministro potencial. Sin embargo, no se pueden desbloquear sin una inversión de más de US$ 100 mil millones, ya que su infraestructura ha colapsado y el crudo es tan pesado y cargado de azufre que requiere un procesamiento costoso.
Trump afirma que las compañías petroleras estadounidenses realizarán esa inversión. Pero Philip Verleger, economista energético, me dice que “no tienen el dinero”. Por lo tanto, el sector exige garantías de la Casa Blanca antes de actuar.
Quizás Trump cumpla. Si lo hace, “las reservas petroleras combinadas de Venezuela, Guyana y EEUU podrían proporcionar a EEUU alrededor del 30% de las reservas mundiales de petróleo”, señala JPMorgan Chase. Esto cambiaría la dinámica petrolera mundial.
Combustibles fósiles
Pero hay una amarga ironía aquí. Aunque Tindale tiene razón al criticar la visión de túnel anti-manufactura de los neoliberales, el equipo de Trump también tiene sesgos cognitivos. En particular, parecen decididos a ignorar el hecho de que los combustibles fósiles no son la única fuente de energía.
Esto es ridículo. Para entender por qué, basta con observar el caso de China: si bien ha expandido su producción industrial yla minería de carbón en los últimos años, también ha invertido en energías renovables a una escala asombrosa. Esto se debe, en parte, a la lucha contra el cambio climático,.
Pero Beijing también lo ha hecho porque algunas energías renovables, como la solar, son baratísimas, y la diversificación genera mayor resiliencia. También está ganando poder blando al exportar productos como paneles solares ultrabaratos a países de todo el mundo. Y al invertir en energías renovables, China está expandiendo su infraestructura de electrificación de una manera que podría generar una gran ventaja en la carrera de la IA.
“China produce ahora 2,5 veces más electricidad que EEUU y está alejándose aún más”, señala Ian Bremmer, del Grupo Eurasia. En cambio, la Casa Blanca está redoblando la apuesta por los combustibles fósiles y socavando la energía renovable estadounidense, incluso eliminando subsidios anteriores.
Esto es un crimen moral, dado el impacto potencial en el cambio climático. También es un autosabotaje económico: Washington no solo cede poder blando a Beijing, sino que los ataques a las energías renovables también podrían obstaculizar los esfuerzos para construir la infraestructura energética necesaria para la IA. El petróleo venezolano por sí solo no puede resolver el problema.
Para decirlo más claramente, el equipo de Trump ha ganado la batalla a corto plazo con China por el control del petróleo venezolano. Pero corren el riesgo de perder la guerra estratégica global más amplia en torno a la energía necesaria para la IA. Los inversionistas -y los partidarios de Trump- deberían prestar atención a estos instintos peligrosamente retrógrados.