Reflexión sociopolítica que apunta a lo actual
Por: Equipo DF
Publicado: Viernes 3 de febrero de 2012 a las 05:00 hrs.
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Por Fernando Moreno Valencia*
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Se intenta abrir una gran expectativa de esperanza para el futuro del país y de todos los chilenos con el libro de Burr, publicado al cumplirse el Bicentenario. Para cumplir esa expectativa, el autor propone un nuevo paradigma sociopolítico, que permita cubrir, integrar y ensamblar interactivamente todos los requerimientos y opciones de la vida humana, desde los que se dan en el ámbito privado y familiar junto a aquellos de orden superior y que pertenecen al orden sociopolítico.
El diagnóstico que hace Burr de las diversas instituciones que componen nuestro actual orden político, sobre todo desde la perspectiva del desarrollo superior de las mayorías, revela que ese “equilibrio” institucional y las “soluciones” que el sistema entrega son más aparentes que reales, que hay una contracara humana estancada en toda clase de subdesarrollos, atravesada de frustraciones e impedida de acceder a mejores opciones y experiencias reales de vida. De esta manera el reclamo (no racionalizado) de los más postergados no se refiere a lo que les pasa, sino más bien a todo aquello que no les pasa, directamente ligado a un antidesarrollo cognoscitivo, emocional, económico y sociopolítico. Un sistema político que les hace casi imposible cumplir con aspiraciones que su misma condición humana les demanda. Esa imposibilidad de desarrollar su inteligencia espiritual les impide generar su propia autosuficiencia y entrar de lleno en el mundo de las oportunidades, y enfrentar un mundo de crecientes y expectantes exigencias.
Basta revisar algunos antecedentes para advertir que estamos inmersos en una crisis de vastos alcances y proporciones. Los ingresos de la inmensa mayoría de los trabajadores aún no alcanzan un nivel que dignifique su existencia, sobre todo desde una perspectiva dignificadora dada su condición de asalariados y la diferenciación social que esa condición genera. Las mediciones internacionales señalan que un 80 por ciento de nuestros trabajadores asalariados son “analfabetos funcionales”, y no entienden lo que leen. La desigualdad socioeconómica se mantiene sin variaciones, e incluso tiende a empeorar. Las pymes se debaten entre la supervivencia y la bancarrota; el sistema educacional hace agua por todas partes; un 27 por ciento de los jóvenes están cesantes, y el 71 por ciento de ellos rechazan el actual sistema de democracia representativa. Los índices de salud han alcanzado niveles más que preocupantes, y su proyección futura es escalofriante. Los relativos a la salud mental van en creciente aumento, al punto que Chile, a nivel nacional, registra una tasa de un 28 por ciento de depresivos, fenómeno que ha comenzado a afectar a niños de corta edad. Las estadísticas de delincuencia muestran que esa “actividad” se ha transformado en un “oficio estable” para una buena cantidad de chilenos (adolescentes y menores). La droga y el alcohol se han convertido en el gran “escape” a través del cual miles y miles intentan evadirse de una vida que no les ofrece casi ninguna expectativa real, frustración que muchos de ellos ven confirmada en sus propios padres, familiares y amigos. Por último, nos encontramos con que nuestras instituciones, ante situaciones críticas o emblemáticas, demuestran increíbles vacíos y falencias una y otra vez, pese a que sus presupuestos operativos crecen año a año.
Así, todo ello nos revela una gigantesca crisis sistémico-política. Esa crisis perpetúa una descomposición moral y división social, cuyos factores la ciudadanía percibe día a día, pero de un modo difuso, sin identificarlos exactamente, y sin advertir del todo sus múltiples efectos. Y lo peor es que nuestra clase política tampoco logra “leerlos”, dada su múltiple e intrincada sintomatología, y por lo tanto tampoco logra revertirlos. La consecuencia final –que desmiente la creencia de que el país se está desenvolviendo con relativa “normalidad”– es un estado de abatimiento y desesperanza que recorre a muchos sectores de nuestra población.
A juicio del autor la desintegración humana y sociopolítica ha llegado a tal punto, que tampoco el nuevo gobierno ni los que sucesivamente tomen el control del Estado, pese a sus buenas intenciones y a los eventuales aciertos de su respectiva gestión, lograrán solucionar el problema de fondo, porque se trata de una crisis sistémica, cuyos orígenes y ramificaciones sobrepasan por completo el marco de acción de nuestro actual sistema político. Sin dejar de reconocer que nuestra macroeconomía, ciertas instituciones como las AFP, Isapres, concesiones privadas, e incluso el aumento de los ingresos generales han funcionado relativamente bien.
En resumen, es el modelo el que está fracasado, porque se basa en prejuicios ideológicos sumamente arraigados y de ahí se ha derivado una equivocada y disruptiva configuración de las instituciones fundamentales para el desarrollo de la persona –familia, educación, trabajo, salud y bien común político–, que impide contar con un sentido serio de unidad social, orientación ética y avanzar de un modo serio en el desarrollo de nuestra democracia. Y mientras no reemplacemos el modelo actual por otro más democrático y participativo, continuaremos marcando el paso, esperando “salidas” y “despegues” que no se producirán. La mejor prueba de ello, salvo algunas excepciones, es la trayectoria sociopolítica de nuestro país durante casi toda su vida independiente.
El libro “Hacia un Nuevo Paradigma Sociopolítico” se hace cargo de la encrucijada que nos tiene entrampados. Y más allá de los diagnósticos que entrega en la primera parte, en un segundo abordamiento pone al descubierto las causas de fondo de la falla intersistémica. Y muestra que la causa, quizás la más inadvertida, es la desintegración y degradación de la cultura occidental contemporánea, y la consecuente distorsión de casi toda la institucionalidad política que se sigue de todo ello. El desquiciamiento de nuestro sistema político liberal-socialista es el resultado visible de erróneas ideologías puestas en escena durante los últimos cuatro siglos por las filosofías materialistas de la modernidad y que han dejado fuera del escenario a su actor esencial: la persona humana. Se ha instaurado así una impostura moral contra natura, que desfigura la visión del hombre y trastoca todos los valores, que está condicionando incluso nuestros actuales modos de vida, y que hace cada vez más difícil encontrar una salida coherente para nuestro país, que involucre y beneficie a todos los chilenos. De una u otra manera, esa impostura ha difundido en nuestros líderes políticos (de izquierda, centro y derecha), y en casi todos los ciudadanos, tal cantidad de equívocos, desconfianzas y prejuicios, en todos los planos del quehacer nacional, que han llegado a configurar una especie de síndrome que nos impide entendernos en ciertos puntos fundamentales que nos permitirían avanzar de verdad.
El tercer recorrido del libro investiga la condición humana, tanto desde el punto de vista científico como filosófico, pues el autor considera que todos los conceptos y valores generados por la cultura deben ser conceptualizados en relación al bien humano y no a cualquier cosa.
Esa investigación constituye el desciframiento más crucial del libro, pues el hombre es el fin supremo del orden sociopolítico, y no podrá cumplir ese destino si ignoramos quién de verdad es y cómo se desarrolla a plenitud, es decir, en todas sus dimensiones y posibilidades.
Pero el modernismo cultural lo ha convertido en la mayor incógnita de nuestro tiempo, y más aún, lo ha reducido a un mero fenómeno de la materia y a un engranaje del proceso colectivo de “mejoramiento espontáneo del mundo”. Un proceso exclusivamente tecnocrático, utilitario y relativista, centrado en los logros materiales del “progreso”. Esa visión mutilada no ha sido revisada y menos erradicada por el poder político y económico, lo cual ha perpetuado a las grandes mayorías en los estancamientos del subdesarrollo, haciéndolas incapaces de pensar por sí mismas y de autogenerar su propio crecimiento humano.
Este capítulo dilucida asimismo otras dimensiones fundamentales de la condición humana: el dualismo cuerpo-espíritu y su metabolismo interactivo en pos de la felicidad, el carácter moral y ético-social del hombre, los funcionamientos operativos del entendimiento y la voluntad, los dinamismos extrínsecos e intrínsecos de la libertad, la dignidad absoluta de la persona dado su carácter único, la autoconciencia y la autodeterminación, la función de los sentimientos y las emociones, etc., etc.
El último gran propósito del libro lo señalan las propuestas de acción orientadas a reformular el futuro del país, que se sustentan en todos los recorridos anteriores, y que cubren cada uno de los mencionados ámbitos de nuestro orden sociopolítico, pero esta vez integrando lo cognoscitivo, lo económico y lo sociopolítico de una manera solidaria e igual para todos. No se trata de propuestas mágicas, que pretendan resolverlo todo de la noche a la mañana. Al contrario, demandarán el esfuerzo conjunto de gobernantes y ciudadanos, y cambios de rumbo a los que muchos de nosotros no estamos acostumbrados. Tampoco intentan constituirse en soluciones únicas e infalibles, pero sí señalar los itinerarios fundamentales que necesitamos recorrer para diseñar el gran país que todos anhelamos.
Esos itinerarios no han sido establecidos arbitrariamente por el autor; emanan de la condición humana natural y de los códigos de la realidad, que todos podemos indagar y verificar a través de nuestra propia experiencia.
En definitiva, se puede decir que el ensayo, si bien se plantea con mucho carácter en un sinnúmero de materias e intenta situarse al margen de todo partidismo y de toda ideología política, representa un intento serio de armar el colosal rompecabezas sociopolítico, económico, cultural y humano que afecta a nuestro país. Y busca establecer en Chile un modelo sociopolítico auténticamente humanista, muy distinto a los que propician las actuales corrientes ideológicas (humanismo “progresista”, ecologista, neomarxista, neogramsciano, relativista, economicista, etc.), que han impedido la búsqueda de soluciones más verdaderas y esenciales, reemplazándolos por objetivos falsamente humanos, y a menudo por “agendas” disruptivas, oportunistas, o simplemente veleidosas, muchas de las cuales sólo esconden ansias de poder.
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