La conversación se intensificó en el verano. En el primer trimestre, el directorio de AgroUrbana -integrado, entre otros por Andrés Pesce (Kayyak Ventures), Max Valdés (Amarena), un representante de Fundación Chile y un integrante de la familia Galmez, además de los fundadores Cristián Sjögren y Pablo Bunster- resolvió que debían cesar las operaciones de la que se presentó como la primera planta de agricultura vertical a gran escala de Latinoamérica.
Básicamente, se dieron cuenta de que necesitaban recursos para seguir escalando y antes de que la empresa choque con una muralla, quisieron cortar por lo sano y hacer una pausa ordenada, dicen conocedores del proceso. Avisaron a los clientes y proveedores con anticipación y usaron lo poco de caja que quedaba para parar de buena forma.
Desde principios de mayo se finiquitó a todos los trabajadores -cerca de 50- y la compañía dejó su infraestructura disponible por si aparece un interesado en comprarla, cuentan. El 12 de junio se apagaron las luces de la planta en Quilicura.
Antes del cierre, la empresa buscó un socio estratégico que liderara una eventual serie B, pero no lo consiguió, y ninguno de los inversionistas actuales quiso encabezar la ronda. Necesitaban entre $ 1.500 y $ 2.000 millones para llegar a fines de 2027, dice un conocedor.
La historia había empezado cuando Cristián Sjögren, ingeniero civil, y Pablo Bunster, ingeniero comercial, se conocieron en 2009 haciendo su MBA en Estados Unidos. Venían del mundo de la energía -Sjögren le había vendido su empresa Solar Chile a la multinacional First Solar en 2013- y a fines de 2017, en un año sabático en San Francisco, le llegó un video de agricultura vertical en contenedores. “Dije ‘wow’”, recordó. “Tenemos energía barata y abundante en Chile y lo podemos hacer con energía renovable”, contó Sjögren en una entrevista a DF MAS.
En 2018 levantaron US$ 600 mil con familiares y amigos y arrendaron una oficina de seis m2 en Las Condes donde cultivaron su primera lechuga, que al principio “parecía espárrago” buscando la luz de las ventanas. En 2019 montaron una planta de 400 m2 en Quilicura y los dos socios eran los operarios: “Me sacaba el delantal y salía a repartir, con el aire acondicionado al máximo para no perder la cadena de frío. Vendíamos 20 kilos semanales”, contó Bunster en esa misma entrevista. El primer cliente fue el restaurante Bidasoa.
De ahí, el proyecto fue sumando nombres pesados: tras una ronda de US$ 900 mil con el fondo Clin de Fundación Chile y una serie A de US$ 4 millones liderada por Kayyak Ventures en 2021, en 2024 cerró una pre-serie B de US$ 6 millones liderada por ALB Inversiones -family office de las hermanas Anita y Loreto Briones-, con la entrada del presidente de la Bolsa de Santiago, Juan Andrés Camus; Amarena, el brazo VC de los Angelini; y Maximiliano Ibáñez, de Córpora. En total, cerca de US$ 11,5 millones.
Pero el negocio nunca llegó a break even. En el último tiempo producían unos 2 500 kilos de lechuga a la semana y facturaban cerca de $ 100 millones al mes, cuenta alguien que conoce la operación. El plan era llenar los 4 000 m2 de su planta con “bosques de lechuga” -el equivalente a 20 hectáreas- y multiplicar por 20 la producción en tres años. “En la escala está el premio”, repetían los fundadores. El salto no alcanzó a darse y actualmente estaban usando menos de la mitad del potencial que tenían para producir.
Este desenlace no es sólo chileno. La agricultura vertical vivió su propia resaca tras la euforia de 2021, cuando -según Pitchbook- hubo al menos 46 deals en el sector por más de US$ 1,5 mil millones. Gigantes como Bowery -que llegó a valer US$ 2,3 mil millones y en cuya serie C de US$ 320 millones el fondo Fidelity terminó rebajando la valorización más de 85%-, AeroFarms y Kalera terminaron quebradas o reestructuradas.
Afirma eso si, alguien que conoce el negocio, que Agrourbana sigue en búsqueda de un socio estratégico tanto en Chile como afuera y aún hay esperanzas de eventualmente retomar la operación.