Las voces que están reinterpretando Santiago
Nuevos cronistas urbanos le están cambiando la cara a la percepción de Santiago. Aquí tres observadores de la ciudad registran su arquitectura, sus historias y sus contrastes desde ángulos poco habituales. Lo que tienen en común: invitan a mirar con otros ojos y a subirle la autoestima a una capital que, según ellos, está subvalorada y mal contada.
Por: Josefina Hirane
Publicado: Viernes 19 de diciembre de 2025 a las 17:00 hrs.
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Un joven ruso que no hablaba español pedaleaba junto al río Mapocho. Llevaba un año en Santiago y disfrutaba salir a callejear sin destino concreto. Ese día quería saber simplemente hasta dónde lo llevaba ese camino, dónde terminaba la ciclovía. Llegó hasta Cerro Navia, justo en día de feria. Pasó largo rato caminando entre los puestos donde se vendía de todo: ropa, herramientas, comida, objetos usados difíciles de clasificar.
Lo que Andrei Sokolov veía y vivía disonaba con lo que escuchaba de los propios santiaguinos. Muchos de sus nuevos conocidos opinaban que Santiago era feo y aburrido. “Decían que era ‘Santiasco’”, recuerda. Cuando descubrió esa feria, pensó por primera vez que sería interesante mostrar todo lo que tenía esta ciudad, porque también se dio cuenta de que muchas de esas personas no la conocían de verdad. “Un santiaguino que nunca ha subido al cerro San Cristóbal o al Santa Lucía, o que nunca ha entrado a la Biblioteca Nacional, es más la norma que la excepción”.
Una ciudad que no se parece a ninguna
Sokolov llegó a Santiago en febrero de 2016 con la idea de quedarse sólo medio año. Buscaba una experiencia distinta, aprender de otra cultura y luego seguir su ruta. Pero la ciudad terminó reteniéndolo. Le llamó la atención su mezcla de escalas -la cordillera siempre presente, la cercanía con el mar, los barrios con identidades muy distintas entre sí- y la sensación de estar en un lugar que no se parecía a ninguna de las ciudades europeas o asiáticas que conocía.
Con el tiempo, esa impresión inicial se convirtió en un interés más definido: comprender cómo funcionaba Santiago y por qué sus habitantes hablaban de ella con tanta distancia. De ahí nació su canal de YouTube Enciclopedia de Santiago, un proyecto que comenzó en plena pandemia como una forma de ordenar sus observaciones, investigar su historia y contar la ciudad desde cero, con la mirada de alguien que la descubre y, al mismo tiempo, la adopta.
No tiene una línea editorial estricta, lo único no negociable, dice, es mostrar “todas las caras” de la ciudad. Por eso alterna capítulos sobre el casco histórico con recorridos por La Pintana, Lo Espejo, San Miguel, Puente Alto o Quilicura. Explica transformaciones urbanas, aborda proyectos futuros y, cuando corresponde, también muestra problemas. Desde el inicio, su objetivo no fue sólo documentar lugares, sino generar conversación sobre cómo funciona la ciudad y cómo podría mejorar.
Su condición de extranjero le dio una perspectiva particular. Sokolov habla con entusiasmo del transporte público: “Es uno de los mejores que he usado en el mundo”, dice. También celebra la accesibilidad de la cordillera, el clima seco sin mosquitos, los parques distribuidos por casi todas las comunas y la proximidad con la costa. “Santiago tiene muchas ventajas. El problema es que se la compara con imágenes idealizadas de otras ciudades que no existen”.
En estos años ha formado una comunidad amplia y diversa, tanto en su canal de YouTube, donde tiene 190 mil suscriptores, como en su cuenta de Instagram, @sokolovcl, donde suma otros 120 mil más. Lo paran en la calle, lo saludan familias completas y, según dice, a diario escucha una frase que se repite: “Cambiaste mi manera de ver esta ciudad”. Cuenta el caso de una mujer que se le acercó y le comentó que antes detestaba Santiago y que ahora, tras recorrerlo con sus videos, siente incluso culpa por haberla juzgado sin conocerla. Para Sokolov, esa reacción es central: “Aunque es un cliché, las ciudades son bellas cuando la gente las quiere”.
Lugares como nunca antes los viste
Que las personas vuelvan a vivir la ciudad como antes. Que los niños corran entre los juegos de una plaza, que las parejas tomen helado en una vereda cualquiera y que los adultos mayores jueguen ajedrez bajo la sombra de un árbol. Que la gente vuelva a entrar a los museos sin apuro, a conversar en los cafés, a subir cerros el fin de semana, a perderse por barrios donde siempre hay algo nuevo por descubrir. Ese es el sueño de la arquitecta Flavia Raglianti: subirle la autoestima a Santiago. “Yo nací y he vivido aquí, y quiero que la gente la quiera tanto como yo”, dice.
Fue en 2023 cuando, inspirada por la mezcla de cualidades de la ciudad, abrió su cuenta de Instagram @soymirante, donde comparte videos de sus recorridos a sus más de 23 mil seguidores. “Santiago tiene cordillera, ríos, cerros isla, edificios, ciclovías, parques urbanos, el metro, iglesias, museos, plazas, ferias, negocios, y un gran porcentaje de ruralidad que poco vemos”, explica. Y agrega: “En un mismo día puedes estar haciendo un paseo por la montaña, al rato recorriendo el casco histórico y terminar la jornada visitando una hacienda antigua en medio del campo. Todo dentro de la misma ciudad. Eso es Santiago”.
Lugares como nunca antes los viste. Ese es el lema de Soy Mirante y, en la práctica, funciona como una invitación a detenerse un poco más de lo habitual. Aunque es arquitecta, Raglianti evita los tecnicismos; prefiere explicar cómo se ha usado un edificio a lo largo del tiempo, quién lo habitó o qué episodios marcaron un parque o un barrio. “La arquitectura no está sólo en los edificios, está en todo lo que nos rodea”, dice.
Uno de sus videos más vistos es sobre el Parque Nuestra Señora de Gabriela, en Puente Alto: un terreno que pasó de fundo agrícola a seminario, y que hoy es un parque público administrado por la municipalidad. El reel mezcla historia, datos prácticos y observaciones personales, una fórmula que se repite en toda su cuenta: cada lugar es una puerta de entrada para entender un fragmento de la ciudad.
En los comentarios, sus seguidores agregan sus propias experiencias: “mi nieta fue bautizada ahí”, o “mi esposo y yo fuimos los primeros guías de catequesis cuando se inició la capilla”. Eso, para Flavia, es fascinante: “Que lleguen más personas a complementar con sus historias, hace que el cuento se vaya escribiendo entre todos. Somos parte de esos lugares, y cuando conocemos lo que hay detrás, les tomamos cariño. Nos sentimos parte de algo que tenemos en común”.
Un ejercicio de memoria
En sus caminatas por Eliodoro Yáñez, el fotógrafo y diseñador Alberto Siderey empezó a notar algo incómodo: las casas que siempre habían estado ahí, iban desapareciendo una tras otra. Lo que pasaba en esa calle no era una excepción, sino parte de la transformación que han vivido barrios completos de Providencia y Ñuñoa, donde las casonas bajas dieron paso a la llamada “verticalización” de la ciudad. Entre todas, recuerda con especial nostalgia una casa cerca de El Bosque. “Me dio pena pensar que quedaban sólo en mi memoria. Ahí pensé: ‘tengo que retratarlas antes de que las demuelan y se pierdan para siempre’”, cuenta.
Era 2011, y justo en ese momento empezaba a masificarse Instagram, la aplicación creada un año antes para compartir fotos desde el celular, que rápidamente se convirtió en una especie de vitrina visual del mundo. Siderey vio en esa plataforma una herramienta: “comencé a publicar esas fotos simplemente para tener un registro. Era una manera de recordarlas y mostrar la increíble arquitectura que tenemos en Santiago y en Chile”.
Desde entonces, ya suma más de 110 mil seguidores en su cuenta @asiredey y en su feed se pueden ver fotos de la cordillera nevada, interiores y exteriores de edificios patrimoniales, barrios históricos. Pero hay un elemento que se repite una y otra vez, casi como un sello personal: las plantas trepadoras. Rojas, rosadas, moradas, desbordadas sobre alguna pared de la ciudad.
Lo que empezó como una fascinación estética se transformó este año en La Ruta de las Bugambilias, una serie donde explora cómo esta planta, al mezclarse con la arquitectura, altera por completo la percepción de un lugar. “Cuando la bugambilia aparece, cambia todo: el color, la luz y hasta la manera en que se ve el edificio completo”, explica. El proyecto, además, es colaborativo: buena parte de los sitios que visita llegan por recomendaciones de sus propios seguidores, que reconocen en esa flor una huella visual que vale la pena registrar.
Al igual que para Flavia Raglianti, esa dinámica -subir una foto y recibir al instante relatos, recuerdos o pistas de otros rincones- es, para él, lo más valioso de su faceta de creador de contenido. “Mucha gente me escribe contándome la historia que ellos tienen con los lugares que comparto en mis fotos o videos. Eso me ha hecho conectar mucho más con la ciudad y también con las personas que viven en ella”, dice. Y agrega: “Desde que hago esto, Santiago se volvió para mí más íntimo, más amable”.
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