El bosque de 9.000 bonsáis que se esconde en una casa de Las Condes
Mauricio Allel empezó con las plantas desde niño en el patio familiar. Luego conoció los bonsáis y no se detuvo. Sus árboles son solicitados en eventos de hoteles, de malls, en spots publicitarios. Hoy su jardín se despliega en 2.500 m2, y hasta allí llegan clientes famosos -animadores de TV, empresarios- y anónimos. En un buen mes, dice, puede vender hasta 300 bonsáis.
Por: Patricio De la Paz
Publicado: Sábado 4 de abril de 2026 a las 21:00 hrs.
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En un terreno de 2.500 m2, detrás de la casa donde vive y totalmente inadvertido desde la calle, el arquitecto Mauricio Allel (62) despliega lo que él denomina el paraíso: un bosque de 9.000 bonsáis, que van entre los que tienen pocos meses de vida hasta otros, los más viejos, que bordean los 60 años.
Los ordena de manera particular. Tiene un sector que llama “la guardería”, donde están los bonsáis más jóvenes. En “el hotel” están los que cuida mientras sus dueños están de vacaciones. En “la UCI”, aquellos que se los llevan para que los reviva porque han sido ahogados por exceso de agua o se están secando por ausencia de ella. En “el psiquiátrico”, explica, “están los que por la polución, el smog, el polvo, se ponen negros, se llenan de hollín y se enferman porque no pueden respirar”. Los que no entran en ninguna de esas categorías, que son la mayoría, ocupan el resto del espacio que, esta tarde de otoño, está invadido de árboles con pequeñas hojas amarillas, naranjas, púrpuras.
Los bonsáis son árboles cultivados en maceteros pequeños que, por distintas técnicas que manejan su crecimiento -como la poda de las hojas o el espacio que se deja a las raíces- son versiones en miniatura de sus especies. Originarios de China, donde crecían de manera natural en espacios restringidos y luego los llevaban a los palacios, fueron después perfeccionados en Japón, que sí le metió más mano humana para apurar el proceso: como el alambrado de sus ramas, incluso con árboles ya crecidos. Allel evita esa modalidad. Se ubica en la línea de los chinos, “que requiere más paciencia”.
“Yo parto desde cero. Trabajo el árbol desde el comienzo, cuando es semilla o patilla. Los acompaño, los voy podando de acuerdo a cómo crecen naturalmente”, señala. “Para mí, los árboles son como hijos”.
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“Yo parto desde cero. Trabajo el árbol desde el comienzo, cuando es semilla o patilla. Los acompaño, los voy podando de acuerdo a cómo crecen naturalmente”, señala Allel.
150 especies
“A mis abuelos, a mis papás les gustaban las plantas. Yo veía todo eso cuando cabro chico, de 6, 7 años. Entonces lo que encontraba, lo ponía en maceteros. Plantaba semillas que recogía del suelo. Así empecé a juntar arbolitos. A un compañero de colegio su papá le trajo de Japón un libro sobre bonsái. Me llamaron mucho la atención esos árboles pequeños”, recuerda. Empezó a podar los que iba acumulando en el patio de la casa familiar. A los 10 años, toda la mesada la gastaba en los viveros: “Compraba plantitas, tierra, maceteros, vasijas, herramientas, lo que pillaba”.
A los 15, empezó a participar en exposiciones de jardines. Su colección de árboles ya superaba los 500. En esos años se hacía una feria de Navidad en la avenida Manquehue, en la cual Allel también exponía. “Me preparaba todo el año para eso. Vendía cactus en vasijas de porcelana, todo chiquitito. El tercer año que participé, llevé unos bonsái para decorar. La gente me preguntaba por qué no los vendía. Así que empecé con eso también”, recuerda. Lo siguió haciendo en sus primeros años de universidad. Su gusto por los árboles sólo crecía. En su casa ya no tenía 500, sino 2.000. Su proyecto de título en Arquitectura fue un conservatorio botánico en el Parque Araucano.
Su primer trabajo grande con bonsáis fue para la empresa de química aplicada Härting, recuerda. “Le hice todos los jardines. Ahí tuve que sacar factura y partió toda la historia”. Empezó a hacerse conocido. Sus árboles eran requeridos en inauguraciones de hoteles como el W y centros comerciales, como el Distrito de Lujo del Parque Arauco, lo cual funcionaba como vitrina para sus ventas. Hizo un programa en La Red. Pasó árboles para spots publicitarios y armó la decoración de desfiles de moda. Montó una exposición en el Museo de Arte Contemporáneo, a propósito de los 100 años de presencia diplomática de Japón en Chile.
Comenzó además a hacer jardines con sus bonsáis -calcula que ha hecho más de mil, que combina con piedras, cristales, riego-, trabajo que lo llevó a otros países: Argentina, Brasil, Perú, México, Estados Unidos, Dubái, Taiwán. Destacó en un par de concursos importantes. Y junto a la Corporación Cultural de Las Condes armó, hace ya casi 30 años, un museo de estos árboles en el Pueblito de Los Domínicos que aún existe.

En 2008 se instaló en el terreno donde hoy tiene sus bonsáis, que suman 150 especies. Allel nombra de memoria algunas: acer japonés, gingkos, araucarias, liquidámbar, flor de la pluma, secuoyas, ciruelos, pinos, cedros del Líbano, juníperos, abedules. Su método de trabajo es estacional: “En primavera y verano, que es cuando el árbol está más vivo, lo podas por arriba, le haces peluquería; en otoño y en invierno lo trabajas por abajo, hasta las raíces, porque el árbol está dormido, como anestesiado”.
De $ 20.000 a $ 50 millones
“Mis clientes son muy variados”, comenta Allel. Tiene figuras conocidas de televisión y empresarios de rubros como el retail. Uno de estos últimos fue quien le compró el bonsái más caro que ha vendido hasta ahora: $ 50 millones. Pero cuenta que también llegan hasta aquí personas comunes y corrientes “que juntan las lucas para hacerse un buen regalo. Y se van entusiasmando. Esto funciona como los coleccionistas de cuadros, esculturas o autos: pagas por lo que te gusta. Tengo clientes que tienen unos bonsái y unos jardines espectaculares. Este es un vicio sano”. Los precios parten desde los $ 20.000 por bonsáis jóvenes, de pocos años. Éstos disimulan bien su edad en escasa altura: un crateus de 5 años, por ejemplo, alcanza apenas los 24 centímetros.
Dice que en sus viajes al extranjero ha visto bonsáis increíbles. “En Taiwán, donde he ido a competir, vi árboles que tenían 300 o 400 años, que estaban en perfecto estado y que valían tres o cuatro millones de euros”.
Allel trabaja con tres personas en su vivero. Es una ocupación constante y sin plazo de término. “Los bonsáis son las únicas obras de arte que nunca están terminadas, porque están vivas y siempre hay que estar pendiente. Además, pasan de una generación a otra. Se han encontrado araucarias o alerces de cuatro mil años”.
Un buen mes puede vender hasta 300 bonsáis. Dice que la mejor época es desde agosto a febrero, porque los árboles están con hojas y los clientes se entusiasman más. Y hay también más vitrina: en estos seis meses se hacen las ferias de plantas y además le piden árboles para eventos. “Hace unos años, un banco me compró 3.600 bonsáis para regalarle a sus clientes. Creo que fue para Navidad. A precio de hoy, serían como $ 50 mil por árbol. Saca la cuenta”, dice, sin disimular la sonrisa. Claro: son $ 180 millones.
“Hace unos años, un banco me compró 3.600 bonsáis para regalarle a sus clientes. Creo que fue para Navidad. A precio de hoy, serían como $ 50 mil por árbol. Saca la cuenta”, dice, sin disimular la sonrisa.
¿Dónde está el negocio de un bosque de bonsáis? Allel, quien reconoce que eso fue algo que nunca pensó cuando empezó con su colección verde, responde: “El negocio lo da la cantidad de árboles que tengo, porque yo empecé de cabro chico. Armé la maquina hace muchos años y hoy están listos los resultados. Cada año que pasa, un bonsái vale más”. Y remata: “Yo, más que por lo que vendo, soy millonario por la cantidad de árboles que tengo”.
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