Sus declaraciones reflejan el peso, en términos de credibilidad, que conlleva el nombre de quien gobernó la Reserva Federal por casi dos décadas y falleció la madrugada de este lunes, a los 100 años.
Greenspan asumió el liderazgo del banco central de Estados Unidos en agosto de 1987, tomando la posta de Paul Volcker. Si este último logró erradicar una inflación de dos dígitos, su sucesor la redujo a niveles cercanos al 2% y la mantuvo bajo control durante gran parte de su mandato. Años después, su propio sucesor, Ben Bernanke, formalizaría ese objetivo en la Declaración sobre los objetivos de largo plazo y la estrategia de política monetaria de 2012, estableciendo una meta explícita de inflación de 2% para la Reserva Federal.
Así, su figura se enmarca en una sucesión de liderazgos que conforman los pilares de la banca central moderna. Su respaldo a la bonanza económica, la forma en que enfrentó shocks financieros, un particular estilo comunicacional y la crisis financiera marcaron su sello personal.

Los exprsidente de la Fed Ben Bernanke, Janet Yellen, Alan Greenspan y Jerome Powell.
La era Greenspan
Su gestión coincidió con uno de los períodos de bonanza de la economía de EEUU. Durante los años ‘90, el país combinó crecimiento, baja inflación, desempleo decreciente y un fuerte aumento de la productividad impulsado por la revolución tecnológica.
Mientras parte de la Reserva Federal temía que ese dinamismo terminara recalentando la economía, Greenspan defendió la idea de que los avances tecnológicos estaban elevando la capacidad productiva del país, permitiendo crecer más rápido sin generar presiones inflacionarias. Esa lectura terminó consolidando su reputación.
La otra fuente de su prestigio fue su manejo de las crisis. Apenas dos meses después de asumir el cargo, enfrentó el Lunes Negro (1987), cuando la Fed intervino para asegurar la liquidez del sistema financiero y contener el pánico bursátil. Más adelante, condujo a la institución a través del “tequila mexicano” (1994), la crisis asiática (1997) y el rescate financiero de Long-Term Capital Management (1998), consolidando la idea de que el banco central actuaría con rapidez para contener riesgos sistémicos.
Tras el estallido de la burbuja tecnológica (2000) y los atentados del 11 de septiembre de 2001, volvió a recurrir a una política monetaria expansiva para apuntalar la confianza y la recuperación económica. La propia Reserva Federal destacó este lunes que Greenspan condujo la institución durante períodos de “significativa expansión económica” y también de “considerable tensión”, ayudando a consolidar una era de estabilidad de precios y credibilidad institucional.
Con el tiempo, en Wall Street y Washington, su figura se transformó en una referencia casi mítica, al punto que el mercado analizaba cada una de sus intervenciones públicas en busca de señales sobre el rumbo de la política monetaria.
Parte de esa fascinación se explicaba por su estilo deliberadamente ambiguo. Sus comparecencias ante el Congreso dieron origen al término “Greenspanese”, utilizado para describir respuestas complejas y, en ocasiones, crípticas, que obligaban a analistas e inversionistas a descifrar cada palabra. “Sé que creen que entienden lo que piensan que dije, pero no estoy seguro de que se den cuenta de que lo que escucharon no es lo que quise decir”, ironizó en una de sus frases más recordadas.
La influencia de sus palabras llegó a tal nivel que surgieron mitos como el denominado “indicador del maletín”: operadores y periodistas observaban el tamaño de la carpeta que llevaba a las reuniones de la Fed para anticipar si se preparaba una decisión importante. Su capacidad para moldear expectativas convirtió a la comunicación del banco central en una herramienta tan relevante como la propia tasa de interés.
Paradójicamente, el mismo que popularizó el “Greenspanese” impulsó una transformación trascendental para la Fed moderna. En 1994, el banco central comenzó a publicar comunicados inmediatamente después de las reuniones del Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC), informando las decisiones de política monetaria.
La medida inauguró una nueva era de transparencia y sentó las bases del esquema de comunicación utilizado actualmente por la Fed, donde las expectativas del mercado se gestionan no solo mediante los movimientos de tasas, sino también a través de la orientación futura de la política monetaria, un aspecto que -por cierto- no convence a Warsh, quien formó un equipo de trabajo para revisarlo.

Allan Greenspan en una comparecencia ante el Congreso por la crisis financiera.
Su política bajo escrutinio
Sin embargo, la historia de Greenspan quedó inevitablemente ligada a la crisis financiera de 2008.
Aunque dejó la presidencia de la Fed en enero de 2006, apenas dos años antes del colapso de Lehman Brothers, gran parte del debate posterior apuntó a las bases regulatorias y monetarias construidas durante su mandato. Su confianza en la capacidad de los mercados para autorregularse, su respaldo a la innovación financiera y su resistencia a imponer mayores restricciones al sistema pasaron a ser objeto de escrutinio.
La Comisión de Investigación de la Crisis Financiera de EEUU fue particularmente dura en su diagnóstico. En su informe concluyó que las fallas regulatorias fueron “devastadoras para la estabilidad de los mercados financieros” y sostuvo que la confianza en la naturaleza autocorrectiva de los mercados y en la capacidad de las instituciones financieras para supervisarse a sí mismas había contribuido al desastre.
La comisión agregó que más de tres décadas de desregulación y confianza en la autorregulación, “impulsadas por el expresidente de la Reserva Federal Alan Greenspan y otros”, habían debilitado salvaguardas clave que podrían haber ayudado a evitar la catástrofe.
El momento que marcó ese debate ocurrió el 23 de octubre de 2008, cuando Greenspan compareció ante el Comité de Supervisión y Reforma Gubernamental de la Cámara de Representantes.Interrogado por el congresista Henry Waxman sobre si su visión ideológica había resultado equivocada, respondió con una frase que quedó grabada en la historia financiera reciente: “Sí, encontré una falla”.
Luego profundizó su reflexión. “Aquellos de nosotros que confiábamos en que el interés propio de las instituciones financieras protegería el capital de los accionistas —yo especialmente— estamos en un estado de incredulidad y sorpresa”, afirmó. Aquella admisión representó algo más que una autocrítica personal. Para muchos, simbolizó el cuestionamiento de una época marcada por la confianza en la disciplina de mercado y en la capacidad del sistema financiero para gestionar sus propios riesgos.