Abigail Disney en LSE, la heredera que demanda más impuestos para los ricos
Amiga cercana de Andrés Velasco, la activista trajo su documental a Londres como parte de su campaña contra la “codicia extrema”.
Publicado: Sábado 9 de mayo de 2026 a las 21:00 hrs.
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Es muy difícil no indignarse. Si ese era su objetivo, Abigail Disney lo consigue. No hay otra reacción posible tras ver su documental, The American Dream and Other Fairy Tales. En la cinta, que debutó en Sundance en 2022, una de las herederas del imperio Disney viaja al corazón del “lugar más feliz de la Tierra” para retratar la precariedad en la que viven algunos de los trabajadores que hacen posible la existencia del parque de diversiones… y también la suya.
“He construido una vida sobre la espalda de otros”, reconoce Disney, en referencia a la fortuna que heredó de su tío abuelo Walt Disney, de su abuelo y cofundador Roy O. Disney, y luego de su padre, Roy E. Disney, el último miembro de la familia con un rol relevante en el manejo de la compañía.
Es inevitable percibir un atisbo de defensa del origen de la fortuna familiar. Abigail Disney insiste en que Walt y Roy pertenecían a una clase distinta de empresarios: verdaderos self-made men, criados bajo el rigor de la vida rural de Missouri a inicios del siglo XX. También recuerda sus visitas a Disneyland, en Anaheim, de la mano de su abuelo. Entonces, según relata en la película, Roy ganaba unas 70 veces más que el empleado de menores ingresos de Disney. Hoy, la brecha es de otro orden: el CEO Bob Iger gana 805 veces más que el empleado mediano de la compañía.
“Es inmoral”, asegura, en una crítica que Disney extiende a otros CEOs de grandes corporaciones y a los “súper ricos”.
Su apellido y su elocuencia han hecho de Disney uno de los principales rostros de Patriotic Millionaires, el movimiento que demanda mayores impuestos para los millonarios. Algunos de sus miembros la acompañaron durante la presentación de su documental la semana pasada en la London School of Economics.
Vestida con una polera negra de algodón y un traje sin pretensiones, la cineasta, activista y filántropa de 66 años presentó su documental ante un centenar de personas. El evento fue organizado por su amigo Andrés Velasco, decano de la Escuela de Políticas Públicas de LSE.
Ambos coincidieron como estudiantes de pregrado en Yale y se graduaron en 1982. Desde entonces han mantenido una relación cercana, que llevó a Disney a visitar Chile junto a su esposo y sus cuatro hijos al menos una vez.
Posición privilegiada
El documental no sólo es una exposición de las injusticias que sufren millones de trabajadores en EEUU. También es el recuento del lanzamiento de Disney como una activista progresista contra la codicia empresarial.
No siempre fue así. Disney reconoce que vivió gran parte de su vida dentro de una burbuja, criada bajo preceptos como no criticar a la familia en público o no “saltar ciertas barreras”. A cambio, se le ofrecía una vida llena de privilegios. Así lo hizo por décadas. Esperó hasta la muerte de su padre, Roy E. Disney, en 2009, y la de su madre, Patricia Dailey, en 2012, para volcarse de lleno al activismo. “Sabía que les rompería el corazón”, relata. Hoy, uno de sus hermanos ha cortado relaciones con ella.
En un perfil de The New Yorker, la heredera reconoce que, pese a la incomodidad que le generaba su fortuna, durante años utilizó el avión privado de sus padres. Una noche, al volar sola de California a Nueva York, rodeada de una tripulación completa, dice que no pudo dejar de pensar en la huella de carbono y el exceso.
Al igual que sus tres hermanos y 10 primos, Abigail Disney heredó acciones del imperio mediático. En 2019 afirmó al Financial Times que su fortuna ascendía a US$ 120 millones, después de haber donado US$ 70 millones durante varias décadas.
Su herencia le permitió dedicarse a criar a su familia y no fue hasta los 47 años que comenzó su carrera como cineasta con Fork Films. Su primer documental, Pray the Devil Back to Hell (2008), sobre el movimiento por la paz liderado por mujeres liberianas que ayudaron a poner fin a la guerra civil en su país -encabezado por Leymah Gbowee, Premio Nobel de la Paz 2011-, le trajo sus primeros reconocimientos, incluido el premio a Mejor Documental en el Festival de Tribeca.
Ya no usa avión privado, pero tampoco renuncia a su fortuna. Es precisamente esa fortuna -afirma- la que le da una tribuna especial para criticar a otros millonarios y exigir cambios que van más allá de pagar más impuestos. Para Disney, el problema es que toda una generación de empresarios, hoy en directorios y gerencias de grandes corporaciones, fue formada bajo la máxima de Milton Friedman de que la única responsabilidad de una empresa es maximizar los beneficios para sus accionistas. “Como si fuera una religión”, dice.
Peor aún, afirma, en las últimas décadas los directorios han dejado incluso de responder a esa lógica de “lo único que importa es el accionista” para alinearse con la management class: una capa de altos ejecutivos que termina fijando sus propios bonos y compensaciones. La consecuencia, según Disney, es un sector empresarial en el que manda la codicia y la competencia por quién gana más, sin importar a costa de qué o de quién.
De vuelta en Anaheim, el documental muestra las dificultades de los trabajadores de los parques durante y después de la pandemia. No todos fueron reintegrados tras la ola de despidos de 2020. Las empresas retomaron sus operaciones con menos empleados y, en muchos casos, con márgenes reforzados por la reapertura y el repunte de la economía.
Hoy ya casi nadie habla del ESG, el movimiento de capitalismo responsable que llevó a CEOs de grandes bancos, multinacionales y directorios a hablar de responsabilidad social, de “stakeholders” y no sólo de “shareholders”. En su momento, la campaña de Patriotic Millionaires encontró eco en los pasillos del Foro Económico Mundial de Davos y la OCDE.
Pero quizás por el lobby de la misma clase empresarial a la que Disney apunta con el dedo, ese discurso ha perdido fuerza. Sin duda también por el giro político en EEUU.
“¿Cómo explicas entonces que haya vuelto un gobierno que aboga precisamente por todo lo contrario -menos impuestos, menos regulación- y con más de 77 millones de votos?”, le pregunta Velasco, en referencia al regreso de Donald Trump al poder.
“La verdad no me entra en la cabeza”, responde Disney, antes de intentar una explicación que apunta a la manipulación de los medios por parte de esa misma clase capitalista y patriarcal.
La campaña para “gravar a los súper ricos” ha recobrado fuerza con los planes del alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani. Con un alza de impuestos a quienes concentran mayores ingresos o riqueza, el demócrata socialista busca financiar su agenda social y enfrentar el déficit municipal. Una encuesta del Siena Research Institute mostró que el 54% de los neoyorquinos respaldaba elevar los impuestos a los millonarios. Disney admira al alcalde y dice que sus hijos también lo siguen: “Es el primer político que los ha entusiasmado a participar”.
En la agenda de Disney están más conferencias, más apariciones públicas, un libro, todo con el mismo mensaje: los trabajadores deben ganar más y los CEOs menos, y todos -también y sobre todo los más ricos- deberían pagar su parte.
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