“Piedra Sagrada, le vin chilien que le monde entier veut déguster”. El titular ocupaba una página entera de Le Figaro en febrero de 2026, un diario francés de dos siglos y poco dado a la efusividad. Al día siguiente empezaron a llegar decenas de correos de coleccionistas que querían comprar botellas de ese cabernet sauvignon, producido en apenas 3,8 hectáreas de Pirque. Hasta ese momento el vino se movía casi sólo en restoranes de alta gama, varios con estrella Michelin, como Le Jules Verne, en el segundo piso de la Torre Eiffel, y La Dame de Pic, en París.
“Al día siguiente tenía más de 50 emails, la gente quería comprar el vino”, cuenta Marco Pérez, compositor de música clásica y hoy a cargo de la viña, desde la casa familiar en Montpellier, en el sur de Francia. “Y ahí la gente no te pregunta cuánto vale el vino”, enfatiza, “sólo quieren comprar”. La botella bordea los 150 euros.
El compositor
Marco nació en Chile y emigró a Francia a los 9 años, cuando su familia partió al exilio. Estudió matemáticas y música y se terminó dedicando a la composición, que aprendió con el chileno Sergio Ortega. Fue seleccionado entre 10 compositores para entrar al IRCAM, el instituto de investigación musical que fundó el destacado Pierre Boulez. Pérez después fue compositor en residencia de la Orquesta de Montpellier y estuvo una década trabajando en una orquesta suiza, donde manejaba presupuesto, giras y contrataciones. Su música se ha tocado en la Bienal de Venecia y en la Filarmónica de París.
Hasta entonces, él poco sabía de vinos. La viña era un proyecto de su padre, Arturo Pérez Rojas. “Él nos enseñó a probar vino, pero nada de vendimia, nada de cómo hacerlo”, recuerda.
Arturo plantó el viñedo en 2002, perforó un pozo de 100 metros y dividió el paño en siete parcelas. Durante años sólo vendió la uva a distintas viñas. Murió en 2013, semanas antes de una vendimia.
Con su muerte, Marco y sus tres hermanos, dos médicos y una arquitecta, todos radicados en Europa, se quedaron con un viñedo en Pirque que no sabían manejar. Rápidamente, dice Pérez, llegaron interesados en comprarlo. “No habían esperado ni que mi padre estuviera en tierra”, critica. “Eso nos puso furiosos”.
Viajó a Chile para la vendimia y le pidió ayuda a Éric Verdier, un catador francés amigo de su padre. Ese año Pérez guardó una muestra de la fermentación de la uva y la llevó a Francia. Verdier la probó y le dijo: “Tienen que hacer vino. No pueden vender la uva”. Le hicieron caso, y entre 2014 y 2021 embotellaron en secreto, sin vender una sola botella.
18/20
Durante esos siete años llevaron muestras a Francia y las hicieron probar a ciegas, sin decir de dónde venían. “Todos nos decían que era un pinot noir”, recuerda Pérez.
El punto de quiebre llegó en 2021. Él todavía vivía en Suiza y empezó a mandar botellas a algunos de los catadores más famosos del mundo. Una la envió a Inglaterra, a la crítica Jancis Robinson, quien escribe hace décadas en el Financial Times y entre 2004 y 2022 asesoró la bodega de la reina Isabel II. Puntúa con una escala de 20 y tiene fama de exigente. A Piedra Sagrada le puso 18 puntos, cuando todavía no se vendía en ninguna parte. “Ahí empezamos a ver que la cosa era seria”, dice.
Lista de espera
El negocio lo llevan los cuatro hermanos y Marco es el que se instaló en Chile para estar encima de la viña. Pasa tres o cuatro meses al año en Pirque y el resto en Francia, promoviendo el vino. Producen entre 3.000 y 10.000 botellas al año y las venden ellos mismos, sin distribuidores ni retail. “Nunca hemos estado en ningún lugar minorista”, afirma. “Yo no puedo poner botella en un supermercado porque no van a aceptar pagar ese precio”.
Después de que la revista Vigneron bautizara al vino como un grand cru, Piedra Sagrada entró a cartas de restoranes parisinos con estrella Michelin. Recién ahí, dice Pérez, vieron el efecto. “Cuando llegamos a Brasil, los brasileños piensan que porque el vino está en la Torre Eiffel es un gran vino. Nos ayuda eso. Pero nunca fue una estrategia”, dice.
Hoy el foco son los coleccionistas. El vino se agotó rápido y las botellas empezaron a aparecer en subastas en Shanghái y Tokio, revendidas como si fueran acciones. Marco Pérez cerró esa puerta y ahora quien quiera comprar debe inscribirse en el sitio de la viña.
En junio, la revista europea de lujo Robb Report le dedicó un largo perfil firmado por Lewis Chester, fundador de los premios Golden Vines y una de las voces del mercado de coleccionistas.
¿Pero es buen negocio? “Es para largo plazo”, responde Pérez, sin entrar en muchos detalles ni números. El vino salió al mercado en 2021 y se vende en firme desde 2022.
Enólogos que se van
A pesar de que el vino se produce en Chile, este no es su mercado. Piedra Sagrada tiene un solo punto de venta local en una tienda en Vitacura, y prácticamente todo sale al extranjero. “En Chile el mercado no es para nosotros. El chileno no pone plata para comprar vino”, dice. Sus mejores plazas hoy son Brasil y Europa, y detrás asoman los coleccionistas asiáticos. “Yo quiero estar en Chile. Pero el mercado para nosotros es el extranjero”, añade.
La otra distancia con Chile es de método. En su viña, dice, intervienen lo mínimo. Usan las levaduras nativas de la uva y no agregan nutrientes. “Para hacer vino hay que ser perezoso”, resume Pérez. Por lo mismo, los enólogos que ha contratado terminan yéndose.
“No hemos echado a ninguno, pero todos se van, porque no entienden la manera que tenemos de hacer el vino”.