La primera apuesta juntos de Rodrigo Puchi y Francisco Dittborn: abren el Museo Taller en Puerto Octay
Dittborn abrió en 2017 el Museo Taller en Santiago. Soñaba con abrir una sede en Puerto Octay junto a su amigo y empresario Víctor Hugo Puchi, quien ya había empezado en esa zona un trabajo de rescate patrimonial. A ambos los unía el coleccionismo de piezas de carpintería y el amor a la madera. Puchi murió de cáncer en 2024, pero la idea siguió en pie: la posta la tomó su hijo mayor, Rodrigo. Esta semana comenzaron la marcha blanca.
Por: Patricio De la Paz
Publicado: Sábado 10 de enero de 2026 a las 21:00 hrs.
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"Todavía no me convenzo de que partió”. Eso escribe Francisco Dittborn (71), creador del Museo Taller, sobre la tablet que tiene sobre sus piernas. Lo hace con el dedo, en letras imprentas y desordenadas. Es su forma que comunicarse después de que el ELA -que padece hace 15 años- le quitó la voz, además de dejarlo en silla de ruedas. Su lamento escrito se refiere a su amigo Víctor Hugo Puchi, reconocido empresario salmonero -fundador de AquaChile-, quien murió de cáncer en marzo de 2024. “Yo lo admiraba mucho y le quedaba tanto por hacer a sus 71 años”, escribe, con la vista clavada en la pantalla.
Francisco Dittborn no está solo esta mañana en una de las amplias salas de su museo ubicado en el Barrio Yungay y que en cuatro casonas contiguas -con patios y un bosque en medio- exhibe máquinas y herramientas de distintos oficios manuales, desde la carpintería a la imprenta. A su lado está Rodrigo Puchi (49), el primogénito de Víctor Hugo y quien hoy es también su amigo. Están contentos, porque ambos cumplieron un sueño, que es además su primera apuesta juntos: abrieron una sede del museo en Puerto Octay, que este martes 6 de enero comenzó su marcha blanca.
Aunque, siendo rigurosos, más que cumplir un deseo, esta apertura en el sur se trató de saldar un pendiente. “Esto tiene que ver mucho con mi padre”, adelanta Rodrigo.
Almas gemelas
Hasta 2017, Francisco Dittborn y Víctor Hugo Puchi no se conocían en persona. Pero habían escuchado el uno del otro, sobre todo porque visitaban los mismos lugares en busca de piezas originales para sus respectivas colecciones de carpintería. “Había casi una especie de rivalidad, de competencia”, se ríe Rodrigo. “Los dos éramos igual de Diógenes”, escribe Francisco y también se ríe. Ese año, el empresario salmonero y su hijo mayor visitaron un día el Museo Taller, que había abierto hace poco. Entonces estaba ubicado en la calle Root, en el centro de Santiago.
“Al entrar allí nos encontramos con una escena conmovedora: niños entusiasmados con herramientas de carpintería -recuerda Rodrigo-. Y en medio de ellos, con algunos niños colgando encima, estaba este señor de cabeza blanca que nos saluda y nos invita a su oficina”. Fue un enganche inmediato. Víctor Hugo Puchi, como ha dicho su hijo, se encontró en ese lugar con su alma gemela. “Se encontraron dos personas con los mismos gustos, las mismas obsesiones y también los mismos problemas”, detalla.

El Museo Taller de Puerto Octay, en su semana de marcha blanca.
La amistad sólo creció: se visitaban cuando podían y no era poco frecuente que Dittborn viajara al campo que su amigo tenía hace décadas en Puerto Octay, zona donde había comenzado años antes AquaChile y donde más tarde, junto con Rodrigo -que es arquitecto- y sus tres hermanas, se involucró en trabajos de restauración patrimonial. Así fue como terminó comprando cinco viejos galpones abandonados que habían pertenecido a la empresa Anasac para almacenar semillas. En uno de ellos, ambos amigos empezaron a soñar que podría albergar el Museo Taller en el sur.
“Teníamos ganas de algo juntos con nuestras colecciones en Puerto Octay”, escribe Francisco. Tiraban líneas, echaban a andar la imaginación, soñaban. Pero la muerte de Víctor Hugo dejó suspendido ese impulso inicial. Sin embargo, fue sólo por un rato. Porque su partida hizo que Dittborn y Rodrigo Puchi se acercaran más y retomaran muy pronto la idea de ese museo al borde del lago Llanquihue. “El mejor legado de Víctor Hugo fue la amistad con Rodrigo, que es igual de bajo perfil que su padre”, escribe Francisco en la tablet.
El empujón definitivo fue un viaje a Japón, en julio del 2025. Francisco Dittborn, en su calidad de fundador del Museo Taller, fue invitado por el gobierno chileno para ir a la Expo Osaka. Él decidió que Rodrigo Puchi podía acompañarlo, como una especie de test de compatibilidad profunda, que él mismo explica: “En los viajes se conoce de verdad a las personas. Sale lo malo y lo bueno de cada cual, porque hay que tomar decisiones todo el día, con hambre y cansancio”. El arquitecto se sorprendió, pero rápidamente aceptó. Y a pesar de que nunca habían viajado juntos, todo finalmente salió muy bien. “Entonces esos 20 días en Japón fueron una confirmación de que podíamos trabajar juntos”, escribe Francisco.
“El mejor legado de Víctor Hugo fue la amistad con Rodrigo, que es igual de bajo perfil que su padre”, escribe Francisco en la tablet.
“Ir a Japón es el sueño de cualquier arquitecto”, reconoce Rodrigo. Y agrega que en el viaje hubo algo más: “Visitamos uno de los museos de carpintería más importantes: Takenaka, en Kobe. Nace de una familia con pasado carpintero. Es bellísimo, impecable, perfecto, aunque comparado con lo que hay en Santiago es un museo con una distancia muy grande, con una barrera de vidrio. Aquí no existe eso, porque hay contacto con las herramientas, con la madera. Después de ese viaje, le dije a Pancho que el suyo era un museo a nivel mundial, que no lo encuentras en otro lado”.
Ya no había dudas, ni excusas, para demorarse más en abrir su gemelo sureño.
Carpintería, imprenta, veleros
Cuando en 2019 Víctor Hugo Puchi vendió AquaChile a Agrosuper, por US$ 850 millones, él y su familia ya llevaban un tiempo instalados en Puerto Octay. Partieron con una pequeña cabaña y luego con un campo, donde el mismo empresario se encargó de reacondicionar la casa del predio “con mucho gusto y con nada de lujo”, precisa el amigo Dittborn. Además, se fue involucrando en distintos proyectos de restauración de patrimonio de la zona. Los cinco galpones, ubicados en la costanera frente al lago Llanquihue, los había adquirido en 2017, cuando éstos llevaban 15 años abandonados. Fueron construidos en la década del ‘40 y suman en total 3.500 metros cuadrados. Al principio, la familia no tenía claro qué iban a hacer allí. “Una cosa que siempre nos caracterizaba con el papá era hacer las cosas sin un destino claro. Nos movía, y nos mueve, el amor por las cosas antiguas”, explica Rodrigo.
Lo primero que armaron allí, hace siete años, fue un taller de construcción de veleros con padres e hijos de la zona. Lo siguieron realizando en los años posteriores y ha sido prolífico en resultados: gracias a Botes de Octay -nombre de la iniciativa-, calculan que ya se han construido unos 20 veleros.

Los galpones que compró la familia Puchi están en la ribera del lago Llanquihue
El proyecto que agrupa todas las iniciativas que se harán en los cinco galpones restaurados se llama Galpones de Octay y es gestionado por la familia Puchi, cuyos negocios están reunidos en Inversiones Río Baker y que abarcan también, entre varios otros, iniciativas de conservación medioambiental y de arquitectura en la Patagonia, tierra de origen del patriarca. Esta semana, según informó la prensa, uno de los últimos movimientos de la sucesión de Víctor Hugo Puchi fue la venta de Hidronor -donde junto al fondo Equitas tienen el 51%- a la francesa Séché Environnement.
Rodrigo Puchi vive en el sur desde 2009. En 2021, en lo que era un antiguo taller mecánico, abrió al café Mesón Carpintero, en el centro de Puerto Octay. Es un punto de encuentro en la zona y hace tres años incuso fue visitado por la banda noruega Kings of Convenience que andaba de paso. Por el momento, una de sus preocupaciones es la puesta en funcionamiento del Museo Taller. Junto a Dittborn han supervisado en terreno todos los detalles para la marcha blanca gratuita que dura hasta este domingo.
El museo, con un look muy parecido al de Santiago -espacios amplios, buena iluminación, exposición distribuida en muros y mesas-, está instalado en 240 metros cuadrados de uno de los galpones restaurados. Allí se exhiben 300 herramientas de carpintería de Francisco Dittborn y varios mesones y muebles carpinteros de la colección de Víctor Hugo Puchi. Además, está desplegada toda la maquinaria de una imprenta antigua que funcionó hasta hace algunos años -y durante un siglo- en Osorno y que la familia Mayr le donó el 2025 al museo. Rodrigo fue el encargado de ir a buscarla y el traslado hasta Puerto Octay.
En ese mismo galpón, además del museo, está montada una antigua fábrica de juguetes de madera, que funcionaba en Puerto Varas. Se llamaba Juguetería Bring Truck. También fue una donación. “Las hijas de los dueños vinieron a Octay y estaban muy emocionadas al ver que la colección de sus padres era parte de un proyecto mucho más grande”, dice Rodrigo. Por último, al lado del museo y de la juguetería, se instalarán los talleres de carpintería que se dedican a la construcción de botes y veleros. En total, estos tres espacios suman 700 metros cuadrados, el 20% de la superficie de los cinco galpones. El 80% restante, también restaurado, está abierto a nuevos proyectos.
A partir del próximo lunes, la entrada al museo, la juguetería y el taller de botes tendrá un valor de $ 8.000. Al igual que en la sede de Santiago -donde la mayor parte de sus 25.000 visitantes anuales son estudiantes-, la idea de Dittborn y Puchi es estimular especialmente la visita de niños y colegios de Puerto Octay y alrededores.

Los dueños de casa
Francisco Dittborn y Rodrigo Puchi son reacios a hablar de cifras de inversión para el Museo Taller de Puerto Octay. Sólo dicen que casi todos los gastos están asociados al acondicionamiento del nuevo espacio dentro del galpón: movimiento de tierra, nivelación de suelo, nuevo pavimento, canalizaciones, fundaciones, instalación de estructuras. “Lo importante es que es inversión de privados rescatando patrimonio”, recalca Rodrigo.
Respecto de la relación entre los socios, el dueño del espacio es la familia Puchi, mientras que Dittborn debería pagar arriendo por usar el galpón. Eso es en papel, porque en la práctica ambas partes están igual de involucradas con este proyecto donde se les mezclan los afectos. “Como vivo en la zona, voy a estar más presente que Pancho o el equipo del museo en Santiago. Me va a tocar un rol más de dueño de casa”, dice Rodrigo.
“Víctor Hugo va a estar también muy, muy, muy presente”, escribe Francisco, recordado al amigo con quien empezó a pensar este proyecto. Rodrigo agrega: “Fuera de que la carpintería y la madera son también una pasión mía, todo lo que estoy haciendo tiene que ver con lo que hacíamos juntos con mi papá, con lo que compartíamos muy de cerca”.
El pendiente quedó saldado.
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