El chileno autodidacta que se convirtió en uno de los 5 pintores de cascos deportivos para Red Bull en el mundo
Miguel Yáñez conoció el bicicross de niño. De adolescente, empezó a pintar su casco y bicicleta. Se corrió la voz de que lo hacía bien. A los 16 lo convirtió en negocio, que incluyó también a las motos. Luego instaló una tienda-taller que existe hasta hoy. El precio más alto en que ha vendido un casco es US$ 2.700. Y hace más de una década, Red Bull lo fichó como uno de sus pintores oficiales: trabaja para Chile, Colombia y EEUU.
Por: Patricio De la Paz
Publicado: Sábado 14 de marzo de 2026 a las 21:00 hrs.
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Sucedió cuando tenía 10 años. Su familia, por el trabajo del padre -vendedor itinerante en una empresa de autos-, vivía de paso en Chillán. Miguel Yáñez (45), entonces niño, se enteró de que había una carrera de bicicross. Él ya tenía una bicicleta, simple, barata, con la que pedaleaba por las calles. Participó en la competencia y quedó encantado. Nada volvió a ser igual.
Sus padres en esa fecha se habían separado; y Miguel con su hermana mayor, Carla, se movían con su padre por distintas ciudades. Hasta que quedó a cargo de sus abuelos, que vivían en la Villa Frei, en Ñuñoa. “Ese departamento se convirtió en mi cuartel general”, recuerda. Allí persistió con el bicicross. Y como no había dinero -el padre en ese tiempo manejaba un furgón escolar; el abuelo trabajaba en una imprenta-, él mismo fabricaba los stickers y pintaba diseños para ponerle arte personalizado a su casco y su bicicleta. “Vivíamos sin grandes apreturas, pero con lo justo y necesario”, dice.
El bicicross, en todo caso, era mucho más una pasión. Como es un deporte transversal, lo hizo relacionarse con otros mundos: con hijos de profesionales, con familias más acomodadas; “mi mejor amigo ahí era nieto del Conservador de Bienes Raíces de Santiago”. Recuerda trayectos largos a La Dehesa, a San Carlos de Apoquindo. Además, el bicicross era una buena vitrina para su arte sencillo, pero bien hecho. Cuando tenía 16 años, los otros competidores ya le preguntaban por sus stickers y diseños, que él copiaba de expertos extranjeros que veía en revistas, como el norteamericano Troy Lee, su ídolo. “Mis compañeros me pedían y yo les vendía lo que elaboraba. Hacía 20 lucas a la semana, que para mí era mucho”.
Los abuelos, orgullosos, le pasaron una pieza del departamento para que armara su pequeño taller.
Desafío aprobado
Terminó el colegio en un 2x1 y siguió vendiendo arte personalizado, al tiempo que usaba su misma bicicleta de bicicross -disciplina que practica hasta hoy- para repartir pizzas. La red de contactos siguió creciendo. A los 20 conoció a los hermanos Jeremías, Benjamín y Vicente Israel, que corrían motocross y tenían una tienda en Vitacura. Empezó a hacer trabajos para ellos. Con sus dibujos hechos a mano y cortados con cuchillo cartonero.
Los Israel eran amigos de Francisco Chaleco López, quien aún no corría el Dakar pero ya empezaba a destacarse en motocross y enduro. Se lo presentaron, se cayeron bien -“él tiene una historia como yo, papá mecánico, llegó de Teno en un auto que se caía a pedazos”- y Yáñez empezó a regalarle gráfica. López le presentó después a Carlo de Gavardo, quien era más famoso. También hubo sintonía. Comenzó a pintarle los cascos. Y a poner en ellos la firma de la tienda propia que abrió a inicios de los 2000: Chure Style Graphics, que se mantiene hasta hoy. “Chure viene de churejón; así me decía un amigo de niño porque yo era orejón”, se ríe. Para entonces, compró su primera máquina -a crédito-, con la que pintaba diseños que hacía en computador.

Fue por Chaleco López que hizo el link con Red Bull. La marca lo auspiciaba en sus carreras, por eso sus cascos sólo los pintaban artistas autorizados por ellos, que eran contados con los dedos de una mano alrededor del mundo. Pero un día ocurrió que uno de ellos no alcanzaba a enviarle un casco pintado para una carrera en Chile, y López pidió autorización para que Yáñez lo hiciera. A Red Bull le gustó el trabajo y le hicieron una prueba -pintar dos casos: una réplica del que usaba Cyril Despres y otra del de Marc Coma- para ver si lo agregaban a su staff de pintores. No tenían a ninguno en Latinoamérica.
“Pasaron ocho meses y nada. Pensé que no había resultado. Hasta que me llega un mail donde me dan la bienvenida al grupo. No somos más de cinco en todo el mundo”, cuenta. Esto pasó en 2012 y desde entonces es uno de los pintores oficiales. Además de Chile, hace cuatro años pinta para deportistas de la marca en Colombia, donde se encarga, por ejemplo, de los cascos de la campeona olímpica de BMX Mariana Pajón.
El año pasado subió un nuevo escalón. Fue una sorpresa inesperada, que a Miguel Yáñez aún le corta el aliento.
En la tienda de Troy
Se lo dijo Jeremías Israel, en marzo del año pasado: “Troy Lee viene a Chile”. Yáñez no podía creerlo, era su ídolo, el que lo inspiró desde sus primeros diseños. Israel le pidió que le pintara una moto. Y Yáñez, además, le pintó un casco como regalo. Se lo entregó cuando se conocieron en Santiago. “Me dijo que lo encontraba espectacular. Me preguntó cuánto me había demorado. Dos días, le dije. Él no podía creerlo. Me dijo que fuera a diseñar con él a California”. Lo hizo en noviembre, aprovechando el viaje a EEUU al que lo invitó 3M, quien le provee de vinilo para su trabajo.
“Su tienda es mítica, como un museo. Llegué muy nervioso. Sabía que era la oportunidad de la vida de mostrar mi trabajo”, dice. Estuvo dos semanas; y pintó cascos hasta para el campeón olímpico Niek Kimmann. Regresó en enero pasado por otros 30 días. Irá de nuevo en abril. “Con Troy ya somos amigos”, comenta.
El paso por EEUU le dejó algo más. En su primer viaje conoció a Jorge Prado, piloto español de motocross. Cuando Yáñez volvió a Chile en noviembre, el deportista lo llamó para decirle que el pintor de Red Bull en Estados Unidos no lograba el casco que él quería -con un atardecer en el diseño-, y si él podía ayudarlo. El chileno lo hizo. Después le pintó dos cascos más. Y luego Red Bull EEUU, satisfecho con el trabajo, lo sumó como proveedor oficial de diseño en ese país. “Eso es muy bueno: allá son muchos deportistas y el trabajo se paga bien, de US$ 1.000 para arriba por casco”, explica.
"Allá (en EEUU) son muchos deportistas y el trabajo se paga bien, de US$ 1.000 para arriba por casco”, dice Yáñez.
El casco más caro que le ha pagado Red Bull, dice, fue US$ 2.700, para una deportista en Colombia. Agrega que el trabajo no para en su tienda-taller ubicada detrás de Procircuit, la tienda de los hermanos Israel en Vitacura. Hasta allí peregrinan todos los pilotos que corren sobre ruedas. “Un buen mes puedo pintar 10 cascos”, dice. Con su equipo de tres personas también pintan helicópteros, motos de agua, monoplazas para karting -“en eso, le hago todo a Eliseo Salazar”- y personalizan autos de lujo. También instrumentos para cantantes como Francisca Valenzuela o Paloma Mami. Yáñez, eso sí, es el único que se encarga de los cascos; “calculo que he pintado más de mil”.
Con un negocio que, dice, factura sobre $ 20 millones mensuales, Miguel Yáñez no sueña con crecer sino con ser una tienda más pequeña y cada vez más boutique. Que se pague por exclusividad. Y lanza, optimista, un deseo al aire: “Quiero ser el Rolex o el Ferrari de la gráfica deportiva personalizada”.
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