“Vemos los problemas, vemos las dificultades, las reconocemos. Estamos actuando para contrarrestarlas”, dijo el Presidente ruso, Vladimir Putin, durante una reciente intervención pública. La frase marcó un inusual reconocimiento de las dificultades que enfrenta Rusia en plena guerra con Ucrania.
Tras más de cuatro años de conflicto, la presión ya no proviene solo de las sanciones occidentales o del frente de batalla: la ofensiva ucraniana contra la infraestructura crítica rusa está elevando los costos económicos, obligando al Kremlin a redistribuir recursos militares y llevando, por primera vez, parte del impacto de la guerra a la vida cotidiana de millones de rusos.
La transformación de la escena bélica comenzó hace algunos meses. Tras años concentrando sus esfuerzos en frenar el avance ruso en el frente y lanzar ataques puntuales contra refinerías, Ucrania amplió el alcance de su ofensiva y comenzó a golpear de forma sistemática la infraestructura que sostiene la economía y el esfuerzo del Kremlin.
Los blancos dejaron de limitarse a plantas de refinación. En las últimas semanas, drones y misiles ucranianos han alcanzado depósitos de combustible, oleoductos, terminales de almacenamiento, centros logísticos, bases aéreas, rutas de abastecimiento y otras instalaciones estratégicas repartidas por el territorio ruso, incluso a más de 2.000 kilómetros de la frontera, según un informe publicado la semana pasada por Institute for the Study of War (ISW). La campaña también se ha extendido a la península de Crimea, donde Kiev busca interrumpir el flujo de suministros hacia las tropas rusas desplegadas en el sur de Ucrania.
El cambio también ha sido posible gracias a la evolución de las capacidades militares ucranianas. El país ha desarrollado misiles de fabricación nacional, como los Flamingo, utilizados para atacar rutas logísticas muy por detrás de la línea del frente. Sus capacidades podrían reforzarse aún más luego de que el Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, autorizara a Kiev producir misiles Patriot bajo licencia estadounidense en el marco de la cumbre de la OTAN de esta semana, en la que la alianza comprometió 70 mil millones de euros (unos US$ 80 mil millones) en ayuda militar para Ucrania en 2026.

Duro impacto
Rusia ya resiente el cambio de estrategia con una crisis nacional de combustibles. De acuerdo con el ISW -think tank con sede en Washignton D.C.- cerca de 78 de las 83 regiones federales rusas registran escasez de combustibles y 48 ya han impuesto restricciones para la compra de gasolina o diésel.
Lo anterior en circunstancias en que el procesamiento de crudo ruso cayó en junio a su nivel más bajo en dos décadas. El país refinó en promedio 4,1 millones de barriles diarios, un 28% menos que el promedio de los últimos cinco años y un 35% por debajo de su capacidad nominal, de acuerdo con estimaciones de la Kyiv School of Economics.
Largas filas en estaciones de servicio se han hecho habituales entre los rusos, según un reportaje de Financial Times, que también consigna racionamientos de combustible según la patente de los vehículos, patrullas cosacas para evitar enfrentamientos entre automovilistas e incluso la venta de puestos en las filas a través de redes sociales. Según el diario británico, la escasez afecta a unos 50 millones de rusos, es decir, cerca del 35% de la población.
En este conexto, Moscú prohibió las exportaciones de diésel para priorizar el abastecimiento doméstico, medida que se suma a restricciones ya vigentes sobre la gasolina y jet fuel.
Con todo, en junio la inflación anual repuntó de 5,3% a 6%. Para la economista para Europa Central y Rusia de Bloomberg Economics, Ekaterina Vlasova, “el déficit de combustible probablemente se trasladará al conjunto de los precios y a las expectativas de inflación”, lo que reducirá el margen del banco central para bajar tasas.
Implicancias para el conflicto
A la luz de este cambio de escenario, en su más reciente informe el centro de estudios aleman Kiel Institute asegura que la economía rusa comienza a mostrar “claros signos de agotamiento estructural”.
Su presidente, Moritz Schularick, afirma que “las reservas se han agotado, el crecimiento se ha estancado y la dependencia de China es cada vez más pronunciada”, de manera que el verdadero límite para sostener el esfuerzo bélico ya no pasa por la disponibilidad de recursos financieros, sino por la escasez de mano de obra, tecnología y capacidad productiva.
Sin embargo, este cambio no necesariamente cambiaría el desenlace de la guerra. Chatham House advierte que interpretar la presión económica y los ataques ucranianos como un punto de inflexión para Moscú “pierde de vista un punto”:
Rusia ya opera plenamente como una economía de guerra, continúa ampliando sus capacidades militares y prepara un enfrentamiento prolongado, por lo que el aumento de los costos no implica necesariamente un cambio en sus objetivos estratégicos.
Una visión aún más categórica plantea el académico de la Universidad de Chicago, John Mearsheimer. Aunque reconoce que los drones ucranianos “han ralentizado el avance ruso en el campo de batalla”, sostiene que ese efecto no modifica el equilibrio estratégico del conflicto. En su opinión, Rusia terminará controlando todo el Donbás e incluso podría anexar nuevos territorios. “El avance ruso continúa y los rusos van a ganar esta guerra”, afirma.