El Covid-19 ha expuesto las disfunciones de la sociedad
Si deseamos evitar un colapso político, no deberíamos tratar de suprimir los mercados, pero definitivamente debemos moderar sus tempestades.
Por: Martin Wolf
Publicado: Viernes 17 de julio de 2020 a las 04:00 hrs.
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Estamos viviendo en una era de múltiples crisis: la del Covid-19, una crisis de desilusión económica, una crisis de legitimidad democrática, una crisis de los bienes comunes mundiales, una crisis de las relaciones internacionales y una crisis de gobernanza global. No sabemos cómo lidiar con todas ellas. Esto se debe, en parte, a que es difícil desarrollar las ideas necesarias para lograr reformas. Sin embargo, es aún más difícil porque la política no puede proporcionar los cambios necesarios.
La serie de Financial Times que abordó el tema del nuevo contrato social puso de manifiesto varias disfunciones: el apalancamiento excesivo de las empresas, las decepciones de los millennials occidentales, la evasión de impuestos corporativos y el bajo salario de muchas de las personas de quienes hemos dependido durante la crisis del Covid-19. En mi propio artículo, yo además me referí a algunas de las disfunciones a largo plazo, incluyendo la erosión de la clase media y la disminución de la confianza en la democracia, especialmente en Estados Unidos y en el Reino Unido.

En 1944, se publicaron dos influyentes libros escritos por emigrados de Viena. Uno, “Camino de servidumbre”, de Friedrich Hayek, presentaba argumentos en contra de la marea entrante del socialismo. El otro, “La gran transformación”, de Karl Polanyi, insistía en que esta marea era el ineludible resultado del libre mercado del siglo XIX. Ambos libros contienen verdades. Pero, si queremos entender lo que está sucediendo actualmente, Polanyi parece ofrecer la mejor guía. Y, si deseamos evitar un colapso político, no debemos tratar de suprimir los mercados, pero definitivamente debemos moderar sus tempestades.
En el Reino Unido, ese reto fue reconocido en aquel entonces por dos grandes pensadores: John Maynard Keynes, quien se enfocó en la estabilización macroeconómica, y William Beveridge, quien desarrolló el plan para un Estado de bienestar. Gran parte de nuestro debate actual es, nuevamente, acerca de cómo apoyar la seguridad económica. Las respuestas de nuevo tendrán que integrar la macroeconomía y la microeconomía. Éstos son los dos elementos económicos centrales en la renovación de la idea de ciudadanía.
Responsabilidad global
Sin embargo, este sentido de responsabilidad, como Keynes lo entendió, también tiene que ser global. La conferencia internacional en Bretton Woods de 1944, en la que él desempeñó un importante papel, creó el Fondo Monetario Internacional (FMI), para ayudar a gestionar la economía global, y el Banco Mundial, para promover el desarrollo económico. Hoy en día, él seguramente abogaría por una institución ambiental global sólida. La necesidad de una comunidad global en un mundo devastado por la guerra orientó el lanzamiento de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) por parte de Franklin Roosevelt. Y esta necesidad también condujo a la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) en 1951.
Actualmente, otra vez contamos con nuevas ideas que merecen ser consideradas seriamente. Yo destacaría la necesidad de hacer que las economías sean menos dependientes de la deuda, en parte redistribuyendo los ingresos. Otras ideas se concentran en combinar un alto nivel de empleo con una mayor seguridad personal. Otras se enfocan en la reforma fiscal, incluyendo la imposición de impuestos sobre el patrimonio. Otras se concentran en la necesidad de reformar la gobernanza corporativa. Otras nuevamente enfatizan la necesidad de promover la competencia. A nivel mundial, el inicio de la pandemia del Covid-19 nos ha recordado la necesidad de la cooperación, como lo hace aún más el reto representado por el cambio climático. Reiterando: hay ideas para lidiar con ambos. Pero exigen una alianza entre la política y la experiencia, tanto a nivel nacional como global, tal como sucedió en los ‘40 y ‘50.
En los años de entreguerras -un período de angustia y división comparable al actual- la política produjo los tipos de líderes y de relaciones entre países que imposibilitaron hacer cualquier cosa que fuera ambiciosa. La Liga de las Naciones fracasó. El mundo se recuperó sólo después de pasar por el ‘horno’ de la guerra. Incluso entonces, hizo falta que comenzara la Guerra Fría para que EEUU lanzara el Plan Marshall, lo cual inició la recuperación europea.
Las ideas nunca son suficientes. Tiene que haber consenso, particularmente en las democracias, acerca de lo que se necesita.
Fue Jimmy Carter, no Ronald Reagan, quien nombró a Paul Volcker, el ‘asesino’ de la inflación; y fue James Callaghan, del Partido Laborista, y no Margaret Thatcher, quien declaró en 1976 que “el acogedor mundo que nos dijeron continuaría por siempre -donde el pleno empleo estaría garantizado de un plumazo del canciller, recortando impuestos, gasto deficitario- ese acogedor mundo ya no existe”. Los enemigos externos a menudo han asegurado la unidad doméstica y han consolidado las alianzas. Pero, incluso si esto pudiera funcionar actualmente, empeoraría nuestras amenazas globales todavía más.
Poder personal
En la actualidad, desgraciadamente, la fuerza más potente en la política mundial es un autoritarismo nacionalista, como lo fue en el período de entreguerras. Con la excepción del régimen chino, la característica común de estos autócratas es el desempeño del poder personal. Los líderes tienen poco interés en la complejidad de políticas con propósito. En cambio, le ofrecen retórica incendiaria a sus seguidores. El debate sobre el Brexit representó un buen ejemplo. Mientras tanto, un impulso dominante de la política de izquierda no se basa en las políticas sino en la identidad, aplicada en contra de las ideologías conservadoras y nativistas de la derecha. Con una política como ésta, las posibilidades de que se logre un consenso en la creación de un mundo mejor en múltiples dimensiones parecen mínimas.
Sin embargo, la situación no es desesperanzadora. La política de algunas democracias todavía parece cuerda y efectiva. La Unión Europea parece estar uniéndose, por fin. La total incompetencia de los populistas nativistas al menos se ha vuelto evidente. Tal vez, numerosos miembros de la tradicional clase trabajadora comenzarán a ver al presidente estadounidense Donald Trump como el fraude que es.
Quizás es posible que una coalición de reformadores radicales, pero sensatos, resurja para rediseñar las políticas nacionales y la política global. Quizás, la crisis del Covid-19 en sí servirá de catalizador. Pero se necesitará tanto voluntad como talento para crear nuevas coaliciones de ideas y de intereses. Al final, el cambio siempre se trata de política. Las políticas proponen y la política dispone.
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