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Los negociadores del nuevo tratado tratado global de los oceanos de la ONU podrían empezar a frenar la carrera por los recursos marinos, siempre que se logre persuadir a las grandes potencias -que tienden a valorar los océanos por sus zonas de pesca, reservas de petróleo y rutas marítimas más que por su biodiversidad- de respaldarlo.
Estados Unidos ya ha indicado que no lo hará. “A (Donald) Trump no le importa, a (JD) Vance no le importa”, dice Steven Groves, investigador del conservador Heritage Foundation y exasistente especial del líder republicano durante su primer mandato.
China postula a ser sede
China ha ratificado el acuerdo y además ha presentado su candidatura para albergar la secretaría de la organización del tratado, una posición que le daría una influencia considerable sobre su financiamiento y dirección futura.
Algunos creen que China está motivada por una agenda geopolítica más amplia y por el deseo de proteger su sustancial industria pesquera, más que por un compromiso profundo con la conservación de los océanos.
La candidatura de Beijing sigue a sus esfuerzos por vincular la acción climática y ambiental con el multilateralismo en recientes cumbres de cambio climático de la ONU y encuentros del G20. China también ayudó a supervisar una cumbre de biodiversidad en 2022 en la que los países asistentes acordaron el compromiso “30 por 30”, que busca proteger casi un tercio de los océanos antes de que termine la década.
El impulso del país por albergar el organismo encargado de implementar el tratado será un tema clave en los márgenes de la primera reunión posterior a la ratificación, que se realizará este mes en Nueva York.
Megan Randles, responsable política para la alta mar en Greenpeace International, dice que el esfuerzo de China por presentar una candidatura competitiva para liderar la implementación del tratado es “emocionante” y sigue propuestas similares de Chile y Bélgica. “Tenemos a Rusia y a Trump como personajes complicados, así que es estupendo que tengamos a una de las superpotencias muy involucrada”, agrega.
La ratificación del pacto
El acuerdo jurídicamente vinculante, que entró en vigor en enero y ya ha sido ratificado por más de 80 países (Chile, el primero de ellos), pretende dar a los gobiernos nacionales un foro para designar, financiar y gobernar zonas protegidas, y resolver de forma pacífica quién se beneficia de los lucrativos recursos genéticos encontrados en el mar que podrían alimentar descubrimientos farmacéuticos.
Pero lograr estos objetivos en una era de intensa discordia entre las naciones cuyo poder económico o militar sustenta el derecho internacional será extraordinariamente difícil, dicen expertos en gobernanza oceánica. Rusia ni siquiera ha firmado el tratado; India se ha comprometido a ratificarlo, pero aún no ha completado el proceso.
“Esta es la vulnerabilidad inherente del derecho del mar”, dice Mónica Medina, quien ayudó a negociar el tratado cuando era subsecretaria de océanos en la administración de Joe Biden. “En partes del mundo sin fronteras, la gente puede aprovecharse”.
Cerca del 95% del océano mundial por volumen corresponde a alta mar, y menos del 1% de esta área está actualmente protegida. La acidificación del océano, la contaminación, el calentamiento, la sobrepesca y las disputas sobre soberanía se multiplican.
El Reino Unido es uno de los pocos países que ha cumplido el objetivo posterior de “30 por 30” en sus propias aguas territoriales. Pero solo un puñado de las más de 300 áreas marinas protegidas que designó están totalmente protegidas de la pesca, con pesca de arrastre de fondo extendida en las demás.
Extrapolando el ritmo reciente de creación de áreas marinas protegidas, podría tardarse bien entrado el próximo siglo en cumplir el objetivo 30 por 30, según análisis de Greenpeace.
Los vaivenes chinos
Albergar el tratado de la alta mar podría permitirle a China convocar y dirigir las cumbres anuales previstas, conocidas como Ocean COP, que revisarán propuestas de organismos científicos y técnicos que aún deben crearse.
Los escépticos señalan que anteriormente China se había resistido a la idea de zonas marinas protegidas, que podrían aumentar la presión para cumplir con las normas internacionales en el mar. Además, Medina afirma que fue uno de los firmantes más reticentes del acuerdo. Rechazaba la idea de compartir los beneficios de los recursos genéticos marinos y temía tener que ceder control sobre rutas marítimas. “Les preocupaba la sobrerregulación, los derechos de pesca… o su control sobre ciertas áreas que creían que les pertenecían”, dice Medina.
Junto con Rusia, China había ayudado a bloquear en la última década los esfuerzos por crear nuevas áreas marinas protegidas en el organismo encargado de proteger la vida marina antártica, la Comisión para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos.
Observadores oficiales en la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos, el organismo con sede en Jamaica que coordina los esfuerzos globales para formular normas sobre minería submarina en aguas profundas, dicen que la influencia de China allí podría estar creciendo: es el mayor financista del organismo y tiene más licencias de exploración que cualquier otro país.
Tras una serie de reuniones con funcionarios chinos, la secretaria general de la Autoridad, la oceanógrafa brasileña Leticia Carvalho, respaldó recientemente una postura planteada previamente por China y otros países, según la cual un acuerdo global sobre minería submarina en aguas profundas podría acelerarse este año incluso si algunos detalles finales aún no se han acordado.
Las disputas por la minería submarina en aguas profundas, así como la tensión constante entre China y sus vecinos por áreas del mar del Sur de China, ofrecen un anticipo de las dificultades inherentes a hacer cumplir el derecho del mar. “Solo hay un límite a lo que se puede hacer si un país decide, como ha hecho China, ignorarlo”, agrega Medina.
De cara a las conversaciones del tratado del próximo mes en Nueva York, coaliciones de países ya están trabajando para acelerar el proceso de establecimiento de áreas marinas protegidas.