Por Constanza Morales H.
Para muchos, el período de Hu Jintao y Wen Jiabao al mando de China fue la “década dorada” de la nación. Entre 2003 y 2013, pasó de ser la sexta mayor economía del mundo a la segunda, superada sólo por Estados Unidos; se convirtió en el país más rico del mundo en términos de reservas extranjeras con US$ 3,3 billones (millones de millones); el mayor exportador, productor de vehículos y consumidor del planeta y hogar del sistema de trenes de alta velocidad más largo del mundo.
Wen supervisó la mayor campaña de erradicación de la pobreza en el mundo y logró sacar de la miseria a millones de personas, con un ingreso per cápita que creció desde US$ 800 a cerca de US$ 5 mil en la última década.
En 2010, China reemplazó a Estados Unidos como el mayor contribuyente individual al crecimiento económico global.
Sin embargo, este impresionante nivel de modernización provocó efectos no deseados, como el desarrollo disparejo entre las regiones del país y una mayor brecha entre ricos y pobres.
El nuevo liderazgo chino, que asumió oficialmente la semana pasada, se ha comprometido a realizar reformas para modificar el actual modelo de crecimiento económico y transformarlo en uno más sustentable.
Para las economías exportadoras de commodities, como Chile, que dependen fuertemente de la demanda China, estos cambios serán clave, y afectarán profundamente su forma de relacionarse con el gigante asiático.
Impulso del consumo
Uno de los puntos clave de este cambio es pasar de una economía impulsada por las exportaciones y la inversión estatal a una liderada por el consumo interno. En el discurso inaugural de la sesión anual del Congreso Popular Nacional, el primer ministro saliente, Wen Jiabao, aseguró que el consumo es la llave para desbloquear el potencial de la demanda doméstica.
“A toda prueba, deberíamos tomar como nuestra estrategia de desarrollo económico a largo plazo la expansión de la demanda doméstica”, declaró.
Para lograr esta meta, los nuevos líderes chinos, el presidente Xi Jinping y el primer ministro Li Keqiang, tendrán que revertir la tendencia de la última década. Entre 2003 y 2011, la inversión anual pasó de representar 39% del PIB a 46%, según el Banco Mundial. En el mismo período, el consumo privado se redujo desde 42% hasta 35% del PIB.
Un menor foco en inversión de infraestructura afectaría la demanda por materias primas como el cobre. Sin embargo, para un país como Chile, los menores envíos del metal podrían ser compensados por un mayor dinamismo de la demanda interna, a medida que más chinos acceden a un automóvil o una vivienda, que también requieren altas cantidades de cobre.
Menor brecha de ingreso
Otro de los desafíos para es recortar la diferencia entre la elite urbana y la población rural. En 2008, el coeficiente de Gini, que mide la desigualdad, llegó a su nivel máximo con 0,491 puntos. Desde entonces, el indicador ha bajado hasta 0,474 puntos en 2012.
El mes pasado, las autoridades aprobaron una extensa reforma tributaria para reducir las inequidades. El proyecto de contempla elevar los sueldos mínimos a al menos 40% de los salarios promedio y aumentar el gasto en educación y vivienda.
En este sentido, una mejor en los ingresos de la población seguirá impulsando cambios en su dieta, dominada hasta ahora por el arroz, y abriendo espacio a otros productos como el salmón, frutas y vino, que exporta nuestro país.
Desarrollo más parejo
Un elemento característico del desarrollo en China ha sido su concentración en la costa este. Es ahí donde se ubican ciudades como Shangai, Shenzhen y Guangzhou.
El progreso costero había ido en desmedro del interior, pero esto está cambiando. Entre 2008 y 2011, las provincias interiores promediaron un crecimiento del PIB real de 13% comparado con 11,5% de la costa, según Peterson Institute for International Economics. Más aun, la expansión no se ha producido sólo en las provincias occidentales de Chongqing y Sichuan, sino también en las del centro como Hunan, Hubei y Jiangxi.