Las cifras más recientes de China, correspondientes a mayo, arrojaron verdades incómodas para Washington. La primera es que, a pesar de las presiones de EEUU —y, en menor medida, del resto del G7—, China sigue apostando por las exportaciones como motor de su crecimiento. Los datos de mayo mostraron una caída de 0,6% interanual en las ventas minoristas, la primera contracción desde diciembre de 2022, y la inversión en activos fijos se contrajo 4,1%. Pero la producción industrial sorprendió al alza, con un avance de 4,5%, mayor a lo esperado, que se atribuye a la demanda externa.
La segunda verdad incómoda es que más de esas exportaciones están siendo enviadas a EEUU, a pesar de la agenda proteccionista de Trump. Las exportaciones chinas hacia EEUU crecieron 35% en mayo, tras el llamativo avance de 11% en abril.
Si bien el de mayo fue el mayor ritmo de expansión de los envíos de China hacia EEUU desde 2021, hay que tomar en cuenta la baja base de comparación que representa 2025, cuando el comercio entre ambos países fue golpeado por el alza de aranceles.
Pero es una tercera cifra la que podría tener mayor impacto en el largo plazo. El reporte de mayo confirmó que China está avanzando con su plan para transformar su matriz exportadora. Los envíos chinos en los primeros cinco meses del año se han visto impulsados por el aumento de productos tecnológicos vinculados a la IA y la electrificación.

El país está reemplazando las manufacturas de bajo valor por las tecnológicas. Las exportaciones de circuitos integrados se dispararon a US$ 139.077 millones en mayo. La cifra representa un alza de 90% respecto del año pasado y de 123% frente a 2024. Si se comparan otros productos con 2024 —para eliminar la disrupción tarifaria—, los envíos de vehículos, liderados por los eléctricos, crecen 59%; los barcos, 48%; y las máquinas de procesamiento de datos, 42%. En el otro extremo, los juguetes, el calzado y la cerámica registran caídas de entre 16% y 25%.
“Barcos, chips, autos y baterías chinas siguen encontrando fuerte demanda en medio del auge tecnológico global”, apunta Lynn Song, economista jefe para China de ING.
Según Oxford Economics, China ha ganado 0,3 puntos porcentuales de cuota exportadora global cada año desde 2018, a pesar del aumento de aranceles por parte de EEUU y otros países. Su maquinaria exportadora cuenta con ventajas competitivas que los aranceles no han logrado desarmar, como la capacidad de las empresas chinas de absorber las alzas tarifarias en sus márgenes, la enorme escala productiva y el control de ciertas cadenas de suministro.
Louis Loo, economista jefe para Asia de Oxford Economics, apunta que estas ventajas se han visto fortalecidas por los cambios derivados de la crisis energética provocada por el cierre del estrecho de Ormuz. Sin las mismas reservas petroleras de China, otros países han visto presionadas sus monedas por las expectativas de inflación, restando ventaja frente a los exportadores chinos. Además, los períodos de menor crecimiento económico favorecen los envíos de China, de menor costo, ahora con una “calidad que ha superado el umbral de aceptabilidad”. A esto se suma la mayor demanda de productos de energía limpia y de aquellos relacionados con la IA.
Los datos entre enero y mayo revelan un fuerte aumento de las importaciones de diodos, servidores, circuitos y acumuladores eléctricos. Las compras se explican en parte por la mayor demanda de China para construir centros de datos, pero también por la exportación. En el mismo período se registra un salto en los envíos de productos como servidores, circuitos, baterías y otros equipos de energía e insumos industriales tecnológicos que China clasifica en su lista como high-tech.
El Plan de Desarrollo Quinquenal, aprobado por el Politburó en marzo pasado, plantea la creación de un “sistema industrial moderno”. Las aspiraciones de Beijing han sido contrarrestadas por los intentos de Washington de frenar su acceso a tecnología de alta gama, como los chips más avanzados de Nvidia, y por la publicación de “listas negras” de empresas tecnológicas restringidas de hacer negocios con contrapartes estadounidenses.
Beijing ha respondido con una mayor integración con sus vecinos en Asia, donde se concentra la producción de componentes para chips, circuitos de memoria y otra infraestructura tecnológica.
El creciente superávit comercial de China, que ya acumula US$ 451.000 millones entre enero y mayo —en 2025 fue de US$ 1,2 billones—, ha vuelto a la agenda de los gobiernos del G7.
Para algunos analistas, el origen del problema no es solo arancelario, sino cambiario. En un comentado ensayo para Foreign Affairs, los analistas Brad Setser y Shahin Vallée sostienen que el yuan acumula una subvaluación de casi 15% en términos reales desde la pandemia, sostenida por la intervención estatal china. El G7, advierten, sigue evitando poner el tipo de cambio en el centro de la discusión comercial. Mientras tanto, la maquinaria exportadora china avanza.