A pesar del alivio que se respira en los mercados, la crisis en Irán no ha terminado. La firma del memorándum de entendimiento entre Estados Unidos e Irán abrió un período de 60 días para negociar un acuerdo final, pero los riesgos de un fracaso son altos. Este viernes se registraron los primeros tropiezos: la reunión entre el vicepresidente JD Vance y el representante iraní, en Suiza, fue postergada sin fecha, e Israel continuó su operación militar contra Hezbollah, en contra de lo comprometido por Washington en el documento interino. El petróleo frenó su caída y volvieron a encenderse las alertas ante un posible retraso en la reapertura del estrecho de Ormuz.
Pero casi cuatro meses de guerra han dejado ganadores, perdedores y también lecciones importantes. Una de ellas es que la economía global es más resiliente de lo esperado: ninguno de los escenarios catastróficos que se proyectaron tras el cierre de Ormuz se materializó. El alza del petróleo y los combustibles aumentó las presiones inflacionarias y complicó el escenario para países importadores, como Chile, pero ni el barril llegó a US$150 ni la economía global entró en recesión.
En parte, por una menor dependencia del petróleo; por otra, como resultado de un nuevo balance de fuerzas. EEUU hizo valer su rol de exportador neto de crudo y China se reveló como factor de estabilización. El mayor importador del planeta suspendió sus exportaciones de combustibles refinados, recurrió a sus reservas estratégicas —estimadas entre 1.300 y 1.400 millones de barriles, cuatro meses de importaciones— y llevó sus compras de crudo al nivel más bajo en ocho años. Con ello, Beijing alivió la presión sobre la demanda global y el precio por barril.
China, además, aparece como uno de los ganadores. Sorteó su cercanía con el régimen iraní sin una ruptura mayor con Washington, se consolidó como proveedor de combustibles y fertilizantes a los países afectados por el cierre del estrecho, y obtuvo pistas sobre el comportamiento de la mayor potencia mundial en próximos conflictos. Una de ellas es la sensibilidad de la administración estadounidense, especialmente en período electoral, al precio doméstico de los combustibles.
El galón de gasolina regular, que rondaba los US$3 antes de la operación militar contra Irán, escaló hasta US$4,52 a mediados de mayo, su mayor nivel en casi cuatro años. Superado el umbral psicológico de los US$4, y con las elecciones de medio término de noviembre en el horizonte, la Casa Blanca buscó una salida rápida. "El presidente Trump se agotó con esta guerra", apunta Lindsay Newman, profesora de King's College London y analista de Chatham House. Trump reveló su urgencia por terminar el conflicto debido al costo político ante el rechazo de los electores, sostiene Newman, y con ello eliminó las fuentes de presión sobre Teherán.
El costo de esa urgencia fue cruzar varias de sus propias líneas rojas. Al lanzar la operación junto a Israel, la Casa Blanca apuntó al fin del programa nuclear de Irán y al desmantelamiento de su industria de misiles de largo alcance, criticó la represión de civiles y puso en duda la continuidad del régimen. El memorándum no menciona los misiles y, aunque Irán se compromete a no tener un arma nuclear, mantiene el "statu quo" de su programa. Y pese a que sigue gobernando la Guardia Revolucionaria, Trump dio por hecho el cambio de régimen y aseguró que "los nuevos son gente muy racional, con la que se puede tratar muy bien". El documento llama a ambas partes a abstenerse de intervenir en asuntos internos.
Así, el régimen islamista queda blindado de la presión externa, también de Israel. A la vez, accede a nuevos recursos: el desbloqueo inmediato de activos —unos US$100.000 millones—, el levantamiento de las sanciones previas a los ataques y garantías para reiniciar la libre exportación de combustibles. Irán emerge fortalecido. Un régimen que antes de la guerra estaba bajo sanciones y debilitado tras asesinar a decenas de miles de manifestantes en enero sale con nuevos rostros, pero firmemente asentados en el poder. Su propaganda lo presenta como el vencedor de Estados Unidos e Israel.
El factor Ormuz
Analistas del Institute for the Study of War señalan que Irán fue ágil en usar el cese al fuego de abril para "normalizar" su control sobre Ormuz. Sus voceros han dejado claro que, tras los 60 días, esperan cobrar una especie de peaje por el tránsito, en un sistema donde sus socios tendrían prioridad.
La vulnerabilidad del estrecho llevará a los países del Golfo, Europa y Asia a reducir su dependencia del comercio que circula por la zona. Emiratos, Arabia Saudita y Kuwait ya anunciaron inversiones por decenas de miles de millones de dólares en nuevos oleoductos y gasoductos para redirigir sus exportaciones. A eso se suma un mayor gasto en defensa. "Irán demostró su capacidad de afectar infraestructura clave con drones, misiles y la disrupción del transporte marítimo", advierte Kristian Alexander, investigador principal del Instituto Rabdan de Seguridad y Defensa, con sede en Abu Dabi. Para el Golfo, eso se traduce en priorizar la defensa aérea y antimisiles, interceptores y sistemas anti-drones. También en EEUU: el Pentágono pidió al Congreso unos US$74.000 millones para drones militares y tecnología asociada.
Infraestructura energética, defensa y reducción de la dependencia del petróleo se perfilan como áreas que atraerán capital en los próximos años. El reordenamiento de mercados, alianzas y prioridades de inversión que dejó el conflicto recién comienza.