Detrás de la compra del primer Kintaro no hubo estudios de mercado ni un plan para escalar el negocio. Lo que hubo fue la necesidad de un padre que, lejos de Japón, buscaba una forma de mantener viva su cultura para sus hijos pequeños, Iudai y Miyu. El ramen, que había marcado su propia infancia, se convirtió en el puente perfecto para construir esa conexión, una que comenzaba en Osaka y se extendía a una ciudad que aprendía, poco a poco, a sorbetear caldo y fideos.
En 2017, ese impulso se materializó en un local que ya cargaba con su propia historia. Astrofísico de profesión, Nobuyuki -o Nobu, como él mismo pide que le digan- tomó las llaves de un restaurante de culto en el barrio Bellas Artes, conocido durante más de tres décadas por su carta de sushi y por siempre haber sido dirigido por japoneses. Con el traspaso vino también un acto arrojado y audaz: eliminar el sushi, rediseñar la carta y convertir el espacio en una oda al ramen.
“Muchos clientes frecuentes se enojaron conmigo. Yo sólo les pedía que, por favor, probaran una vez el ramen y si no les gustaba, no era necesario pagar. Así comencé”, dice, con un español que todavía arrastra el acento japonés.
“No ramen, no life” se convirtió en el lema de Nobu. Está en su biografía de Instagram, en su estado de WhatsApp, estampado en poleras y en las paredes de sus locales. Lo suyo fue una verdadera cruzada por instalar el ramen en Santiago, convencido de que este plato habla mucho mejor de la cultura japonesa que el sushi, cuyos restaurantes invadían la ciudad. “Yo siempre negué el sushi de acá, porque no lo consideraba auténtico”, recuerda.
Tras el éxito del local, en 2020 inauguró Kintaro Ramen Bar en Vitacura, un espacio con terraza y coctelería japonesa, pensado para combinar los clásicos caldos con tragos a base de sake y whisky. Fue entonces cuando entendió que su cruzada iba más allá de los fideos y el caldo. “Empecé con el ramen porque es mi pasión, pero con el tiempo me di cuenta de que había muchas más posibilidades de mostrar la cultura japonesa. No se trata sólo de vender comida, sino de ofrecer una experiencia. Esa siempre ha sido mi filosofía”.
Así surgieron Takoyaki Kintaro, inaugurado en 2023, y Tadashi Temaki Bar, que lleva apenas dos meses abierto, dos locales donde el ramen cedió el protagonismo a otros íconos de la gastronomía nipona.
Pero, como ha sido costumbre en todas las decisiones que ha tomado a lo largo de su carrera gastronómica, estos nuevos restaurantes también tienen una conexión profunda con su historia. Las pequeñas bolitas de masa con pulpo que hoy se preparan en Takoyaki Kintaro, en la calle Las Bellotas, en Providencia, son mucho más que un plato: son un recuerdo vivo de su infancia en Osaka. “Es muy típico de esa zona, y cuando era chico en mi casa lo cocinaban mucho, también lo comíamos en las fiestas”, recuerda.
El vínculo con el recién inaugurado restaurante, ubicado también en Providencia, en la calle Santa Magdalena, es aún más íntimo. El local lleva el nombre de su abuelo, Tadashi, un hombre al que Nobu admira profundamente y con quien vivió hasta que murió.
“Mi abuelo es muy especial para mí. Él fue a la Segunda Guerra Mundial y después empezó a hacer negocios, porque no había nada en Japón en ese momento. Hizo varias cosas como empresario. Ahora yo estoy siguiendo eso, creo que lo llevo en la sangre”, cuenta con orgullo.
En el menú, el temaki -un tipo de sushi que es un cono de alga nori relleno de arroz y distintos ingredientes frescos- comparte protagonismo con el sake, presente en cocteles y en su versión más tradicional. “Él siempre tomaba sake y picaba comida rica”, dice. Y, entre risas, reconoce la ironía de haber renegado tantas veces del sushi: “Y ahora, mírame, estoy haciendo eso”.
De la PDI a la cocina
Nobu trabajaba en Japón como ingeniero de redes en IBM, cuando, en 2005, un programa del gobierno de su país lo trajo a Santiago para colaborar con el soporte tecnológico de la Policía de Investigaciones. Vivió en el cuartel de la PDI, recorrió el país de norte a sur y se enamoró de una psicóloga forense, con quien se casó en Japón en 2007. Al año siguiente regresaron juntos a Chile, y él se empleó como gerente comercial de una importadora de productos japoneses.
Esa era su vida hasta que, en 2016, escuchó que Kasumaza Suzuki, el histórico dueño de Kintaro, cerraría su local. Nobu vio en ese espacio una oportunidad y, sobre todo, un punto de partida. Lo que comenzó como un proyecto personal pronto se transformó en una propuesta que cambiaría la escena gastronómica local.
Aunque muchos repiten que emprender en Chile es difícil -que las patentes, que los permisos, que la burocracia-, Nobu no comparte esa visión. “Mira, yo no sé cómo será en otro país. En Japón no he hecho negocios, pero creo que Chile es un país muy bueno para emprender. Está todo muy ordenado y ayudan mucho los programas como ‘Crear la empresa en un día’, por ejemplo. Ojalá cada vez se motive más gente a emprender, porque eso empuja la economía. Chile tiene esa oportunidad. Yo estoy agradecido de este país”.
Aunque sus locales ya son un referente de la gastronomía japonesa en Santiago, Nobu no se siente cómodo con la palabra éxito. Con la misma calma que lo caracteriza, lo relativiza: “Yo todavía no siento que tengo éxito de verdad, estoy todos los días luchando para ofrecer la comida que a mí me gusta”, dice.
Y agrega, sin pretensiones: “Hay varios locales japoneses ahora, pero muchos son de fusión japonesa-peruana. Nosotros marcamos la diferencia, yo creo, porque somos más auténticos y más minimalistas. Y eso es como la esencia de Japón”.
Esa autenticidad, asegura, nunca ha estado en discusión. “Nunca he cedido en una receta para que le guste más a los chilenos. La autenticidad la mantenemos. Porque si modificamos, no hay sentido. Es lo que siempre le digo a mi equipo”.
Hoy lidera cuatro restaurantes, pero ese rol no se construyó de un día para otro. “Yo empecé demasiado artesanal con mi primer emprendimiento. Iba todos los días al local, atendía día y noche, volvía a mi casa cuando toda mi familia ya estaba durmiendo”, recuerda. Con el tiempo, entendió que tenía que delegar. “A medida que fue creciendo el negocio, me di cuenta de que eso no iba a funcionar. Empecé a contratar más gente y a derivar”. Ahora son cerca de 70 personas y cada área tiene su propio responsable: jefes de cocina, recursos humanos, finanzas.
“Así armé un sistema. Pero siempre estoy dejando canales de comunicación con todos, e intento ser muy flexible, sobre todo escuchar lo que quieren comentar. Porque si el dueño está con cara de enojo y es intocable, ahí nunca llega la información y al final estás perdiendo buenas observaciones de tu equipo, que son los que están en el local todo el día. Y yo no puedo estar siempre en cada local, porque tengo un solo cuerpo”.
Respecto al motor que lo impulsó a abrir su primer restaurante, dice con orgullo: “Los dos (Miyu, de 16, y Iudai, de 14) son fanáticos del ramen. Eso es lo que yo quería lograr”.