Francisco Mouat, las cerezas y la memoria
El periodista, escritor, dueño de la librería Lolita, acaba de publicar “Un puñado de cerezas”, libro que navega por sus recuerdos, por asuntos que él dice que nunca antes había escrito. Episodios de su infancia, del colegio, de la universidad, de sus primeros trabajos en los convulsionados años 80. De título usó un verso de un poema de Jorge Teillier. Aquí explica por qué.
Por: Por: Patricio De la Paz
Publicado: Viernes 18 de agosto de 2023 a las 07:00 hrs.
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Francisco Mouat (61) aclara, de entrada, que él prefiere que sean los mismos libros los que hablen. Que no se siente tan cómodo entrevistado como autor, menos aún de manera presencial. Pero igual aceptó y ahora está sentado en el patio interior de un café en Providencia, a pocas cuadras de su casa, con un ejemplar de Un puñado de cerezas (Overol, 2023) sobre la mesa. “Por si necesito recordar algo específico”, dice. Mouat está bien abrigado, advierte que es friolento.
De su último libro, en el cual reúne recuerdos escritos con esa pluma fluida que lo caracteriza, comenta que no fue algo planificado. Que fue imprevisto. “No estaba en mi imaginario”, reconoce. Una amiga le preguntó si iba a escribir algo a propósito de los 50 años del golpe -él tenía 11 años cuando ocurrió- y Mouat le respondió tajante que no tenía ganas. Pero algo le quedó dando vueltas. Empezó a mirar las carpetas donde guarda sus archivos personales y comenzó también a navegar en su memoria. A entusiasmarse con lo que allí encontraba.
Así, de a poco, pero imparable, Un puñado de cerezas se abrió camino. Con historias, escenas, momentos que Francisco Mouat nunca había escrito. O no de la manera suelta en que aquí lo hace. “Fue un buen ejercicio”, explica. “Empecé a darme cuenta de que había una exploración que hacer ahí, con mi familia, con el mundo en que crecí, con relaciones que fueron parte de mi formación, con los espacios de trabajo que habité durante 30 años”.
En las páginas del libro recuerda a su abuela llorando por el triunfo de Allende. Sus años de colegial gordo y acomplejado, al que sus hermanos llamaban el Guatón Bolis. Sus nanas, sus vecinos, sus compañeros. El golpe militar, que cayó un martes en que no lo mandaron a clases. Sus años de Periodismo en la UC y su grupo de amigos opositores a la dictadura. Su miedo a los carabineros. Los primeros amores. Su trabajo en la revista Apsi, en medio de años duros. Sus angustias de cesante. Sus casi 10 años en El Mercurio, a cargo de la Revista del Domingo. La alegría cuando entró allí y la que lo acompañó también al renunciar. La muerte de Pinochet. Su frustrado intento de ser el ghostwriter de una autobiografía de Piñera antes de que fuera Presidente. Su miopía rebelde, a la cual no ha querido someter a cirugía y que defiende como “una manera de estar en el mundo”.
“Empecé a darme cuenta de que había una exploración que hacer ahí, con mi familia, con el mundo en que crecí, con relaciones que fueron parte de mi formación, con los espacios de trabajo que habité durante 30 años”.
Mouat -que hace nueve años fundó la librería Lolita- cuenta que pensó mucho el título del libro y la cita con que quería comenzarlo. Dice que tuvo en mente una frase de la escritora Annie Ernaux, la última Premio Nobel de Literatura, que hacía mención a la puerta de un sótano que se abre. Pero no lo convencía. No le acomodaban totalmente esas palabras. Las encontraba muy pesadas. Entonces se acordó de dos cosas.
Primero, de un breve poema japonés -una tanka- escrito por Ishikawa Takuboku, que calzaba perfecto con ese acto de exploración, de hurgar en lo que está escondido, que implica su libro: haciendo / un hoyito / en la arena / encontré una /pistola oxidada. Esos son los versos que abren los fuegos al inicio de texto.
Pero aún faltaba el título. Algo que fuera preciso en retratar el espíritu del libro. Como una iluminación, Mouat recordó al poeta Jorge Teillier. Y esos versos suyos que dicen: Estas palabras quieren ser / un puñado de cerezas, / un susurro -¿para quién?- / entre una y otra oscuridad.
La imagen era precisa. El libro de Mouat funcionaba de esa manera. En el recorrido por sus recuerdos hay zonas oscuras, dolorosas, de muerte, de violencia -se detiene en hechos que repercutieron en su vida, como el asesinato de Tucapel Jiménez o el caso del fotógrafo Rodrigo Rojas De Negri, quemado vivo por una patrulla militar-, pero siempre el texto ofrece un momento de remanso, de poder tomar aire de nuevo: una escena cotidiana, un detalle sorpresivo, algo que dispare el ánimo en una dirección contraria a la angustia. Como el puñado de cerezas en el poema de Teillier.
Pero aún faltaba el título. Algo que fuera preciso en retratar el espíritu del libro. Como una iluminación, Mouat recordó al poeta Jorge Teillier. Y esos versos suyos que dicen: Estas palabras quieren ser / un puñado de cerezas, / un susurro -¿para quién?- / entre una y otra oscuridad.
Siempre, de alguna manera, está la posibilidad de hacerle contrapeso a lo adverso. Más que como opción, como una necesidad. “Las cosas no son binarias como hoy se estila pensar. ¡Más matices por favor! Lo único que hay es una infinitud de grises inacabable -dice Mouat-. En el Apsi, en el tiempo más feroz de la dictadura, había una hermosura en ese grupo de amigos y compañeros que nos permitía sobrellevar eso de una manera que, de lo contrario, hubiera sido más jodida”. Modos de zafar, los llama el propio autor. Como cuando en el libro describe que, pese a la arrasadora contingencia política de esos años, se las arreglaban para mantener una sección de deporte o de cultura, para distraerse un rato. O se daban el tiempo de juntarse en la sala de pauta para mirar partidos de fútbol.
Abrigado en medio del patio de la cafetería, Mouat se queda pensando en esas jornadas futboleras. En el aire fresco que daban. “Y eso que la tele era chica, en blanco y negro, cagona”, precisa. Hay una foto de una de esas tardes frente a la TV, en 1986. Están Mouat, el periodista Andrés Braithwaite, la fotógrafa Inés Paulino. La imagen la capturó Rodrigo Rojas De Negri, quien hacía la práctica en Apsi y se asomó en ese momento a la sala. Mouat dice que vio la foto recién 27 años después. La consigna en las páginas finales del libro y la menciona también en esta conversación de mediodía: “Es una imagen muy hermosa y muy trágica al mismo tiempo”.

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