El arte de no dejar morir las cosas
A algunos los mueve la nostalgia; a otros, resguardar un patrimonio familiar, proteger el medioambiente o ahorrar. Lo cierto es que hoy muchos eligen reparar en vez de botar. Una costumbre que el mundo está redescubriendo y que en Chile empieza a echar raíces con talleres, oficios e iniciativas que desafían la lógica de comprar, usar y desechar.
Por: Por Josefina Hirane
Publicado: Viernes 31 de julio de 2026 a las 16:08 hrs.
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El libro llegó al taller casi deshecho: las tapas sueltas, el lomo vencido, las páginas quebradizas de tanto haber sido pasadas. Era un viejo volumen de láminas de insectos y aves. Décadas atrás, unos profesores se lo habían regalado a una niña en la que veían a una futura docente, como un empujón a su amor por las ciencias y por enseñar. La niña creció, tuvo una hija, y fue esa hija -ya adulta- quien un día lo dejó sobre la mesa de Carola Osorio y le pidió que lo salvara.
Cuando volvió a buscarlo, restaurado, se quedó un rato hojeándolo. Conmovida, reconoció los rayados que su madre había hecho de chica en los márgenes. “Un objeto puede contener la memoria de una persona y, de alguna forma, traerla de vuelta”, dice Osorio, quien reparó ese libro en Tot Plegat (@totplegat), su taller de encuadernación y restauración. Diseñadora gráfica de profesión, hace más de una década se cansó de la pantalla, se fue a Barcelona a aprender el oficio y volvió a Chile a dedicarse a esto: devolverle la vida a lo que parecía perdido.
Una ola que ya llegó a Chile
Historias como esa ya no son excepcionales. En distintos lugares del mundo, reparar está dejando de ser un oficio de nicho para convertirse nuevamente en un hábito. El caso más señalado es el británico. La Repair Week londinense nació en 2020 con apenas 20 actividades en la ciudad. Seis años después se transformó en un movimiento nacional: cientos de eventos repartidos entre Londres, Mánchester, Liverpool, Belfast y Cardiff, con talleres de mecánica de bicicletas, costura, reparación de teléfonos y arreglo de muebles, para principiantes y expertos por igual. En Ámsterdam nacieron los Repair Café, encuentros abiertos donde voluntarios reparan gratis lo que la gente lleva; de ahí se esparcieron por el mundo.
Y llegaron a Chile. En Valparaíso, el Makerspace de la PUCV se asoció con la Repair Café Foundation para montar sus propios talleres, bautizados Maker Repair, en los que se arregla de todo: desde cierres hasta bicicletas, con repuestos impresos en 3D si hace falta. “Alargar la vida de los objetos también es una forma de crear”, resume Macarena Rosenkranz, directora de Innovación de la casa de estudios. Cuenta que la gente no sólo va a estos talleres a arreglar sus cosas: va a encontrarse con otros.
“La reparación termina siendo tanto un acto ambiental como comunitario”, dice. En Santiago, la Fundación Reparemos! trabaja con la misma lógica de ―voluntarios que enseñan a reparar en encuentros de barrio― bajo una consigna que lo dice todo: “¿Averiado? No lo botes”.
Las cifras locales lo confirman. Una encuesta Cadem de julio de 2026 mostró que el 59% de los chilenos intenta arreglar por su cuenta lo que se echa a perder en la casa, y que casi la mitad se declara “maestro chasquilla” con orgullo. Lo que cambió es de dónde obtenemos la información: un 35% aprendió de un familiar y un 33% aprendió mirando tutoriales en YouTube o TikTok. El saber que antes pasaba de padres a hijos ahora también corre por una pantalla.
Un desierto hecho de ropa
El terreno chileno, además, tiene una urgencia propia. El país se convirtió en uno de los grandes basureros textiles del planeta: montañas de ropa desechada del mundo entero van a dar al desierto de Atacama, y Valparaíso es la segunda región más golpeada por esos residuos. En ese contexto, arreglar en vez de botar deja de ser un gesto simbólico.
Alexandra Paz lo ve entrar por su puerta todos los días. Ingeniera de formación, aprendió a coser de niña junto a su abuela, aparadora de calzado, y en plena pandemia, mientras trabajaba en el retail, encontró refugio en la máquina. En 2021 abrió Paz Moda (@pazmoda.cl) y durante estos años ha visto un aumento considerable de personas interesadas en reparar cierres, parches, costuras. En la mayoría de los casos que atiende pesa el bolsillo -en el caso de una parka, es más barato cambiarle el cierre que comprar una nueva-, pero no sólo eso.

Una vez llegó una clienta con un pantalón gastado, que ya había sido parchado una vez y que insistía en volver a salvar contra toda lógica. Era el que llevaba puesto el día en que murió su padre. “Ahí me di cuenta de la verdadera importancia de reparar”, dice Paz.
El relojero de tres generaciones
A Rodrigo Díaz el oficio le llegó por sangre: es la tercera generación de relojeros de su familia, un linaje que arranca en los años ‘40. En su taller, Xiro (@xirotalleres), ha visto mutar la relación de la gente con el tiempo. Antes el reloj era una herencia que pasaba del abuelo al padre y del padre al hijo; hoy es un objeto barato y desechable, tanto que muchas veces sale más caro repararlo que comprar uno nuevo. Y sin embargo, dice, algo se movió: “La gente ha cambiado, ya no quiere botar un reloj antiguo sino intentar rescatar el patrimonio familiar”.
Le tocó un joven que apareció con el reloj de bolsillo de su abuelo. Los repuestos eran difíciles, la reparación cara; pero igual quiso hacerla. Cuando lo vio de nuevo andando, con su tic-tac recuperado, lloró. Díaz habla también de una escasez que no es sólo chilena: cada vez hay menos manos capaces de reparar un reloj, un saber que durante años se miró en menos y que hoy, dice, se vuelve a valorar.
Y aunque hay ejemplos concretos que apuntan a que esta tendencia comienza a instalarse, Macarena Rosenkranz cree que a Chile todavía le falta bastante para tener una verdadera cultura de la reparación: “Los productos son cada vez más baratos, lo que facilita desechar y volver a comprar, muchas veces una versión ‘mejorada’ de lo mismo. Además, los repuestos específicos muchas veces ni se consiguen. Con esa lógica, reparar pierde sentido económico a los ojos de la mayoría, aunque el costo ambiental siga siendo enorme”.
Por eso en Valparaíso Makerspace hablan de Maker Repair como “un acto de resistencia a la volatilidad de los productos”. La clave, para ella, es volver a entender lo que tenemos: “Cuando entiendes un objeto, dejas de verlo como algo desechable”.
Eso es lo que une al libro de insectos, al pantalón y al reloj de bolsillo. Cuando arreglar cuesta casi lo mismo -o más caro- que comprar de nuevo, lo que inclina la balanza no es el dinero, sino algo más profundo: no dejar ir del todo a alguien, sostener una historia en un objeto que se puede volver a tocar. En una sociedad que se acostumbró a comprar y botar, hay quienes se agachan a recoger lo roto y, con paciencia de artesano, se niegan a dejarlo morir.
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