Enfermera de la primera línea del Covid-19: "Vi morir a mucha gente"
A Constanza Cifuentes no le cuentan cómo fue la pandemia. Lo vivió en primera línea, en el Sótero del Río en Puente Alto. Ahí no solo atendió a los contagiados. También se preocupó de contactarlos por videollamadas con sus familiares para que pudieran despedirse a distancia.
Por: Nicolás Durante
Publicado: Domingo 27 de diciembre de 2020 a las 04:00 hrs.
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“Egresé en febrero de este año de Enfermería de la Universidad Andrés Bello. Postulé al Hospital Sótero del Río aprovechando toda la contingencia que ya había por el coronavirus.
Existían varias ofertas laborales, pero pensaba: ‘No tengo nada de experiencia, es una pandemia. Tal vez no quede’. Mandé ocho correos al Sótero. Y funcionó. Me llamaron, fui a la entrevista y comencé a trabajar a los dos días, el 26 de marzo.
Cuando entré, el área de hospitalizados se estaba adaptando para recibir ahí a los contagiados. Me asignaron el turno y comencé a atender pacientes Covid.
Los informes oficiales, lo que vi en noticias y en redes sociales, fueron totalmente opuestos a lo que me enfrenté. Se hablaba de 20 casos, pero solo nosotros teníamos 11 cuando recién comenzamos. Algunos de ellos estaban postrados.
Había un enfermero por turno, y tres técnicos. Llegaron adultos mayores de un hogar en el que hubo un brote. Era súper complejo porque en un momento estaban bien, pero en dos minutos se descompensaban y requerían oxígeno. Se desorientaban, y pese a las precauciones, si uno se daba media vuelta, podían tirarse cama abajo.
Nunca había enfrentado el fallecimiento de un paciente. Y fueron muchos, muchos pacientes. Todos enfermos de Covid. La mayoría sufría patologías de base, otros simplemente tenían en contra la edad. El daño que genera el virus es impresionante: se nota en las imágenes, en las manchas que deja en los pulmones. Es fuerte ver un antes y un después.
Llegó un momento en el que recibíamos solo pacientes que estaban con limitación de esfuerzo terapéutico, que ya no eran candidatos para intubar pues su pronóstico era de horas, un día, dos días. Y ahí fue todo súper heavy.
En mayo, junio, la capacidad de la UCI estaba a tope. Nosotros, en sala básica, recibíamos los pacientes más complejos de la UTI. Yo llegaba en la mañana, y al rato me olvidaba del exterior. Entré a trabajar cuando mi hijo cumplió un año, y era difícil saber de él. Se vive la historia de los pacientes, de sus familias, pero también de tu propia historia.
Después de mis turnos me venía a mi casa, me duchaba, me cambiaba completamente la ropa, me armaron un espacio para dejar mis cosas sucias. El desinfectante se echaba por donde yo pasaba, por donde caminaba. Las veces que tuve más contacto en el hospital, me ponía hasta pechera para entrar a la casa. A mis papás no los saludaba de beso, evitaba tomar desayuno con ellos.
A los pacientes los trato como me gustaría que fueran con mi mamá, con mi familia. Con amor, con cariño. Había pacientes a los que pinchaban tres, cuatro, cinco veces. Tratábamos de ver otra opción, sugerirle al médico que ya no era necesario, que ya no se puede hacer más por el paciente, que buscáramos otra forma.
En el mismo turno podía fallecer más de un paciente. Es importante saber reaccionar, porque hay otra persona que si no la asistes, puede morir. Y es muy fuerte, porque el turno tiene que seguir. Te choca, pero hay que decir: ‘Respira, ya, sigamos’.
En el peak, hubo varios casos que por su condición de salud, o por falta de recursos para adquirir teléfonos que permitieran videollamadas, no podían comunicarse con sus familias. Muchas veces ocupábamos nuestros celulares, los metíamos en bolsitas, y realizábamos nosotros los llamados por ellos.
La señal era pésima. Después instalaron el wifi. Los que estaban en mejores condiciones podían acceder a videos, a música. Eso los desconectaba del contexto.
Al otro lado del teléfono, estaban las familias que querían verlos, muchas veces, antes de fallecer. Y despedirse. Por todo esto comenzamos a ser guiadas por el equipo de sicólogos de cuidados paliativos, porque tenían otra forma de manejar la situación.
Cuando llegamos a la meseta de casos, se aceptó a un visitante por paciente, el más significativo. Lo más angustiante es que varios estaban conscientes de todo. Sabían que iban a fallecer, y te pedían: ‘Necesito hablar con tal persona’. Todavía como que se me aprieta el pecho. Se despedían, pero era una despedida a medias. Eso fue lo más fuerte de todo.
Fuimos la última persona en acompañar a tantos pacientes. Eso te da una carga emocional súper fuerte, porque cómo le dices al familiar que no puede despedirse, que no va a poder ver a su ser querido. Varios ingresaron a Urgencia a dejar a alguien que después no vieron más.
Hasta septiembre el área en que yo trabajo funcionó para medicina, ahora se encarga de pre y post operatorios. Pero estas últimas semanas se ha visto un aumento considerable en los casos.
Siento indignación cuando veo gente sin mascarilla en la calle. Yo no salgo a no ser que sea necesario, pese al desconfinamiento, a que abrieron el mall. Me sorprende ver en esos lugares a mamás con guaguas chicas. Claramente, a las personas que no han estado in situ, les cuesta asimilar todo lo que pasó.
Hay gente que me ha cuestionado, que me ha dicho: ‘Todo esto es mentira, una manipulación’. A esos comentarios respondo con rabia, con la guata. ‘Tú no sabes lo que es ver morir a alguien porque le falta el aire. No sabes lo que es que te pidan, por favor, no me dejes solo, no me dejes morir’. Esto quedó para siempre en el equipo. Toda esa pena. Ahora estamos asimilando realmente lo que pasó”.
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