La realidad imperfecta de las finanzas islámicas modernas
Se ven y actúan igual que su homólogo convencional, aunque con un poco de ingeniería para dar a los productos una apariencia devota.
Por: Robin Wigglesworth
Publicado: Viernes 29 de agosto de 2014 a las 05:00 hrs.
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Dios tiene un problema con los intereses. Eso está claro en las escrituras de casi todas las grandes religiones del planeta. Judíos, cristianos e hindúes han hecho durante siglos las paces con la usura, pero muchos musulmanes todavía tienen una aversión profunda por el fundamento de las finanzas modernas.
Durante las últimas décadas una serie de clérigos, abogados y banqueros han trabajado duro para reconciliar los principios básicos del Islam con el financiamiento convencional en un intento por asegurar que los musulmanes tengan acceso a los mismos servicios y productos que el resto del mundo.
Ellos tuvieron éxito más allá de sus sueños más salvajes. Después de un comienzo difícil en Egipto y Dubai durante las décadas de los ‘60 y los ‘70, las finanzas islámicas han explotado en una industria de US$ 2.000 millones cortejada por un creciente número de gobiernos, tanto musulmanes como occidentales. El Reino Unido expidió recientemente su primer “bono islámico” para pulir sus credenciales como centro neurálgico de la industria, y pronto le seguirán Hong Kong, Luxemburgo y Sudáfrica.
En el acertadamente titulado “Los banqueros del Cielo”, Harris Irfan entremezcla anécdotas personales con explicaciones de algunos de los aspectos cruciales del tema y sus controversias. Irfan es un guía capaz. Ex miembro del equipo de “científicos de cohetes” del Deutsche Bank, enviado al Golfo para aprovechar su industria potencialmente lucrativa en la década de los 2000, más tarde pasó a dirigir los negocios de las finanzas islámicas de Barclays, y ahora trabaja en un banco de inversión islámica con sede en Londres.
Las finanzas islámicas despiertan mucho interés fuera de sus principales seguidores. Algunos de los principios que sustentan la industria resuenan incluso con los occidentales seculares, especialmente aquellos escépticos de algunos de los antojos más extremos del capitalismo.
Los principios fundamentales del Islam dictan que el interés es “haram”, o prohibido, y la especulación desenfrenada es disuadida mientras que las inversiones de capital de riesgo compartido basadas en activos físicos son alentadas.
Sin embargo, como muestra Irfan, hay un abismo entre la versión idealizada de las finanzas islámicas que recoge el Corán y la realidad más sucia de la moderna industria de las finanzas islámicas, llena de compromisos desordenados e imperfectos. De hecho, los cínicos podrían concluir que, en muchos aspectos, las finanzas islámicas se ven y actúan exactamente igual que su homólogo convencional, aunque con un poco de ingeniería financiera para dar a los productos una apariencia devota.
A la industria le gusta argumentar que los bancos islámicos están más estrechamente entrelazados con la economía “real”, en contraposición a la “financiera”. Requieren activos reales y físicos para respaldar todas las transacciones y abstenerse de la magia financiera inútil en la que sus contrapartes rutinariamente incursionan.
Irfan es un idealista pragmático, siempre aspirando por el ideal de las finanzas islámicas, pero por ahora dispuesto a aceptar la realidad manchada por el bien de los musulmanes devotos ofreciendo los mismos servicios financieros que otros disfrutan.
El banquero merece elogios por un libro bien escrito. Las historias personales ocasionales y el color son un toque de bienvenida que dan vida al tema. Banqueros convencionales encontrarán una magnífica introducción a un tema fascinante. Pero a pesar de los esfuerzos de Irfan, “Banqueros del Cielo” es bastante inaccesible para cualquier persona sin una comprensión decente de las finanzas.
Uno sospecha que el motivo principal del autor para escribirlo fue probablemente explorar sus propios sentimientos encontrados acerca de la industria, y para dar vida al debate sobre sus propósitos fundamentales.
Como admite en el capítulo final, Irfan ha tenido una “crisis existencial”, pero conserva la esperanza: “aunque me encuentro a menudo preguntándome a mí mismo si yo y mis colegas banqueros y abogados deberíamos simplemente renunciar y dedicar nuestras energías en otro lugar, algo me dice que vamos a llegar al final”.
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