El control de Azul Azul fue comprado, evidentemente, con platas de los inversionistas de Sartor, las cuales fueron extraídas para beneficio y gozo personal de sus accionistas y compinches. Entre gallos y medianoche, cuando vieron que perderían la inversión ante una inminente quiebra, traspasaron el control a un relacionado, Michael Clark, en una operación donde nadie sabe de dónde sacó este la plata (si es que hubo plata).
A esto se suman sanciones y multas de la CMF a los “ángeles” de Sartor —Clark incluido— por una serie de acciones que perjudicaron gravemente a los aportantes. Hubo leguleyadas para evitar una OPA cuando evidentemente correspondía (con un informe de Carlos Peña de por medio... ¡oh, Carlos!). Y finalmente, la compra de un paquete minoritario por parte del abogado de Clark. Nuevamente, sin claridad sobre el origen de los fondos. ¿Quién le presta a un abogado para invertir en un activo que no produce flujo de caja? Por lo visto, el señor abogado es de gran simpatía y amigo de todo el arco político; meritorio, pero no parece un argumento suficiente para recibir un préstamo de siete millones quinientos mil dólares.
Toda esta impudicia y descaro la hemos visto ciudadanos e hinchas durante años, mientras la justicia, a su ritmo cansino, mueve los engranajes. No se necesita ser un experto financiero ni legal para saber que esto es un escándalo gigantesco y una sinvergüenzura como pocas. Las noticias estaban en la prensa casi todos los días y, si se desconfiaba de ella, bastaba hacer un par de preguntas para saber con qué chichita se estaba curando uno en este caso.
Pero vino la renovación del directorio. Michael Clark sale convenientemente pocos días antes de que la PDI allanara su casa y sus sociedades —incluida Azul Azul— y lo reemplaza en la presidencia la exministra Cecilia Pérez. No está sola: también asume en el directorio el excanciller y ministro del Interior, José Miguel Insulza. Ni Pérez ni Insulza son políticos de segundo orden; ambos fueron rostros relevantes de los gobiernos de Frei, Lagos y Piñera. Asumieron como si nada, felices de poder hablar de fútbol a pesar del caos financiero, legal y ético que envuelve a los accionistas que les cedieron sus votos.
Como si lo de Pérez e Insulza no fuese suficientemente vergonzoso, la tentación también alcanzó a Francisco Aylwin Oyarzún. El hijo de don Patricio, también flamante director de Azul Azul. Los representantes de los “30 años” prestándole ropa y prestigio a un fraude de aquellos, con toda la información disponible. Bastante desprestigio tiene ya la política como para que, además, se autoinflijan este tipo de heridas. Poderoso caballero es don Dinero. Pero la política no está sola: la Universidad de Chile tiene representantes en este directorio, seguramente tan molestos como silenciosos. Poco y nada han dicho frente a la desfachatez de los controladores.
Cuesta entender la falta de diligencia y amor propio de todos estos pajaritos, pajarracos y pajarones. Ya bien lo decía Illapu: “Qué hacen aquí / estas gaviotas / tan lejos del mar / qué hacen aquí”.