Ignacio Opazo: La desconocida historia del cofundador y CTO de Zapping
Creció en Bajos de Mena, una de las poblaciones más vulnerables de Santiago. Destacó como alumno en su liceo técnico, pero tuvo cero posibilidad de costear una universidad. Como eso lo sabía, se preparó a sí mismo en todo lo que el sistema no podía darle. Primero fue la música, luego la informática. Aquí cuenta esa historia, que a puro esfuerzo lo tiene hoy como socio fundador -junto a Gustavo Morandé- de una startup valorizada en US$ 100 millones.
Por: Patricio De la Paz
Publicado: Sábado 29 de noviembre de 2025 a las 21:00 hrs.
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"De niño viví en una casa de apenas tres metros de ancho en Bajos de Mena, en Puente Alto. En el barrio me tocó ver cosas terribles. Vi morir amigos, vi violencia por todas partes. A mí fue la música la que me mantuvo al margen de todo eso. Fue un salvavidas brutal para mí”.
Ignacio Opazo (38) pronuncia esas palabras sin apuros. Recuerda su infancia en uno de los territorios más complicados y vulnerables de Santiago y cómo él logró sobreponerse a todos los riesgos que, lamentablemente, terminan devorándose a tantos en esa población al surponiente de la capital. Habla con tranquilidad, mientras está sentado en la sala de reuniones de Zapping, la startup chilena que se dedica a la televisión por internet, que ya tiene presencia en cuatro países de Latinoamérica y está valorizada en aproximadamente US$ 100 millones.
Opazo no está ahí de visita. Él es junto a Gustavo Morandé -CEO y rostro público de la empresa- uno de los socios fundadores de Zapping. Además es el CTO, el hombre que manda en los desarrollos tecnológicos que son el corazón de esta startup. Llegó hasta allí a puro esfuerzo propio, a punta de capacitación por su cuenta, sin estudios universitarios, como el selfmade man que es y que no oculta.
Si a Ignacio Opazo la música le lanzó el primer salvavidas, fue la tecnología la que le arrojó un segundo y más definitivo. Él lo vio con claridad cuando tenía apenas 12 años.
La banda y la computación
“Yo soy de origen bien humilde, criado en Bajos de Mena. Mi papá, Marcos Opazo, era mecánico, aunque por mucho tiempo también trabajó de taxista o de lo que viniera. Mi mamá, Juana Martínez, se dedicó a la artesanía, vendía sus cosas de manera independiente. Soy el hijo del medio. Mi hermano mayor se llama Sebastián; la menor es Denise. Mis padres nos decían que siempre uno debe ser capaz de resolver las cosas solo. Y también nos motivaban a estudiar, estudiar, estudiar; decían que era la única manera de salir de ahí, de dar el salto. Recuerdo especialmente a mi mamá empujándonos a eso”, cuenta Ignacio.
"Mis padres nos decían que siempre uno debe ser capaz de resolver las cosas solo. Y también nos motivaban a estudiar, estudiar, estudiar; decían que era la única manera de salir de ahí, de dar el salto".
El consejo de los padres se convirtió para él en una obligación. Con el temprano convencimiento de que “el asunto era la delincuencia o enfocarse en el colegio”. Fue un alumno destacado en el liceo técnico donde estudiaba en La Pintana. “Siempre el primero del curso”, precisa. Pero hubo un punto de inflexión. Cuando Ignacio tenía 10 años, el dueño y director del liceo -que era trompetista- decidió formar una orquesta, “al estilo de las big band que uno ve en el Festival de Viña”. Pasó sala por sala preguntando por estudiantes que tuvieran padres músicos o que al menos tocaran algún instrumento. Opazo no cumplía con ninguno de los dos requisitos, pero el rector lo convocó igual. Necesitaba un pianista, y apostaba a que este niño mateo y aplicado podría lograrlo. “Yo le dije que prefería saxofón, pero me dijo que ese cupo ya estaba listo. Me dijo que lo fuéramos viendo en el camino”, dice.
- ¿Y por qué te gustaba el saxofón?
- Porque veía a la Lisa Simpson en la tele.
Aprendió a tocar piano, con ensayos dos horas al día, cuatro veces a la semana. Le gustó la disciplina que requería la música. Y como vio lo que se podía lograr con ella, quiso más: como no tenía cómo practicar en su casa, leía sobre este instrumento y se enfocó en las partituras. “Me las aprendí tan bien, que empecé a entender de armonía. Llené un cuaderno entero con todos los acordes. El director se dio cuenta y me pidió que fuera el arreglista de la banda. Todo autodidacta, como ha sido siempre en mi vida”.
A la banda le fue súper bien: eran 33 músicos aficionados que hacían giras por otros colegios y hasta fuera de Santiago. “Ahí conocí, además, a los que hasta hoy son mis grandes amigos de la vida”, cuenta.
En medio de todo eso, el director les dio un golpe de realidad: les dijo que se iban a enamorar de la música, pero que con eso en Chile se iban a morir de hambre. Ignacio tenía 12 años y se le encendieron las alarmas. Él no quería eso, porque -como le repetían sus padres- tenía que dar un salto. “Me dije a mí mismo: ‘Tengo que buscar algo’. Y empecé a estudiar computación y aprendí a programar; solo, por supuesto”.
- ¿Cómo lo hiciste? Posiblemente no tenías computador…
- No tenía computador. Iba a todas las bibliotecas de Santiago. Ahí aprendí a programar leyendo libros. Y usaba los computadores de la biblioteca cuando se podía. Recuerdo que me iba desde Puente Alto a la Biblioteca Nacional, y el guardia allí me decía: “Pero amigo, esta biblioteca es para universitarios”, y yo le decía que quería aprender. Nos hicimos amigos, y me dejaba pasar. En mi casa, todos los días a las 8 de la tarde, veía un programa en UCV que enseñaba informática. Me ponía frente a la tele con un cuaderno y anotaba, para ir después a las bibliotecas. No podía parar.
"En mi casa, todos los días a las 8 de la tarde, veía un programa en UCV que enseñaba informática. Me ponía frente a la tele con un cuaderno y anotaba, para ir después a las bibliotecas. No podía parar".
Ya adolescente empezó a construir páginas web y a armar redes informáticas para colegios. “Me hacía hasta un poco de dinero, pero se aprovechaban harto de mí, pagando muy por debajo de lo que ese trabajo valía. Pero todo me servía como experiencia”, dice.
En paralelo seguía con la música. A los 14 años postuló al conservatorio de la Universidad Católica. Fue el único postulante que quedó aceptado en saxofón. “Todos me decían ‘inténtalo’, pero un saxofón costaba en ese tiempo un millón de pesos… que yo no tenía, tampoco para pagar la mensualidad. Fui buscando becas en las municipalidades, pero no lo logré”. La frustración fue inmensa, reconoce.
Pese a todo, no se desanimó. Junto a varios amigos del liceo formaron una banda, Jah Bless, que duraría muchos años. Se dedicaban al reggae. Opazo, que allí tocaba los teclados y, por fin, el saxofón, dice que entre sus inspiraciones estaban Joe Vasconcellos, Los Prisioneros, Los Fabulosos Cadillac, Gondwana.
A los 17 salió del liceo, con la mención de técnico en telecomunicación, “pero de ello no saqué mucho, la verdad”. La posibilidad de continuar estudios superiores era imposible. “Era 2004, otro Chile. Tu papá tenía que tener plata para endeudarse y que uno pudiera estudiar (en la universidad). Eso no era una posibilidad para mí, ni para ninguna de las personas que conocía”.
Pero Ignacio Opazo tenía, al menos, sus dos salvavidas.
“Era 2004, otro Chile. Tu papá tenía que tener plata para endeudarse y que uno pudiera estudiar (en la universidad). Eso no era una posibilidad para mí, ni para ninguna de las personas que conocía”.
El despegue
Como se manejaba con la informática, se puso a trabajar en un cibercafé en La Florida. Arreglaba los computadores. La dueña del local era amiga desde la infancia con el cantante y compositor Quique Neira, ex vocalista de Gondwana. Opazo lo conoció, engancharon bien. A ambos les gustaba el reggae.
Ignacio le arregló un computador que nadie antes había podido hacerlo. Quique, por su parte, le abrió a partir de 2005 las puertas al circuito musical. No sólo con Jah Bless -que era celebrada en el mundo más under con el reggae- , sino también por varios años a cargo de los teclados en las presentaciones del propio Neira. Después, por bastante tiempo, tocó el teclado para La Pozze Latina, la banda detrás del hit Chica eléctrica. Se presentó en varios eventos masivos, como el festival Lollapalooza o el Día de la Música en el Parque O´Higgins. Tocó ante miles de personas. Salía a shows en el extranjero. “Estaba cumpliendo mi sueño de toda la vida”, confiesa. Además, hacía producción para otros grupos.
Siempre, en todo caso, mantenía un pie en la computación. De hecho, había creado la pequeña empresa ZFS, que tenía un local ubicado en la calle Los Leones, que ofrecía servicios informáticos. “Si alguien necesitaba hacer un software, una página web, yo se los hacía. También asesorías”. Trabajaba solo, con la ayuda de tres amigos si los necesitaba.
En esos años, Opazo buscaba trabajos informáticos que distintas personas pedían a través de la página Needish (startup fundada por los creadores de Cornershop), “que ya no existe, y que era muy útil: alguien tenía una necesidad, por ejemplo pintar una reja, y otra persona decía que podía hacerlo. Ahí me salían peguitas”. Justamente en esa webpage vio en 2011 un mensaje de un tal Gustavo Morandé, quien decía que andaba buscando un desarrollador.

“Yo no sabía quién era él, pero fui. Era en una oficina en Vitacura, en el segundo piso de un restaurante. Yo dije: ‘Si esto es en esa comuna, debe ser algo bueno’. Me fui de Puente Alto para allá. En ese tiempo yo tenía dreadlocks, largos hasta la espalda. Pero me vestía con terno y corbata para las entrevistas. Así llegué a Vitacura, subí... ¡y veo a este loco con shorts y chalas!”, dice, y se ríe. “Pensé: ‘ya me cae bien’”. Tuvieron una buena conversación, Opazo tuvo que hacer una prueba y al final quedó como desarrollador en la software factory que Morandé tenía en ese entonces.
Un día, cuenta, aprendió a hacer aplicaciones para teléfonos. Y junto con Morandé se les ocurrió entonces desarrollar El Telón, una app telefónica que permitía ver los canales de TV abierta. Opazo apostó un completo a que era capaz de tenerla lista en un día; y ganó la apuesta. Se convirtió en el CTO de ese emprendimiento. Lo lanzaron en 2012 y, como en ese tiempo era novedad, prendió: en seis meses tenían un millón de usuarios. Lo cerraron en 2017, luego de que no pudieron monetizar la idea y de tener algunos conflictos con señales de TV por la inexistencia entonces de un marco legal que regulara ese negocio.
“Éramos chicos, teníamos 25 años, estábamos como jugando, porque vimos una oportunidad tremenda”, explica Ignacio. El paso en serio vino enseguida, como una carrera de posta: a fines del 2017 lanzaron Zapping, con Morándé y Opazo como socios fundadores. Además de cumplir los roles de CEO y CTO, respectivamente. “Habíamos aprendido con El Telón que un error fue haberle puesto muchas funcionalidades, demasiado estímulo para el usuario. Ahora teníamos que eliminar todo eso y focalizarnos en la simpleza: ver tele”. Y ya que estaban en eso, decidieron ampliar la oferta lo más posible, desde canales de deporte a señales de entretención. Como un cableoperador, pero en internet y para distintas plataformas.
Tardaron dos años en levantar y comprometer los contenidos que querían -su primer contrato fue con Discovery-, así que partieron en 2020. No se han detenido más: Morandé a cargo de los contratos de contenidos y lo comercial; y Opazo metido en el desarrollo y soporte tecnológicos. Al interior de la startup les llaman el duopolio. Hoy Zapping está en Chile, Brasil, Perú y Ecuador, suma 700.000 usuarios, 130 empleados, más de 400 canales -algunos de factura propia-, han levantado rondas de financiamiento que suman cerca de US$ 18 millones y sus ingresos anuales recurrentes alcanzan los US$ 33 millones.
El mismo año que Zapping despegó con todo, el 2020, Ignacio Opazo hizo foco completo allí y dejó completamente la música. Se cortó también los dreadlocks.
“Yo no sabía quién era él (Gustavo Morandé), pero fui. Era en una oficina en Vitacura, en el segundo piso de un restaurante. Yo dije: ‘Si esto es en esa comuna, debe ser algo bueno’. Me fui de Puente Alto para allá".
Bajo perfil
En septiembre de este año, Gustavo Morandé e Ignacio Opazo fueron seleccionados como Emprendedores Endeavor, red mundial que reúne a más 2.900 emprendedores de 45 países, para conectarlos con inversionistas, mentores y maximizar su impacto. Previo a eso, los dos tuvieron que ir a Cambridge para un riguroso proceso de evaluación, donde debieron presentar su startup frente a ejecutivos de empresas como Amazon, Apple y LinkedIn. Fueron aprobados por unanimidad.
En octubre vino el encuentro anual de Endeavor, que se realizó en Puyehue. La dupla de Zapping fue por primera vez. Asistentes comentan que mucha gente se acercó a saludar a Morandé. A su lado estaba Opazo. Muy pocos lo conocían.
- Zapping está más asociado a Gustavo Morandé, quien aparece en entrevistas y como rostro. ¿Te acomoda el bajo perfil?
- Sí. No sé si estoy loco, pero a mí me gusta mucho trabajar y que las horas del día cuenten. Yo me bloqueo jueves y viernes para que nadie me ponga una reunión, ya que es un tiempo valiosísimo para mí y la empresa. Ahí he hecho un montón de desarrollo adicional. Zapping ya es algo, pero aún no llegamos al final. Hay que avanzar. Entonces el bajo perfil me acomoda. Ser rostro no me llama la atención. En la música ya viví esa exposición.
- Viajas a abrir Zapping a otros países, te conectas con marcas tecnológicas mundiales, eres cofundador y CTO de una startup destacada. ¿Te imaginaste algo así tus 12 años?
- Nunca. Yo creí que tenía mucho más que decir en la música… pero la verdad es que siempre supe que quería validarme. Desde muy chiquitito sentí que podía ser partícipe de algo grande. Hay que ser disciplinado y tener un norte claro.
"El bajo perfil me acomoda. Ser rostro no me llama la atención. En la música ya viví esa exposición".
- Las startups permiten que la movilidad social se logre más rápido que en los negocios tradicionales. Ese salto, que te decían tus padres…
- Sí. Hoy yo me muevo en varios círculos, pero veo a amigos de infancia, a gente muy inteligente y muy capaz, que nunca tuvieron las oportunidades para avanzar. Y no dieron el salto.
Ignacio Opazo sigue viviendo en Puente Alto, pero en otra población. Su madre vive con él desde que se separó de su padre. Los acompañan, además, tres perros salchichas: Marti, Rita y Valentino. Sus dos hermanos también siguieron los consejos familiares para dar sus propios saltos. El mayor, también autodidacta, trabaja hoy en administración en ProChile. La menor, la única que estudió en la universidad, es ingeniera civil industrial y trabaja en un banco en Luxemburgo.
“Yo soy una persona simple, no necesito mucho. No me complico con vivir en uno u otro lado, mientras esté cómodo y feliz, bien”, explica. Sí se dio un gusto: se compró un departamento en Villarrica, con vista al lago y al volcán. Lo llama “mi refugio”. “Conocí Villarrica en 2001, como músico. Cuando miré el volcán tirando humito, dije: ‘No puedo creer que este paraíso exista. Algún día voy a tener una casita aquí’. Lo logré hace poquito y viajo un montón para allá”, cuenta.
El único vestigio de la música, por el momento, es el estudio de grabación que construyó hace unos años en el subterráneo de su casa en Puente Alto, como un búnker. “No estoy completamente retirado. Tengo balas guardadas”, anuncia, riéndose. Aunque por el momento no hay planes concretos, dice que tal vez, en el futuro, regrese a la industria musical pero como productor, “para generar artistas para el país. Tengo todas las amistades para poder hacerlo, así que ésa es mi última bala si algún día tengo plata”.

Lo que sí va en ruta más concreta es la idea de publicar un libro, que ya tiene avanzado. “Trata del sistema de trabajo que diseñé para mantener la creatividad, el aprendizaje y el desafío técnico como base cultural de la empresa. Eso ha llevado a tener casi 100% de retención de talento. Incluye feedback, una organización muy horizontal, rotación entre áreas, líderes que participan... En ese sentido, relaciono cómo se trabaja en una orquesta y en tecnología. En ambas, hay que meter las manos y las cosas deben tocarse de memoria”. No lo dice, pero es evidente: hay ahí un guiño a los dos salvavidas que a él lo mantuvieron a flote.
El “duopolio”
Desde que empezaron con Zapping, los dos socios se dividieron el trabajo. “Gustavo se dedicó a conseguir los derechos de contenidos, y yo a la tecnología”, dice Opazo. “Aquí se habla de que somos un duopolio”, se ríe. Así, mientras Morandé negocia con canales y mira nuevos países, el CTO programa aplicaciones, arma métodos de pago, se preocupa de la codificación, de las antenas satelitales. “Prácticamente toda la tecnología que usamos la construimos nosotros, desde cero”, explica.
Inevitablemente, estos casi 15 años de trabajo juntos los han convertido en amigos. “El duopolio funciona bastante bien. Confiamos mucho entre nosotros. Somos dos tipos muy tranquilos, con muchas ganas de conversar. Somos dos tipos que están locos”, se ríe Opazo. “Nos complementamos bien, Gustavo es una persona muy volátil y yo soy más pragmático, de bajar a tierra”. Ahora, por carga de trabajo y los viajes, dice que se ven menos, aunque están siempre conectados: “Yo sé que Gustavo tiene a la Rosario, su señora, pineada (fijada) en su WhatsApp y después estoy yo. Y yo lo mismo. Primero mi familia y luego Gustavo”.
“No tenemos muchas diferencias entre nosotros salvo por la función pause en Zapping, que Gustavo quiere incluir y yo no. Para mí es posible hacerlo tecnológicamente, pero no me parece: así como la vida, Zapping es en vivo y no se puede poner en pausa”.
- ¿Y tienen más países en mente donde expandirse?
- No por el momento, aunque todo el tiempo nos aparecen. Pero ahora estamos más enfocados en la rentabilidad que en la expansión. Tener una empresa rentable en el menor tiempo posible.
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