El increíble viaje del pintor Marco Bizzarri
Durante cinco años vivió en el norte de Chile, donde retrató la luz y el polvo del desierto, y hace tres habita junto a su familia en una casa de 1800 en las dependencias de un castillo en Inglaterra. La próxima semana, el pintor chileno compartirá su experiencia en el MAS Pitch y explicará que el arte es también un emprendimiento. Aquí un adelanto.
Publicado: Viernes 28 de noviembre de 2025 a las 16:40 hrs.
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El pintor Marco Bizzarri, que vive en Inglaterra desde 2020, aceptó la invitación para participar en MAS Pitch, una cita que convoca al ecosistema de emprendedores tecnológicos. ¿Por qué? “Es una muy buena oportunidad para reconectar con el público en Chile y dar un mensaje diferente. Mi carrera la relaciono con ser un emprendedor y también me gustaría despertar en la audiencia las ganas de aportar al arte”, dice conectado desde West Sussex, días antes de viajar a Chile.
Comenta que allá existe tanto interés por la cultura y por el arte, que hay mecenas y se genera un mercado sano que sostiene a artistas, galerías y museos. Su propia experiencia ha estado marcada por esas oportunidades y es algo que le gustaría transmitir a los presentes ese día.
“Posiblemente habrá grandes empresarios que podrían comenzar a apadrinar, apoyar y generar un ecosistema para el arte. Preparando mi charla pensé en equiparar la figura del mecenas a la del inversionista, pero en realidad es distinto porque el mecenas muchas veces no pide nada a cambio, no siempre busca retorno porque entiende el valor que tiene el arte para una sociedad. Los artistas queremos vivir de esto y son pocas oportunidades. Hay cada vez más, pero falta. Yo vi en mi carrera cómo muchos artistas fueron desertando. Mecenas suena como una gran palabra del pasado, pero es algo muy actual, se necesita apoyar a un artista y nada más”.
Junto a su mujer, Carolina Domínguez, y sus tres hijos, Bizzarri vive hace tres años en el Castillo de Arundel en West Sussex. Esto gracias a su mecenas Georgina Fitzalan-Howard, duquesa de Norfolk. Pero la historia hasta ahí es larga y pasa por una prolongada estadía en el desierto chileno.

La luz de Los Choros
Su mamá es artista, pintaba en tiempos libres, pero no participaba de un circuito de exposiciones. Su primera noción del arte como ocupación profesional la tuvo tras ir a una exposición de Benjamín Lira, recuerda Marco. De niño dibujaba todo el día, siempre andaba con una croquera. Era además su manera de memorizar, así que las distintas materias del colegio las aprendía dibujando.
Aunque todos le insistían que era artista, entró a estudiar Arquitectura. Quería contar con esos estudios, y pensó que más adelante podría dedicarse al arte. Estudió tres años esa carrera. Recuerda que se volvía loco haciendo las maquetas, creaba verdaderas esculturas e incluso los estudiantes de cursos más arriban pasaban a admirar sus dibujos. Pero lo suyo era el arte y volvió a dar la PSU para entrar a Arte en la UC. “Entonces entendí que realmente había que estudiar, era mucho el conocimiento técnico y teórico que me faltaba. La universidad cambió mi percepción del arte, fue un despertar. Un artista no puede dejar de ser artista”, apunta.
Su carrera como pintor comenzó con un estilo gráfico muy colorido. Sus referentes eran nombres chilenos como Roberto Matta, Eduardo Vilches y el mismo Benjamín Lira. Bizzarri pintaba contornos de cabezas humanas que le sirvieron para experimentar distintas técnicas. “Pero llegó un punto en que necesitaba cambiar. Me sentía muy atrapado en mi obra. Experimentaba como un vacío y creía que podía hacer una mejor pintura”, dice.
Entonces apareció la oportunidad de una residencia en el norte organizada por Susana Claro y Rosa Velasco. Las contactó. “Quería salir de la ciudad. Llegué al desierto, al pueblo Los Choros (al norte de la IV Región), donde había un silencio absoluto. Como es tan seco y hay poca vida orgánica empecé a adentrarme en lugares abandonados, sitios rurales y espacios industriales”, describe Marco. Fue el primer residente y ofreció quedarse colaborando. Primero estuvo un año, viajando entre Santiago y Los Choros. “Me atrapó tanto el lugar que al final no me pude ir y me quedé casi cinco años, hasta que empezó el Covid, yendo y viniendo”, cuenta.
Como ya conocía bien el lugar, llevaba a los nuevos artistas residentes a conocer sitios de la zona como la mina El Tofo, el centro astronómico La Silla, las canteras de cuarzo, los petroglifos molles y más. A cada una de estas expediciones llevaba su cámara y tomaba un registro. “Eran imágenes muy desafiantes en términos de luz, de composición, color y textura, conceptualmente también por la memoria del lugar. Pensé: ‘Aquí tengo un material muy potente para traspasar a mi pintura’. Pero fue muy difícil lograrlo”.
En el intertanto algunos de sus cercanos le preguntaban qué hacía en el norte pintando tarros, porque durante ese periodo también hizo instalaciones con piezas metálicas y huesos recolectados en el desierto. Marco cuenta que se involucró con la realidad de las comunidades aledañas a los relaves mineros, que conviven con toxicidad ambiental. Se enamoró también del mar, se hizo amigo de los buzos y pescadores y empezó a bucear con ellos.
“Yo estaba feliz allá. Es un lugar que me inspiró mucho y sigo trabajando con esas imágenes hasta hoy. El polvo es muy característico del norte y en estos espacios deshabitados se revela a través de rayos de luz. Empecé a fotografiar ese momento. Conecté también con un duelo personal, con eso invisible que se vuelve visible. Se transformó en una obra más honesta con lo que estaba sintiendo y más fina en cuanto a técnica. Con el tiempo fui logrando preservar la imagen original, pero generando esta atmósfera donde aparece algo más sugerente, más ambiguo, no tan obvia”, relata.

A un castillo en Inglaterra
En 2019 montó la exposición A veces los signos destruyen, en la Galería Animal. “Fue como una transición, salí de mi paleta de color anterior y fue la primera vez que mostré estos nuevos conceptos, con una intención mucho más clara”.
Cuando llegó el COVID tomó la decisión de irse a Inglaterra. En marzo de 2020 se canceló una exposición que estaba preparando y Bizzarri sólo quería seguir trabajando y estudiar. Vio la apertura en Europa como una oportunidad y dijo: “Ahora o nunca”. Postuló al Royal College of Art y quedó, pero cuando le informaron que el máster sería online debido a la pandemia, decidió cancelar. “Yo no quería pintar online, pero menos mal tenía un plan B porque al mismo tiempo había postulado a Unit 1 Gallery para hacer una residencia ahí. Era muy difícil ganar porque solamente había un cupo, y lo logré”. En septiembre partió junto a su familia a Londres. “Me dijeron ´tienes que venirte ahora’, no había pasajes, las embajadas estaban cerradas, fue una locura. Dejamos todo y partimos. Me aferré a esa oportunidad”, cuenta.
Después de la residencia surgieron nuevas alternativas, como una pasantía con Antony Gormley, eminencia de la escultura. “Yo siempre he sido bien busquilla, nunca me mantuve quieto”. De todas maneras, el primer tiempo fue difícil, rememora. “No vendía nada”, confiesa. Mandaba algunas obras a Chile para que su hermana las vendiera de manera de poder sobrevivir.
Marco comenta que siempre va a galerías, se nutre visitando exposiciones de arte contemporáneo y le extraña que otros artistas no lo hagan. Atento a lo que observaba conceptual y plásticamente, entendió que la exigencia sería enormemente mayor. Y que necesitaba un lenguaje propio. “Estaba en una de las ciudades más caras del mundo, compitiendo con grandes talentos, y dije ‘necesito un plan si me quiero quedar acá’”, apunta. Empezó a buscar algún mecenas. Entonces una prima italiana de su papá le dijo: “Tengo una idea, pero es muy difícil que funcione”. Fueron a tocarle el timbre de la casa a la duquesa de Norfolk, a quien ella conocía. Bizzarri ni siquiera llevó un portafolio porque no quiso ser invasivo, pero le mostró algunas imágenes de sus obras. Y de a poco fueron enganchando, dice.
Con su señora e hijos solían escaparse a Arundel en West Sussex, dos horas al sur de Londres, donde además está el palacio de la duquesa. Ahí la “Caco”, su mujer, fue clave porque entabló una amistad con “Georgie”, como le dicen a Georgina. En una oportunidad la duquesa los invitó a conocer su castillo, y en medio de una conversación le preguntó a Marco cómo iba la pintura. Él le dijo que estaban pensando volver a Chile porque era muy difícil mantenerse allá. Ella le respondió que tenía que quedarse porque tenía un gran talento que desarrollar.
En ese entonces los Bizzarri Domínguez vivían apretados en un departamento en Camden junto a la línea del tren, que no los dejaba ni dormir en paz. “Se van a ir a mi casa en Belgravia”, les dijo la duquesa. Belgravia es uno de los barrios más exclusivos de Londres, y ahí se instalaron en una casa de cuatro pisos: “Nos cambió la vida. Además de la comodidad, pude ahorrarme esas lucas de arriendo y las invertí en estudiar”.
Entró a un programa en Turps Art School, una academia pequeña pero prestigiosa, que le permitió profundizar en la pintura y en la técnica con grandes profesores. Estuvieron un año viviendo bajo el mecenazgo de la duquesa y cuando Marco terminó los estudios, Georgina les ofreció trasladarse a una de las casas que pertenece al castillo de Arundel.
“Es una casa del 1800 que además tiene un taller en el jardín. No puede ser más perfecto”. Viven ahí hace ya tres años, la casa queda a pasos del colegio donde estudian sus hijos y está dentro de un parque nacional. Es una zona rural, muy verde. Ideal para Marco que no es muy de ciudad. A Londres, que queda a dos horas aproximadamente, va sólo cuando es necesario. La mayor parte del tiempo está pintando en su taller.
Agendado
A Chile viene generalmente una vez al año. Siempre trata de visitar el norte. “Cuando llegué a Inglaterra me costó acostumbrarme a la falta de luz luego de vivir en un cielo tan abierto. Mi obra tuvo como un bajón bien oscuro al mismo tiempo que estaba viviendo un duelo personal. Volví a las imágenes del norte, porque empecé a necesitar también esa luz”, reflexiona.

El año pasado inauguró Distancia visible, una gran exposición en la Galería Patricia Ready: “Me encantó, lo pasé muy bien. Fue increíble que me llamaran de la galería donde crecí mirando exposiciones. Siempre había querido exponer ahí. No me esperaba realmente que llegara esa cantidad de gente, artistas que yo admiraba, profesores de la universidad, críticos de arte. Nunca me lo imaginé”.
En Europa fue clave la muestra que realizó en 2022 en Incubator, galería de Angelica Jopling. Ella realizó una convocatoria abierta a los artistas residentes en Inglaterra ofreciendo una exposición individual al ganador. Fue Marco. A raíz de esa exihibición surgieron más oportunidades. Comenzó a trabajar con la galería inglesa Nightcafe y ha mostrado su trabajo en Francia, Bélgica, Portugal, México, Italia, España, China y Taiwán.
Hace dos semanas tuvo su debut en Estados Unidos, en la galería Megan Mulrooney de Los Angeles. “A la exposición le fue increíble, se vendieron la gran mayoría de las obras antes de la inauguración. Me encantó la escena de Los Ángeles, superó todas mis expectativas”, cuenta con entusiasmo. También está participando de una muestra colectiva que lo tiene muy contento en la galería londinense The Sunday Painter.
Viene a Chile la próxima semana para participar de MAS Pitch y vuelve a Inglaterra el 14 de diciembre porque tiene que preparar dos exposiciones, una en Bruselas y otra en Roma. “Antes sufría por no poder programarme, me costaba vivir en la incertidumbre. Ahora tengo estas galerías que me representan y la tranquilidad de que mi trabajo se va a mostrar en una fecha concreta y en un lugar específico. Es increíble ser artista y tener esa libertad creativa, pero hay momentos en que yo decía: ‘¡Qué ganas de tener un jefe!’”.
Líneas de libertad
Hay un duelo que lo ha marca y que surge cuando habla de su proceso como artista. En 2017 su hermano Cristóbal murió. Tenía 23 años, era escalador y estaba estudiando para ser guía de alta montaña. “En una de las expediciones tenía que subir una montaña muy técnica en Perú y vino una avalancha de hielo que se desprendió del glaciar en el que estaban colgados. Murió Cristóbal junto a dos personas más”, narra Bizzarri.
Su hermano soñaba con mejor infraestructura de montaña, y una manera de honrar su memoria fue construir un refugio para 12 personas en Federación, campamento base del Cerro El Plomo ubicado a 4 mil metros de altura. Cristóbal sacaba fotos de montaña y organizaron una exposición en la Galería Animal para vender sus fotografías y las de otros que lo conocieron, como el fotógrafo Guy Wenborne. Lo recaudado se destinó a la construcción del refugio.
El proyecto lo lideró Marco, y se llama Líneas de Libertad. Fue toda una hazaña. En mayo de 2019 el piloto del helicóptero que debió llevar las partes de la construcción en 15 vuelos les advirtió que era muy arriesgado y que ante cualquier viento amenazante soltaría la carga. Eso no sucedió. En tres días de arduo trabajo, junto a un grupo de amigos y colaboradores, levantaron el refugio Cristóbal Bizzarri Lyon. “Fue un proyecto muy bonito que también a mí me dio mucha seguridad en el sentido de que hicimos algo que era prácticamente imposible, y me dio seguridad también para tomar la decisión de irme a Londres, sabiendo que era muy difícil”.
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