Trump y el fin de la hegemonía estadounidense
Por: Joseph E. Stiglitz
Publicado: Lunes 5 de enero de 2026 a las 04:00 hrs.
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Se ha vuelto prácticamente una rutina terminar cada año hablando de la “policrisis”, y reconociendo la dificultad de anticipar un futuro que parece plagado de riesgos de nuevas guerras, pandemias, crisis financieras y devastación provocada por el clima.
Sin embargo, 2025 añadió un ingrediente singularmente tóxico a esta mezcla: el regreso a la Casa Blanca de Donald Trump, cuyas políticas erráticas e ilegales ya han trastocado la era de la globalización de la posguerra. Ante tanto caos e incertidumbre, ¿podemos decir con alguna certeza hacia dónde se encaminan la economía estadounidense y la economía global?
Una cosa que podemos decir es que a la economía estadounidense no le está yendo tan bien como nos quiere hacer creer Trump, un eterno embaucador. La creación de empleo está prácticamente paralizada, lo cual no es de extrañar, dado que Trump ha venido sembrando incertidumbre y debilitando la economía de formas sin precedentes.
Del lado de la oferta, su política más perniciosa ha sido el ataque frontal a los trabajadores inmigrantes (y, en general, a los trabajadores estadounidenses de piel más oscura). Las deportaciones masivas llevadas a cabo por la administración -a cargo de agentes enmascarados del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por su sigla en inglés), que detienen a personas en las calles- han acabado con la fuente más importante de mano de obra adicional en un momento en el que la población activa nacional está disminuyendo.
EEUU ya no es tan importante como antes. Ahora representa menos del 10% de las exportaciones globales. Si bien las ganancias de algunas empresas se resentirán en una economía global postestadounidense, otras se beneficiarán.
Esto es importante para todos, porque los estadounidenses no solo dependen de los inmigrantes en sectores que van desde la agricultura y la construcción hasta la hostelería y los cuidados, sino que estos inmigrantes también son una fuente de demanda. Sin embargo, ahora, muchos estadounidenses de color, incluso ciudadanos estadounidenses, tienen miedo de salir de sus casas por temor a ser secuestrados y maltratados por el ICE.
Los efectos negativos de los recortes indiscriminados de Trump al Gobierno también se han extendido por toda la economía. Las contracciones gubernamentales tienen efectos multiplicadores, al igual que las expansiones, y en el contexto actual, los costos se han amplificado por la naturaleza errática del proceso. El enfoque incompetente y torpe de la administración ha sembrado una incertidumbre aún mayor y ha inducido un comportamiento cauteloso por parte de las empresas y de los consumidores.
Los aranceles de Trump -ya sean impuestos o amenazados- y otras políticas intermitentes deberían reconocerse por lo que son: un impacto importante en la economía desde el lado de la oferta. Han añadido inútilmente incertidumbre a los costos de producción y a los precios que pagan los consumidores cuando compran, haciendo imposible que las empresas realicen una planificación seria a largo plazo.
Y estos son solo efectos a corto plazo. Las perspectivas a largo plazo de la economía estadounidense parecen aún más sombrías, todo gracias a Trump. Al final de cuentas, la ventaja comparativa de Estados Unidos siempre se ha basado en la tecnología y en una educación superior sin restricciones. Al atacar la investigación e intentar privar a las universidades de fondos federales a menos que se sometan a sus exigencias, Trump está disparándole a la economía de EEUU en el pie.

Premio Nobel de Economía, fue economista jefe del Banco Mundial y presidente del Consejo de Asesores Económicos del Presidente de EEUU, es profesor de la Universidad de Columbia y autor, más recientemente, de The Road to Freedom: Economics and the Good Society (W. W. Norton & Company, Allen Lane, 2024).
Como han subrayado numerosos premios Nobel de Economía, la “riqueza de las naciones” reside en las instituciones, en particular el Estado de derecho. Pero Trump está pisoteando el Estado de derecho y lo está sustituyendo por un régimen extorsivo de acuerdos (y de autocontratación), en el que se otorgan favores gubernamentales (como licencias de exportación para Nvidia o subsidios para Intel) a cambio de participaciones en las ganancias futuras de la compañía.
Por supuesto, con el tiempo, los blancos de extorsión de Trump disminuirán. Tras reconocer el peligro de depender de EEUU, muchos países ya están buscando nuevos acuerdos comerciales.
El futuro de una ilusión
¿Por qué, entonces, el PIB sigue creciendo (aunque no con la misma fuerza que durante la presidencia de Joe Biden), en tanto el mercado bursátil alcanza nuevos máximos y la inflación se mantiene por debajo de los niveles sobre los que habían advertido los críticos?
Existen múltiples explicaciones para esta aparente fortaleza. Con respecto al mercado bursátil, el auge es en realidad muy limitado, confinado principalmente a un puñado de gigantes tecnológicos: Alphabet, Amazon, Apple, Meta, Microsoft, Nvidia y Tesla.
Sin embargo, las valoraciones de estas empresas reflejan expectativas de ganancias monopolísticas a largo plazo que podrían no materializarse nunca (esto es especialmente en el caso de Tesla, debido a la adhesión de Elon Musk a Trump, que ha distanciado a muchos consumidores).
Estoy entre los muchos comentaristas que ven las valoraciones actuales como el producto de una burbuja -una burbuja que ha sostenido no solo el mercado bursátil, sino toda la economía-. Los enormes gastos de capital en inteligencia artificial han compensado la debilidad del resto de la economía.
Pero, como todas las burbujas, ésta acabará estallando. Nadie sabe con exactitud cuándo, pero considerando que una parte tan grande de la economía depende de un solo sector, el colapso se dejará sentir inevitablemente de forma generalizada.
Peor aún, si la IA tiene el éxito que anticipan sus defensores, sería un presagio de otros problemas graves, porque entonces la tecnología probablemente desplazaría a muchos trabajadores y causaría una desigualdad aún mayor. Si a esto le sumamos la reducción del Gobierno que exigen los libertarios tecnológicos de Silicon Valley, cabe preguntarse qué sostendría la economía estadounidense en los próximos años.
En cuanto a la inflación, hay una explicación sencilla de por qué aún no ha aumentado marcadamente. Para empezar, los aranceles de Trump, en general, no han sido tan altos como amenazó en un principio (aunque el arancel punitivo del 50% impuesto a India, un país al que EEUU había tratado como amigo antes del regreso de Trump, es escandalosamente brutal).
Asimismo, los efectos de los aranceles suelen notarse con mucho retraso. Muchas empresas se abstuvieron de subir los precios hasta ver qué hacían sus competidores, y algunas no los subirán hasta que se agoten las existencias de los productos que compraron antes de la imposición de los aranceles.
Pero si los aranceles amenazados por Trump contra China alguna vez se impusieran realmente, la cosa cambiaría. De hecho, la desarticulación de las cadenas de suministro podría desencadenar subidas de precios mayores que los propios aranceles.
Eso me lleva a la pregunta fundamental: ¿qué país se sometería voluntariamente a los caprichos de un rey loco? No es que EEUU tenga un control absoluto del suministro de minerales críticos o tierras raras, sin los cuales la era industrial moderna se desmoronaría. Tampoco es que no haya mercados en otros lugares. La ley de la oferta y la demanda funciona igual de bien sin EEUU que con él.
Como nos enseñaron Adam Smith y David Ricardo, el crecimiento económico consiste en aprovechar las ventajas comparativas y las economías de escala. Pero como nos ha enseñado Trump (y el Presidente ruso, Vladimir Putin), depender de socios comerciales poco fiables puede ser enormemente perjudicial.
Además, EEUU ya no es tan importante como antes. Ahora representa menos del 10% de las exportaciones globales. Si bien las ganancias de algunas empresas se resentirán en una economía global postestadounidense, otras se beneficiarán. Mientras que algunos trabajadores tendrán que buscar un empleo alternativo, otros encontrarán una nueva demanda para sus habilidades.
Sin duda, el corto plazo no será fácil. Pero en la nueva economía global que surja en el largo plazo, EEUU habrá perdido su hegemonía. Hacia allí nos dirigimos al entrar en el segundo año de vida a merced de los caprichos de un Presidente desquiciado.
La transición ya ha comenzado, y aunque el crecimiento global se verá afectado, el dolor puede ser menor de lo que muchos temen. En Europa, por ejemplo, las inversiones en rearme -otro subproducto de las políticas autodestructivas de Trump- supondrán un impulso importante.
Tal vez el momento decisivo llegue con las elecciones de mitad de mandato de EEUU en noviembre de 2026. Unas elecciones que no sean tan libres y justas como cabría esperar de una democracia genuina (como muchos temen) marcarían un punto de inflexión sombrío. Pero si el creciente descontento con la gestión económica de Trump y el deslizamiento del país hacia el autoritarismo resultan en que los demócratas recuperen al menos una de las cámaras del Congreso, eso supondrá un punto de inflexión en la otra dirección. En cualquier caso, EEUU y el mundo seguirían enfrentándose al menos a otros dos años de incompetencia económica e incertidumbre.
Copyright: Project Syndicate, 2025.www.project-syndicate.org
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