Por: Lucy Kellaway
Publicado: Lunes 24 de octubre de 2016 a las 04:00 hrs.
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Cuando uno va a una cena de etiqueta, conversa con la persona que se encuentra a su lado derecho durante la entrada, con la persona que se encuentra a su lado izquierdo durante el plato principal. A veces las conversaciones son entretenidas, pero con mayor frecuencia son lentas y aburridas. Se pueden disfrutar las conversaciones o sólo soportarlas y después uno se va a casa.
Eso es, a menos que se trate de Robert Hiscox. El fundador de la compañía de seguros epónima me dijo hace unos años que al final de una cena se dirigía a las personas a ambos lados y les ofrecía su opinión sobre su conversación. Diría: “Disfruté sus perspectivas sobre la Unión Europa, pero me podía haber preguntado cuáles eran las mías”. O: “Fue interesante aprender lo bien que le iba a su hijo en la escuela, pero usted me pareció reacio a discutir otros temas”.
En el momento me quedé estupefacta. ¿Cómo podía ser tan mal educado? Hiscox me aseguró que conversar en las cenas de etiqueta es un arte; es difícil mejorar en cualquier cosa si nadie nos dice lo que estamos haciendo mal. Yo protesté que ya había demasiado “feedback” en el mundo. A veces es mejor que nos dejen tranquilo mientras hacemos lo mejor que podemos.
Dos cosas me han hecho cambiar de opinión. La primera es que en los años transcurridos desde entonces he estado en demasiadas cenas, sentada al lado de demasiadas personas que no han hecho ningún esfuerzo. La segunda es que aunque ya hay demasiado “feedback” general e inútil (no, no quiero calificar mi experiencia con la seguridad en la Terminal 5 de Heathrow), casi no hay comentarios específicos que nos ayuden a mejorar.
Hace poco recibí un correo electrónico de un hombre que había estado en un discurso que yo acababa de dar. “Tiene que resolver ese problema de su cabello y los lentes para leer”, escribió. “Cada vez que se pone los lentes, el cabello le cae sobre el ojo izquierdo y tiene que echarlo a un lado. Luce de lo más divertido, pero ¡¡debe ser embarazoso!! Como alguien que habla en público constantemente, yo siempre quiero recibir comentarios. ¡Espero que no le moleste que se lo haya señalado!”
Sí me molestó. A diferencia de él, nunca me gusta recibir comentarios, a menos que sean totalmente positivos. Y en todo caso, ¿cómo se atreve? Yo nunca le pedí su opinión. Y si pensó que unos cuantos puntos de exclamación iban a hacer más aceptable su mensaje, estaba cometiendo un grave error.
No obstante, sus palabras dieron en el blanco. No era nada simpático pensar que el buen humor del público había sido principalmente debido a mi pelo. Así que para los próximos discursos imprimí las notas en letra de 24 puntos para poder leerlas sin lentes, y me corté el cabello para no correr el peligro de distraer a mi audiencia.
Pensándolo bien, el “feedback” de este hombre fue casi perfecto. Era directo sin ser descortés. Era claro sobre lo que estaba mal, lo cual tenía algún arreglo. Venía de una fuente desinteresada, y llegó por correo electrónico, salvándome de que me viera ruborizarme.
La semana pasada, otros comentarios no solicitados cayeron en mi buzón de entrada. Esta vez venían de alguien que me agradecía haber hablado en el congreso que él había organizado. Después de un principio amable, el correo electrónico terminaba así: “Siempre trato de concluir con un consejo para mejorar. Fue un poco complicado contactarla, confirmar su viaje, y hacer los arreglos. ¿Le podría sugerir que contratara un asistente?”
Esto también estaba bien por estar claro, sólo que era algo más difícil de arreglar que mi cabello ya que los asistentes no son baratos. Pero me dijo que mi costumbre de ignorar los correos electrónicos administrativos era un problema. He tenido en cuenta el problema y trataré de estar más alerta.
La prueba de los comentarios no solicitados no es si son descorteses o molestos, sino si contribuyen al bien mayor. Ya no me toco el cabello, y me he dedicado a responder con más puntualidad: el mundo es un lugar más feliz.
Poco después de mi almuerzo con Hiscox me sentaron en una cena al lado de un bien conocido y presumido locutor. Durante la comida hice lo posible por ser agradable; él permaneció taciturno, luciendo catatónico y ligeramente incrédulo mientras yo le acosaba con preguntas y anécdotas.
Al final de la noche quería darle una calificación, pero no lo hice. Después me arrepentí: Estoy segura que si le hubiera explicado su pobre comportamiento él habría quedado primero atónito, después mortificado. Posiblemente no le hubiera caído muy bien, pero tal vez a raíz de mis comentarios haría un mayor esfuerzo en el futuro. La próxima vez, lo haré.
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