Por: Equipo DF
Publicado: Viernes 3 de marzo de 2017 a las 04:00 hrs.
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El amor y la vida tienen cuatro enemigos mortales. El primero es el odio, que aborrece la sola existencia y no tolera la presencia del ser aborrecido: no descansará hasta aniquilarlo. El segundo es la envidia, úlcera que perfora el alma del envidioso con la obsesiva ansiedad de quitarle brillo y mérito al ser envidiado: no descansará hasta dejarlo fuera de carrera. El tercero es la indiferencia, gélida contrapartida del ardor incombustible de la envidia y del odio, pero similar a ellos en el resultado: la indiferencia mata. Y el cuarto es la mediocridad, la prematura tendencia a contentarse con la mitad de lo posible e instalarse en la calidad media: en la dinámica del amor y de la vida, o se crece sin cesar y sin medida o se retrocede en caída libre y fatal.
De estos cuatro enemigos, el odio y la envidia son los más vistosos; la indiferencia es la más dolorosa; y la mediocridad es la más peligrosa. Escondida, disimulada, no atrapa tanta atención como el militante ardor de la envidia y del odio. Revestida de una porciúncula de mérito y empeño, parece menos fría y algo más inocua que la indiferencia. Allí, precisamente, radica su letal peligrosidad.
Un médico que pasó raspando sus exámenes y, una vez titulado, se autodispensó eternamente de estudiar, participar en cursos de aggiornamento y perfeccionamiento, limitándose a exprimir el limón de las pocas certezas que creyó haber adquirido en su paso por la Facultad y el hospital clínico, es un peligro para sus pacientes. Un abogado litigante, un juez que se contentaron con “el cuatrito” y jamás volvieron a sumergirse en la sabiduría de los jurisconsultos y el estudio remozado del Derecho comparado, son un peligro para la recta administración de justicia. Ni qué decir un ingeniero que no está al día con las normas de construcción y los cálculos de resistencia o fatiga de materiales: este sí que es un peligro para la sociedad.
En las relaciones conyugales y familiares rige la ley del hogar, es decir del fuego: si no se repone a diario la leña, si no se está atento al agotamiento del combustible sobreviene el bochorno de la “panne del tonto”. El amor es como el fuego, hay que reencenderlo a diario y nunca dice “¡basta!”. Ni la libreta del civil ni la bendición divina y eclesial garantizan por sí solas la permanencia en el jurado amor. Sabio es el vulgo: “camarón que se duerme se lo lleva la corriente”.
¿Consecuencias prácticas? Aborrecer la mediocridad. Aspirar al premio mayor. Estudiar, estudiar siempre, todos los días, con ocasión y sin ella, porque sí, porque es un bien en sí y porque la Verdad no se termina de poseer. Y alimentar a diario el amor, porque si no lo alimentas lo matas.
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