Por: Equipo DF
Publicado: Viernes 23 de diciembre de 2016 a las 04:00 hrs.
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humanas que tienen poca edad, poca experiencia, obran con poca reflexión o advertencia, viven en estado de inocencia, deleitan o abochornan a los adultos por su transparencia, padecen total indigencia, encarnan desde su concepción la más absoluta dependencia y llevan dentro de sí el germen de toda posible trascendencia. Sin niños no hay futuro. De ahí que las inderogables leyes de la naturaleza hayan configurado anatómica, cerebral y espiritualmente al varón y a la mujer, dotándoles de un instinto, apetito, pasión e innata virtud que los atrae entre sí como un imán y los impele a esperar, engendrar, cuidar, alimentar y educar niños que serán su futuro personal y asegurarán el futuro de la especie humana. Sin niños no hay futuro. Todo niño es, desde su concepción, una promesa, y desde su nacimiento una certeza de salvación del mundo. Sin niños no hay salvación.
La verdad que estas premisas imponen con tanta evidencia parece chocar con las igualmente evidentes limitaciones de todo niño. ¿Cómo una criatura que personifica todas las carencias vitales podría erigirse y saludarse como nuestro salvador? Quien se haga esta pregunta y no conozca la respuesta habrá con ello documentado que no tiene experiencia de haber engendrado, concebido, custodiado o educado a un niño. Son precisamente esas carencias vitales, ese estado de absoluta indefensión, ese reclamo imposible de acallar: “tómame, abrázame, mírame a los ojos, dame de comer, arrópame, guárdame de todo mal, enséñame a reconocer y hacer el bien; y siempre y en todo y por sobre todo ámame, porque sin tu amor yo no puedo vivir, yo existo porque tú me amas”; es la indigencia del niño la que salva al adulto de lo que mata al niño y al adulto: carencia de amor. El narcisismo, la habitualidad de pensar primero y después en el supremo interés de uno mismo, el morboso enamoramiento de la propia imagen como criterio excluyente de toda otra prioridad o realidad, acaba con la muerte de Narciso en el ahogo y asfixia de su antinatural espejismo.
El espejo del adulto que quiere salvarse son los ojos de un niño. Allí reencuentra y reaviva su nostalgia por el Paraíso perdido: el estado de inocencia y transparencia que no necesita ropaje ni escondite. La pureza incapaz de doblez en el mirar, hablar y obrar. La alegría de jugar, prueba de libertad, alimento y seguro del amor. La eficacia del llorar como modo de orar que doblega al todopoderoso y le conmina a cumplir su deber de cuidado. Y esa ingenua, risueña despreocupación que trasunta una certeza: “tengo a quien responda por mí”. Por eso tu niño te mira y te admira como su salvador. Pero es él quien te salva: a ti y a la humanidad. Nacerá mañana. Tú renacerás con El.
Niñosopinión
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