La papaya, uno de los cultivos más característicos de la Región de Coquimbo, está perdiendo terreno a un ritmo que preocupa al sector agrícola. Los datos del último Catastro Frutícola de la Oficina de Estudios y Políticas Agrarias (Odepa), actualizado en 2024, revelan que la superficie regional plantada se sitúa hoy en torno a las 103 hectáreas, frente a las más de 200 que había una década atrás. Si el análisis se extiende hasta el catastro de 1997, cuando la región contaba con cerca de 283 hectáreas, la pérdida acumulada supera el 60%.
La mayor concentración del cultivo se ubica en La Serena, donde hoy están plantadas entre 80 y 83 de esas 103 hectáreas, representando casi 80% del total regional. La comuna de Canela completa el mapa productivo con aproximadamente 23 hectáreas.
Según Giovanni Lobos, del Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA) Intihuasi, el catastro de 2021 registraba 21 huertos activos en La Serena; hoy ese número no ha crecido y las perspectivas de expansión son casi nulas.
El cemento le gana al campo
El primer golpe al cultivo vino desde el propio mercado. El negocio inmobiliario resultó más rentable que la agricultura. Los huertos de papaya se ubican históricamente en zonas cercanas al centro urbano de La Serena, lo que los convirtió en terrenos con alta demanda para el desarrollo residencial.
“Como el sector donde estaban los huertos es muy cercano al centro urbano de La Serena, ha pasado el cambio de ese suelo agrícola a parcelas de agrado principalmente, por la rentabilidad que ha tenido el negocio inmobiliario. Si los productores sacan la cuenta de su terreno entre papayas o parcelas de agrado, las parcelas son mucho más rentables” señala Lobos.
A este factor se suma el envejecimiento de los huertos. La falta de renovación de plantas ha limitado la continuidad productiva, reduciendo tanto rendimientos como el interés de los agricultores en mantener el cultivo.
La sequía es crítica
El segundo factor es más estructural y afecta a toda la agricultura regional. Desde 2011, la falta de lluvia ha reducido la disponibilidad de agua para los cultivos. Hoy la situación es crítica.
“Hoy día solamente tenemos 11% de la capacidad del agua embalsada. Si no tenemos lluvias considerables en este invierno que puedan recuperar los embalses, también es la gran amenaza que tiene el cultivo” advirtió Lobos.
La papaya es además especialmente sensible a las bajas temperaturas, lo que limita geográficamente su cultivo a zonas libres de heladas. Trasladar los huertos hacia comunas del interior, como Vicuña, no es una solución viable, ya que las temperaturas cercanas a cero en invierno hacen inviable el cultivo allí.
Una fruta con márgenes estrechos
A diferencia de la palta o los cítricos, la papaya chilena no se comercializa como fruta fresca en supermercados ni ferias. Su destino es casi exclusivamente la industria.
“El 90% o 95% de la producción de papaya se va a la agroindustria para el deshidratado, para las papayas en conserva. Son alrededor de 1 a 1,5 toneladas por hectárea y eso es muy bajo. Si lo comparas con el mandarín, que puede sacar cerca de 10 o 15 toneladas por hectárea, la diferencia es enorme”, explicó el experto del INIA.
Esta baja productividad explica en parte por qué los agricultores no ven atractivo en el cultivo. La producción se concentra en dos o tres empresas que lideran el mercado de subproductos, mientras algunos emprendedores con financiamiento de la Fundación para la Innovación Agraria (FIA) han abierto una línea cosmética basada en aceites y extractos de la semilla de papaya, buscando un valor agregado fuera del circuito tradicional.
Menos oferta, precios al alza
La menor superficie cultivada, la baja productividad y la fuerte dependencia de la agroindustria están empezando a presionar los precios. Si la tendencia sigue, el impacto terminará llegando directamente a los consumidores.
“Si esta superficie no se mantiene en el tiempo, los subproductos que se generan de la agroindustria de la papaya van a aumentar considerablemente al precio al consumidor”, proyectó Lobos.
Sobre el futuro del cultivo, la visión del experto no deja mucho margen para el optimismo. “Si no cambian las condiciones, la reducción del cultivo de la papaya va a seguir en los próximos años, si sigue la amenaza del rubro inmobiliario y si las proyecciones de oferta hídrica tampoco cambian”, afirmó.
Mientras tanto, los dos o tres actores que dominan la industria de subproductos de papaya en Chile seguirán operando con una materia prima cada vez más escasa, en una zona marcada por la presión inmobiliaria y la sequía.