El antipiñerismo no logró ganarle a Piñera
El expresidente obtuvo 3,7 millones de votos, más de 300.000 más que los que sacó Bachelet hace cuatro años.
Por: Rocío Montes
Publicado: Lunes 18 de diciembre de 2017 a las 04:00 hrs.
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En una elección que no fue para nada estrecha –aunque una de las más inciertas desde el retorno a la democracia– finalmente el expresidente opositor Sebastián Piñera logró imponerse con holgura a la centroizquierda de Alejandro Guillier. No ha sido por un margen mínimo, como se esperaba. Ni voto a voto. Logró ganar las elecciones 2017 en línea con la fuerza que la derecha y su bloque Chile Vamos había mostrado en las municipales 2016 y en las recientes parlamentarias, donde logró 73 de los 155 escaños en la Cámara Baja. No sería una sorpresa si no hubiese sido porque el poder predictor de las encuestas quedó debilitado en noviembre –lo que hizo dudar de todo– y por la inyección de ánimo que tuvo el oficialismo luego de la primera vuelta de hace un mes y que hizo pensar que su candidato podía dar una pelea ajustada.
Piñera y Chile Vamos tenían todo para conseguir esta victoria, que tuvo una segunda vuelta sufrida, pero que terminó con un 54% inesperado y contundente: 3,7 millones de adherentes, que sobrepasan en más de 300.000 a los que eligieron en 2013 a Bachelet. De todos los presidentes electos desde el retorno a la democracia, en esta elección Piñera sacó la tercera mayor cantidad de votación, luego de Eduardo Frei en 1993 (4.040.497) y Patricio Aylwin en 1990 (3.850.571).
Tenía, efectivamente, todo para conseguir esta victoria:
Una coalición Nueva Mayoría quebrada en dos, por primera vez en 30 años. Un oficialismo que tuvo dificultades gruesas para elegir a su candidato presidencial y que, en la carrera, dejó heridos a los principales símbolos de su sector, como el expresidente Ricardo Lagos. Un gobierno en problemas que, durante una buena parte de la campaña –salvo en segunda vuelta, donde ya Bachelet estaba con un 40%– representó una mochila y no precisamente una ayuda. Un escenario económico que terminó siendo un impulso importante para apostar por una alternancia. Un contrincante –Guillier– que tuvo que enfrentar casi en solitario una buena parte de la campaña, cuando los principales líderes de la Nueva Mayoría habían dejado de pensar en la presidencial, para asegurar sus respectivos cupos en el Congreso.
El candidato tenía problemas, siempre fue evidente, pero su resultado es expresión de una coalición de centroizquierda descompuesta que se resiste a repensarse a sí misma. No perdió Guillier sino la Nueva Mayoría (o lo que queda de ella). El senador por Antofagasta solo reconociendo la victoria anoche, acompañado por su familia, es en parte el reflejo de lo que fue ese año de campaña.
A diferencia de 2009 –cuando perdieron el poder luego de 20 años–, la centroizquierda debería entrar en un profundo proceso de renovación. Repensarse a sí misma. Ya no está Bachelet ni nadie para salvarlos de esta noche oscura que parecía evidente hasta la primera vuelta, pero que se hizo menos nítida por el escenario confuso que se instaló en estas cuatro semanas y que hicieron pensar que nadie entendía nada. Comienza la larga y oscura noche de la centroizquierda en Chile, de la que habló Carlos Ominami y de la que escribió Ascanio Cavallo.
La centroizquierda moderado o reformista –que no es en ningún caso lo mismo que la Nueva Mayoría– está contraída en Chile, sin espacio. Lo mismo pasa con el socialcristianismo. Con los sectores que lideraron la transición fuera del escenario, los que quedan jugando –por ahora– son aquellos que apostaron por una posición menos apegada a una valoración de la transición democrática y que le declaran un cierto amor no correspondido al Frente Amplio, como los define Ernesto Ottone.
Serán 16 años consecutivos de gobiernos de Bachelet y Piñera. ¿Quién dijo renovación?
El triunfo de Piñera es nítido y contundente, pero los cuatro años que vienen –con un Congreso multicolor, renovado como nunca antes y sin mayorías– demandarán que el presidente electo y que Chile Vamos se esmeren en reconocer los errores –que desplegaron en segunda vuelta como guiados por un manual– y se enfoquen en entender a un nuevo Chile que hasta ahora ninguna fuerza política ha logrado comprender del todo. Tampoco olvidar los consensos y los acuerdos que marcaron una transición denostada por algunos grupos –incluido parte del oficialismo–, porque con un Congreso dividido se deberá conversar y parlamentar, pese a las diferencias. La derecha tiene 73 de los 155 diputados en la Cámara Baja y 19 senadores de los 43 senadores –el mejor resultado desde 1990–, pero eso ahora no les basta.
Sumando el voto de Sánchez y de otros candidatos de izquierda al de Guillier, el gobierno y la propia presidenta Bachelet concluyó luego de la primera vuelta que el electorado apoyaba sus reformas. Esa lectura, en parte, animó y movilizó a su electorado para que Guillier pasara de 1.497.116 a 3.156.146.
Pero recién comienzan las preguntas y todavía es demasiado pronto para sacar conclusiones cerradas, en blanco y negro. ¿Que Piñera haya obtenido un inédito 3,7 millones para la derecha significa necesariamente que la gente no quiere cambios? ¿eso significa? ¿Se puede hablar de cambios –en genérico– como si no hubiesen tipos de cambios, formas de llevarlos a cabo, orientaciones? ¿El 54% de Chile Vamos en esta presidencial quiere decir necesariamente que la ciudadanía está en contra de determinadas reformas, aunque el mismo Piñera haya ganado con banderas de última hora como abrirse a la gratuidad? ¿Qué ocurre con el malestar? ¿Está totalmente desechada la idea de la indignación, cuando un 20% respaldó hace menos de un mes a Beatriz Sánchez? Pero, ¿es su electorado realmente indignado? Y… ¿qué quieren realmente los chilenos? ¿Cambios con estabilidad, como en los últimos meses explicaba Harald Beyer?
Habrá tiempo para que los expertos comiencen a responder estas preguntas, que serán clave tanto para el gobierno como para la oposición.
En el campo de La Moneda, Bachelet sufrió una derrota: perdió su candidato, no pudo asegurar la sucesión y deberá entregarle otra vez el poder a Sebastián Piñera, aunque a última hora, este último mes se empeñó en arropar a Guillier y cambiar, en parte, el ánimo del oficialismo con la lectura de que una mayoría estaba a favor de los cambios. Dejará el Palacio con su coalición destrozada –¿cuánta responsabilidad le cabe a ella y cuánta a una clase política que venía con problemas mucho antes?–, pero no se le podrá cobrar a la socialista no haberse jugado por Guillier. La presidenta, por otra parte, sigue subiendo en respaldo y logró correr el cerco en temas simbólicos para su Administración, como la gratuidad en educación superior.
El comportamiento del Frente Amplio en esta segunda vuelta deberá explorarse con mayor detención. El diputado Gabriel Boric anoche señaló que quedó claro que no bastaba con el antipiñerismo para convocar a una mayoría y que “Guiller no se comprometió con las transformaciones profundas”, a lo que se debe el resultado. “La principal responsabilidad de su derrota es de quienes lideraron la campaña”. Pero en determinados bastiones del Frente Amplio –como la comuna de Valparaíso– su electorado parece haber respaldado al candidato del oficialismo. En la primera vuelta, por ejemplo, Sánchez obtuvo un 36,76%, Piñera un 26,58% y Guillier un 19,01%. Este domingo, Guillier llegó a un 55,51%, lo que es prácticamente el mismo porcentaje que obtuvo en noviembre sumado al respaldo de Sánchez. En esta comuna, al menos –donde la periodista obtuvo su mejor desempeño–, el electorado del Frente Amplio fue disciplinado y se plegó al senador por Antofagasta, como el alcalde Jorge Sharp.
Todavía, sin embargo, faltan datos para conocer mejor al electorado de Sánchez –que es superior al del Frente Amplio en las parlamentarias– y definir correctamente su comportamiento.
Porque el 54% de Piñera y su inédito 3,7 millones de votos se explicaría no tanto por una escasa movilización del Frente Amplio, como por la mayor movilización de la oposición. Porque contra todos los pronósticos –y para algunos este es el dato más sorprendente que dejó este domingo– en esta segunda vuelta la participación aumentó en 327.000 votos. La derecha era –hasta ahora- un sector que no había mostrado su despliegue. Pero Chile está mutando…
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