Análisis| La política en un punto de inflexión
No se trata de un asunto de derecha o de izquierda. La calle no es de ni un u otro sector. La clase política –completa– está desafiada ante la crisis
Por: Rocío Montes
Publicado: Domingo 20 de octubre de 2019 a las 19:00 hrs.
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Probablemente es demasiado pronto como para realizar encontrar las razones sobre lo que ocurre en Chile. Para algunos, como Eugenio Tironi indicó en este mismo diario, estas protestas son similares a las de los chalecos amarillos en Francia. Para otros, a las recientes de Quito o Barcelona. Para el influyente periodista Michael Reid –Bello en The Economist–, las actuales revueltas chilenas son parecidas a las de São Paulo de 2013 y no tanto a las anteriores. Las protestas siguen en desarrollo en diferentes ciudades de Chile –con inéditas imágenes de violencia y vandalismo– y de seguro deberán pasar algunos días, semanas y meses antes de que podamos tener los elementos suficientes para comprender lo que sucede en este país, que hasta hace poco parecía un oasis dentro de una Latinoamérica convulsionada, como indicaba el presidente.
Pero existen al menos un puñado de elementos que comienzan a asentarse y que explican, en parte, esta tormenta perfecta. Por ejemplo:
A estas alturas nadie duda de que existe un malestar en la sociedad que trasciende el pasaje del metro. No solo desde la oposición, sino desde el oficialismo, lo reconocen. Como han explicado los investigadores sociales, desde hace años se advierte el profundo desasosiego.
¿Es el mismo desasosiego que comenzó a expresarse en 2006, con los pingüinos, que terminó de reventar en 2011? En este punto existe menos consenso. ¿Las protestas buscan un cambio en el modelo económico? Tampoco existe una única respuesta.
Parece tratarse de un grito contra la desigualdad o –al menos– de un reclamo de los grupos medios –el de los sueldos de 550.000 mensuales– por participar de los beneficios, acorde a sus expectativas. Aunque poco científicas –claro– circulan por estos días por las redes sociales un sinnúmero de panfletos que dan ciertas luces sobre lo que se reclama: "Pensiones indignas, salud precaria, sueldos miserables, educación de mala calidad, licencias médicas por depresión, deuda universitaria vitalicia, sueldos de la élite política, delincuencia sin control, empleos precarios, Pacogate y Milicogate".
El vandalismo –masivo y condenable– no debería nublar a las mentes observadoras que buscan comprender lo que le sucede a Chile. Se trata probablemente de la paradoja monumental de la que se ha escrito mucho: crecer y desarrollarse conlleva, a su vez, grandes problemas.
¿Pudo haber ocurrido en un gobierno de distinto signo? Probablemente. Existe cierto acuerdo en que se trata de una especie de olla a presión y que lo del pasaje del metro fue la mecha que terminó por explotar, la excusa. De hecho, el descontento se comenzó a mostrar en el gobierno de Bachelet en 2006 con la revolución de los pingüinos y, luego, con el Transantiago.
Pero existen algunos elementos que sirvieron como bencina al fuego, indudablemente. No ayudó lo de las contribuciones del presidente Piñera en su casa de Caburgua, hace algunos meses. Tampoco las frases desafortunadas del ministro de Hacienda y de Economía a propósito de las flores y de la levantada temprano, respectivamente. Como en otras ocasiones, dejaron en evidencia la poca sintonía con los ciudadanos.
Adicionalmente, el gobierno no supo advertir a tiempo lo que ocurría. Ya no por no leer a la sociedad correctamente –algo que no ha hecho prácticamente nadie–, sino por no tomarle la temperatura al conflicto del pasaje del metro desde sus inicios: las evasiones comenzaron el mismo lunes 6, cuando debutaron las alzas. ¿Qué parte del termómetro del Ejecutivo no funcionó correctamente en esta ocasión? No ayudó nada –es evidente ahora– la respuesta enfocada netamente en lo policial.
El gobierno ha sido especialmente torpe, como lo ha sido toda la clase política, que no ha estado a la altura. La inmensa parte de la oposición parece sacando ventaja –azuzando– como pasando por alto que no se trata de un asunto de derecha o de izquierda y que la calle no es de ni un u otro sector. Ni siquiera el Frente Amplio –según reconocen en el mismo Frente Amplio– representa actualmente algo de este malestar vigente incluso antes de su conformación. Como el resto de los parlamentarios, sus 20 representantes en el Congreso todavía se encuentran demasiado lejos de la ciudadanía.
La política, unos y otros, llegaron a un punto de inflexión. El Ejecutivo, probablemente, deberá redefinir desafíos para los dos años que quedan. ¿El programa? Quien sabe lo que ocurra con el programa y con el actual gabinete, que el presidente Piñera deberá cambiar en las próximas horas o días, de querer dar una señal potente ante el país. La oposición, en paralelo, debería repensar sus ambiciones para lo que vienen y partir –acaso– con el diagnóstico pendiente sobre la derrota electoral en 2017.
La clase política –completa– está desafiada ante una crisis que necesita resolverse con buena política. Necesitará el apoyo de los diversos sectores de la sociedad –del empresariado, sin duda–, porque se trata de una misión titánica de reconstrucción.
Dado el descontento difuso, inorgánico y múltiple que existe en las calles de Santiago y de todo Chile, es de esperar que no sea demasiado tarde.
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