Escoger a Romney sería dar un paso atrás
Si hay algo en que casi todos los estadounidenses están de acuerdo es que el desempeño de la economía ha sido decepcionante...
Por: Equipo DF
Publicado: Miércoles 31 de octubre de 2012 a las 05:00 hrs.
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Si hay algo en que casi todos los estadounidenses están de acuerdo es que el desempeño de la economía ha sido decepcionante: el crecimiento es muy lento y el desempleo demasiado alto. Una gran proporción del electorado se inclina a culpar al presidente por esta decepción. Es un milagro que bajo esas circunstancias Barack Obama todavía tenga una oportunidad de ganar.
Pero este estado de la situación no es una sorpresa. A comienzos de febrero de 2009, abrí una columna preguntando: “Ha fracasado ya la presidencia de Barack Obama”. Mi argumento era que “hacer demasiado poco es ahora mucho más riesgoso que hacer demasiado”. El presidente de hecho actuó, pero no de manera suficientemente decisiva.
Eso fue el pasado. Ahora, consideremos el futuro. Sugiero que cuatro desafíos económicos son particularmente importantes: la demanda, la oferta, la desigualdad y la solvencia fiscal. Economistas de ambos lados reconocen la debilidad de la demanda privada, aunque discrepan acerca de sus causas. Mi diferencia respecto de ambas partes es que creo que esta debilidad es estructural, y no cíclica.
El argumento puede fundamentarse mirando los balances del sector financiero (la diferencia entre el ingreso y el gasto sectorial, como porcentaje del PIB). EEUU ha registrado desde hace mucho con el extranjero. Desde la crisis, estos han caído en forma modesta. Si los extranjeros registran superávit, los agentes locales deben arrojar déficit. En el mundo post-crisis, los hogares y las empresas también acumulan superávit. Esto ha traspasado los déficit al gobierno.
¿Puede cambiar esta situación sin provocar una recesión? No será fácil. Supongamos que los extranjeros siguen anotando superávit de 3% del PIB, mientras que el déficit fiscal cae a 3% del PIB. El sector privado de EEUU tendría que estar en equilibrio. En el segundo trimestre de 2012, anotó un superávit de ingresos sobre gastos de 5% del PIB. Para pasar a un equilibrio en el sector privado, manteniendo constante la demanda, el gasto de los hogares o la inversión de las empresas tendría que aumentar. Lo primero exigiría un incremento en el crédito. Y lo segundo exigiría que la inversión aumentara a una proporción del PIB mayor que la registrada durante la burbuja en el mercado de acciones de los ‘90. La primera opción no es deseable; y la segunda es improbable.
El siguiente desafío es la oferta. En el largo plazo, el determinante del crecimiento es el aumento en la productividad. EEUU es la más productiva entre las grandes economías del mundo porque ha sido la mejor en desarrollar y aplicar nuevas tecnologías. Sobre esto se pueden hacer dos comentarios. El primero, como señalé en una columna del 2 de octubre, es que el crecimiento de la productividad parece estar desacelerándose, aunque sigue siendo bueno comparado con el de otros países de altos ingresos. El segundo es que en un mundo en el que la conexión entre la innovación y la ciencia es tan estrecha, mucho depende del apoyo del gobierno a la ciencia. El gobierno de EEUU ha jugado un papel seminal en la innovación: Internet es sólo un ejemplo más de esto.
El tercer desafío es la desigualdad. Aquí los cambios son profundos. Aparentemente, 90% del aumento en la productividad de EEUU desde fines de la recesión ha ido al 1% superior de la distribución de ingresos. Como destacó la Oficina de Presupuesto del Congreso, la inflación ajustada real “significa que los ingresos de los hogares, medidos después de transferencias del gobierno e impuestos federales, crecieron 62% entre 1979 y 2007. En el mismo lapso, el ingreso medio real después de ingresos de los hogares creció 35%”. Esta divergencia tiene dos implicancias. Primero, los cambios en el PIB no reflejan los cambios en el bienestar económico de toda la población, sino cambios en el segmento superior: ya que el 20% superior recibe 60% del ingreso a base de mercado y el 1% superior gana mucho más que el 40% inferior, eso resulta evidente. Segundo, en la medida que las oportunidades de un niño dependen de los recursos de sus padres, el resultado será una desventaja acumulativa. Mientras más importante sea el capital humano más influye esto.
El último punto es la solvencia fiscal. Peter Diamond, premio Nobel y economista del MIT, sostiene que EEUU tiene una crisis de desempleo y un problema de deuda pública. Yo concuerdo. Recortar el déficit fiscal no es la tarea urgente como muchos asumen, por dos razones. Primero, no puede lograrse sin arriesgarse a un colapso en la demanda y luego, posiblemente, un déficit fiscal casi tan grande como el anterior, pero a menores niveles de actividad. Eso es lo que significa caer en una trampa de liquidez. Segundo, casi no existe riesgo de un aumento significativo en las tasas de interés sobre los treasuries, a menos de que se produzca una fuerte recuperación económica. Pero eso mismo eliminaría gran parte del déficit fiscal, a medida que los ingresos repuntan y el gasto cae. El gran tema de la solvencia es el gasto en los servicios de salud, donde el dilema es la inflación de costos.
¿Cuáles de los candidatos parece entender esto mejor? Mi opinión es que la visión de Obama es la más adecuada, mientras que Mitt Romney es sólo un George W. Bush recalentado. Obama no ofrece una ola de reformas, que podrían reiniciar el dinamismo que impulsó el auge a mediados del siglo XX. Probablemente, eso es demasiado difícil. Pero, como afirma el Centro de Política Tributaria, es imposible mirar las propuestas de Romney -reducciones en las tasas de ingresos tributarios marginales compensados por reducciones no especificadas en los gastos tributarios- sin concluir que entregarían “grandes recortes de impuestos a los hogares de altos ingresos, y una creciente carga impositiva a los contribuyentes de ingresos medios y bajos”. En una economía con creciente desigualdad, esto haría que el problema subyacente sea aún peor.
Dado el compromiso de Romney con los grandes aumentos en el gasto en defensa, el resultado probablemente sería un alto incremento en los déficit fiscales estructurales. Los republicanos han probado que son mucho menos hostiles a los déficit en la práctica que en la teoría. Las reducciones de impuestos son su verdadera religión fiscal. El lado bueno de esto es que EEUU necesitará esos déficit, por algún tiempo. Lo malo es que es más probable que esas políticas generen una pequeña expansión que un crecimiento sólido.
Los republicanos creen que la clave para el desempeño es menos regulación y menores tasas tributarias. Sin embargo, es poco probable que una rebaja en los impuestos de 35% a 28% tenga un efecto notable en el desempeño agregado. Sí, los impuestos importan. Pero la visión de que determinan por sí mismos el desempeño económico es ciertamente errada.
Los temas van más allá de la economía. Las divisiones por las políticas sociales y las políticas externas son evidentemente profundas. Pero las opciones económicas también son importantes. Los estadounidenses deben escoger entre un hombre con ambiciones modestas y alguien determinado a doblarse en las políticas fiscales y financieras de la era previa a la crisis. Romney, como los Borbón, no ha aprendido nada y lo ha olvidado todo. ¿Cuáles serían las consecuencias de esa repetición? El mundo podría estar a punto de descubrirlo.
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