Las falsas promesas de Trump a quienes lo apoyaron
Sus planes podrían producir un breve resurgimiento económico. Pero las consencuencias de largo plazo probablemente serán sombrías, y no menos para sus descontentos y engañados partidarios. A dónde nos podría llevar eso, es aterrador.
Por: Martin Wolf, Financial Times
Publicado: Miércoles 16 de noviembre de 2016 a las 04:00 hrs.
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¿Beneficiará Donald Trump a la iracunda clase trabajadora blanca que lo llevó a la Casa Blanca? Para responder, es necesario examinar sus planes y los deseos de los parlamentarios republicanos. También debe considerarse cómo estos planes podrían afectar a la economía mundial. La conclusión es directa: algunas personas se beneficiarán, por cierto, pero la clase trabajadora blanca no estará entre ellos. Los conservadores tienen una rabia largamente alimentada que no calmarán. Trump ha llevado este enfoque a nuevas direcciones.
Bajas de impuestos masivas, permanentes y regresivas parecen ser la única certeza. Es algo en lo que el magnate y los legisladores republicanos están de acuerdo. El nuevo plan de Trump reduciría la tasa más alta de impuesto individual a 33% y el impuesto corporativo a 15%. También eliminaría el impuesto a la propiedad. Los contribuyentes de mayores ingresos –el 0,1% de la población, que tienen ingresos de más de US$ 3,7 millones al valor de 2016– recibirían una rebaja promedio de más de 14% del ingreso post impuesto. El gravamen del quintil más pobre caería, en promedio, 0,8% del ingreso post impuesto. A quienes tienen, se les dará.
Trump (aunque no tanto los republicanos en el congreso) planea aumentar el gasto en infraestructura. Esto es deseable, aunque habría tenido más sentido si los republicanos hubieran apoyado un programa así en medio de la gran recesión. Pero, como resalta Lawrence Summers, ex Secretario del Tesoro de EEUU, el plan de Trump depende principalmente de la inversión privada. La experiencia en otros lugares sugiere que esto lleva a la explotación de los contribuyentes y un fracaso en llevar a cabo inversiones públicas, que entrega beneficios sociales altos pero retornos comerciales limitados.
El efecto neto de estos planes sería un aumento considerable en los déficit fiscales. Los cálculos del Centro de Políticas Tributarias, en el centro de estudios de Brookings, sugiere que a 2020 el déficit aumentaría en 3% del PIB. A base de las previsiones actuales e ignorando gastos adicionales, esto significaría un déficit de cerca de 5,5% del PIB en 2020. Acumulativamente, el crecimiento de la deuda federal a 2026 podría ser de 25% del PIB.
Los parlamentarios republicanos, como Paul Ryan, seguramente exigirían recortes proporcionales en el gasto. Los desembolsos federales anuales están cerca de 20% del PIB. El gasto en salud, subsidios a los ingresos, seguridad social y defensa, y el interés neto absorbieron el 88% de eso en 2015. La eliminación del gasto en todo lo demás (un error catastrófico) apenas permitiría recortar la mitad del déficit proyectado. En resumen, la lógica del plan lleva a, ya sea grandes aumentos en la deuda federal en relación con el PIB, o recortes agudos en el gasto dedicado a programas de los que dependen los votantes de Trump.
El previsto aumento de déficit fiscal de EEUU será, sin embargo, expansionista, aunque la concentración de los recortes en los más ricos limitará sus efectos. Aun así, el aumento en el déficit fiscal de EEUU acelerará las alzas de tasas de interés de corto plazo. Trump no podría quejarse ya que él atacó las tasas bajas de la Reserva Federal. Sin embargo, como señala Desmond Lachman de American Enterprise Institute, la economía mundial está frágil. Y el rápido incremento de las tasas de interés estadounidenses puede desestabilizarla.
Más aún, la combinación de relajamiento fiscal y ajuste monetario significaría un dólar más fuerte y un creciente déficit en la cuenta corriente en el mediano plazo. EEUU reemergerá como el comprador global de último recurso, ayudando a los mercantilistas estructurales mundiales: China, Alemania y Japón. El dólar fuerte y el creciente déficit externo incrementarían, como a principios de los años ‘80, las presiones proteccionistas (la administración de Ronald Reagan fue bastante proteccionista durante su primer gobierno). La decisión de lanzar la ronda de Uruguay de negociaciones multilaterales para liberalizar el comercio mundial fue entonces la respuesta. Ahora, sin embargo, un dólar fuerte reforzaría las tendencias proteccionistas de la administración de Trump.
Pero las protecciones contra las importaciones incrementarían todavía más el valor de la divisas, desviando el ajuste hacia los sectores desprotegidos, sobre todo, a los exportadores competitivos. En resumen, un dólar fuerte va a debilitar al sector manufacturero que Trump pretende ayudar.
La probable respuesta sería convencer a la Fed para un lento ajuste monetario. El período de Yanet Yellen como presidenta de la Fed termina en 2018. Su sucesor podría recibir instrucciones de que el crecimiento de 4% mencionado por Trump debe ser alcanzado. La última vez que este nivel de expansión fue logrado por un período de cinco años consecutivos fue antes del crash de 2000, una advertencia ominosa. Si la Fed trata de alcanzar esa meta, podría desencadenar la inflación, inestabilidad financiera o –lo más probable– ambas. En todo eso parece haber poco, o ningún, beneficio para los partidarios de Trump de la clase trabajadora.
El presidente electo también prometió eliminar Obamacare y la mayoría de las regulaciones medioambientales y financieras. Es difícil creer que cualquiera de esas medidas socorrería las perspectivas de la clase trabajadora. Ellos, lo más probable, sufrirán de una cobertura todavía peor de salud, un medioambiente más sucio, un comportamiento más depredador de las instituciones financieras y, lo peor, hasta otra crisis financiera. El proteccionismo tampoco ayudará a sus partidarios. Muchos de ellos dependen de bienes importados baratos. Muchos se verán afectados por los terribles resultados de una guerra comercial global. Mientras tanto, una productividad en rápido ascenso seguirá asegurando la persistente caída de la participación de las manufactureras en el empleo estadounidense, pese a la protección.
Trump promete un salto en el gasto de infraestructura, recortes de impuestos regresivos, rebajas en el gasto federal y una radical desregulación. Una fuerte alza en el gasto de infraestructura ayudará, de hecho, a los trabajadores de la construcción. Pero casi nada más en estos planes beneficiará a la clase trabajadora. Al final, sus planes podrían en verdad producir un breve resurgimiento económico. Pero las consencuencias de largo plazo probablemente serán sombrías, y no menos para sus descontentos y engañados partidarios. La próxima vez podrían estar aún más enojados. A dónde nos podría llevar eso, es aterrador.
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