El desafío de la autocracia leninista de Xi Jinping en China
Las democracias tienen que reconocer sus fracasos para contrarrestar a una China que se ve a sí misma como un rival ideológico.
Por: Martin Wolf, Financial Times
Publicado: Jueves 2 de noviembre de 2017 a las 04:00 hrs.
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“Les guste o no, la historia está de nuestro lado. ¡Los enterraremos!” Así en 1956 Nikita Khrushchev, el entonces primer secretario del Partido Comunista de la Unión Soviética, predijo el futuro.
Xi Jinping es mucho más precavido. Pero sus afirmaciones también son audaces. “El socialismo con características chinas ha cruzado el umbral hacia una nueva era”, dijo el secretario general del Partido Comunista de China a su XIX Congreso Nacional la semana pasada. “Ofrece una nueva opción para otros países y naciones que quieren acelerar su desarrollo al mismo tiempo que preservan su independencia”. El sistema político leninista no está en las cenizas de la historia. Es, otra vez, un modelo.
Las declaraciones de Khrushchev parecen ahora ridículas. No parecían así entonces. La industrialización de la Unión Soviética había ayudado a derrotar a los ejércitos nazis. El lanzamiento del Sputnik en 1957 indicó que se había convertido en un rival tecnológico de Estados Unidos.
Pero a 35 años del alarde de Khrushchev, la URSS, el Partido Comunista soviético y su economía habían colapsado. Ese sigue siendo el evento político más extraordinario desde la Segunda Guerra Mundial. Mientras tanto, el evento económico más notable es el alza de China desde el empobrecimiento hacia el estatus de ingreso medio. Es por eso que Xi puede hablar sobre China como un modelo.
Sin embargo ¿cómo el sistema que fracasó en Moscú tuvo éxito en Beijing? La gran diferencia entre los dos resultados está en las elecciones brillantes de Deng Xiaoping. El líder supremo chino que siguió a Mao Zedong mantuvo el sistema político leninista –sobre todo, el rol dominante del Partido Comunista- mientras liberaba la economía.
Su determinación de mantener el control del partido quedó clara con sus decisiones durante lo que los chinos llaman “el incidente del 4 de junio” y los occidentales llaman la “masacre de la Plaza de Tiananmen” de 1989. Su resolución de continuar con la reforma económica nunca flaqueó. Los resultados eran espectaculares.
Si la Unión Soviética hubiera podido seguir ese camino está abierto al debate. Pero no lo hizo. Como resultado, la Rusia de hoy no sabe cómo celebrar la revolución de octubre de hace un siglo: el presidente Vladimir Putin es un autócrata, pero el sistema comunista se ha ido. Xi también es un autócrata. Su legitimidad depende de la del partido.
Leninismo y mercado
¿Cuáles son las implicancias del matrimonio chino entre el leninismo y el mercado? China de hecho ha aprendido de Occidente sobre economía. Pero rechaza la política occidental moderna. Con Xi, China es crecientemente autocrática e intolerante. En el Partido Comunista, China tiene un modelo aparentemente moderno para su sistema antiguo de soberanía imperial y burocracia meritocrática.
Pero el partido ahora es el emperador. Entonces, quien controla el partido, controla todo. Uno debería agregar que los giros en una dirección autocrática han ocurrido en otros lados, no menos en Rusia. Los que pensaron que la caída de la URSS proclamó el triunfo duradero de la democracia liberal se equivocaron.
¿Seguirá funcionando esa combinación de política leninista con economía de mercado a medida que China se desarrolla? La respuesta debe ser: no sabemos. Una respuesta positiva podría ser que este sistema no sólo se ajusta a las tradiciones chinas, sino que los burócratas también son excepcionalmente capaces.
El sistema ha funcionado espectacularmente hasta ahora. Sin embargo, también hay respuestas negativas. Una es que el partido está siempre por encima de la ley. Eso hace que el poder se vuelva ilegal. Otra es que la corrupción que Xi ha estado atacando es inherente en sistemas que no tienen chequeos desde abajo. Otra es que, en el largo plazo, esa realidad mine el dinamismo económico. Otra es que a medida que la economía y el nivel de la educación avancen, el deseo por un decir en política se haga abrumador. En el largo plazo, la autoridad de una persona sobre el partido y la autoridad de un partido sobre China no se sostendrán.
Desafíos de Occidente
Todo esto es para el largo plazo. La posición inmediata es bastante clara. China está emergiendo como un súperpoder económico bajo una autocracia leninista controlada por una persona. El resto del mundo no tiene otra opción que cooperar pacíficamente con este poder creciente. Juntos debemos preocuparnos de nuestro planeta, preservar la paz, promover el desarrollo y mantener la estabilidad económica.
Al mismo tiempo, aquellos de nosotros que creen en la democracia liberal –el valor duradero del imperio de la ley, la libertad individual y los derechos de todos de participar en la vida pública- tienen que reconocer que China no sólo es, sino que se ve a sí mismo, como un rival ideológico significativo.
El desafío ocurre en dos frentes. Primero, Occidente tiene que mantener un margen de superioridad tecnológica y económica, sin desarrollar una relación indebidamente adversaria con la China de Xi. China es nuestro socio. No es nuestro amigo.
Segundo y mucho más importante, Occidente (frágil como está hoy) tiene que reconocer –y aprender de- el hecho de que el manejo de su economía y políticas ha sido insatisfactorio por años, si no décadas. Occidente dejó a su sistema financiero encallar en una gigante crisis financiera. Persistentemente ha subinvertido en su futuro. En casos importantes, notablemente en EEUU, ha permitido al golfo gigante emerger entre los ganadores y perdedores económicos. No menor, ha permitido a las mentiras y al odio consumir sus políticas.
Xi habla del “gran rejuvenecimiento de la nación china”. Occidente necesita un rejuvenecimiento también. No puede rejuvenecer copiando la corriente hacia la autocracia de una buena parte del mundo de hoy. No tiene que abandonar sus valores centrales, sino que hacerlos vivir de nuevo.
Tiene que crear economías más inclusivas y dinámicas, revitalizar sus políticas y reestablecer de nuevo el frágil equilibrio entre lo nacional y lo global, lo democrático y lo tecnocrático, que es esencial para la salud de las democracias sofisticadas. La autocracia es la antigua norma humana. No tiene que tener la última palabra.
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