En medio de la fuga de usuarios de WhatsApp y Twitter, ¿deberíamos también dejar las redes sociales?
La "desintoxicación digital" se ha convertido en una frase muy usada en el último tiempo, pero a medida que crecen las polémicas en las redes sociales aumenta el número de personas, y ahora también empresas, que se plantea abandonarlas.
Por: Financial Times. Traducido por Rafaella Zacconi
Publicado: Viernes 15 de enero de 2021 a las 15:42 hrs.
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Jo Ellison
Después de casi una década de hegemonía cultural, las redes sociales ahora provocan sensaciones encontradas. El exilio de Donald Trump de Twitter la semana pasada hizo que la plataforma finalmente reconociera la responsabilidad sobre el contenido de sus usuarios, pero para muchos la definición sobre los aciertos y errores de la censura en línea ha sido lamentablemente lenta. Existe una desilusión generalizada sobre la influencia de las redes sociales, una extendida aceptación de que está provocando malestar.
La "desintoxicación digital" se ha convertido en una frase muy usada en los últimos años, a medida que la gente ha intentado apartar sus ojos de las plataformas más adictivas. Ahora parecen tener ganas de dejarlas para siempre. A principios de este mes, Bottega Veneta, la casa de moda propiedad de Kering y una de las favoritas del estilo cognoscenti, se despidió de sus 2,5 millones de seguidores de Instagram sin previo aviso y eliminó toda huella en redes sociales de un solo golpe. Y en Los Ángeles, el duque y la duquesa de Sussex lanzaron Archewell, su iniciativa de beneficencia sin fines de lucro, en medio de especulaciones de que han abandonado sus redes sociales.
Para Meghan y Harry, que tienen más de 10 millones de seguidores en Instagram en @sussexroyal pero no han publicado nada desde marzo, el mundo virtual se ha vuelto intolerable. Meghan afirmó que en 2019 fue "la persona más trolleada del mundo, hombre o mujer", y que la pareja ha sufrido una andanada de abusos "casi insuperable".
Ciertamente, en el mundo incendiario de la política actual, el tono de la conversación ha llegado a convertirse en un chirrido. Incluso, las plataformas relativamente benignas como Instagram han visto un aumento en el riesgo de conflictos. Los temas delicados, comprimidos en memes y eslóganes, se han convertido en nuevas municiones, y todo, desde la ficción hasta las portadas de Vogue, ha sido cooptado para luchar en la guerra cultural. La cultura de cancelar puede ser parte de una evolución social en curso, pero puede también es un campo de batalla brutal. Y de ser el ne plus ultra de la comunicación moderna, nuestros feeds se han convertido en la manifestación de un status quo tóxico.
Peor. Cuando no es malo y rencoroso, nos hace sentir miserables. Numerosos estudios y documentales populares como The Social Dilemma, han establecido que las redes sociales pueden precipitar la depresión, engendrar sentimientos de baja autoestima y fomentar los trastornos del sueño. Los científicos y psicólogos del comportamiento nos han pedido durante mucho tiempo que dejemos de fumar.
Un estudio de los usuarios de Facebook encontró que aquellos que dejaron de involucrarse sintieron una clara disminución en sus sentimientos de ira, depresión, soledad y ansiedad después de dejar Facebook. Y eso fue después de solo una semana, lo que contradice el argumento de que las redes sociales pueden servir como una familia de reemplazo y conectarnos mejor, especialmente durante esta pandemia, cuando los encuentros en la vida real han sido tan difíciles.
Pero si bien existe mucha evidencia que sugiere que salir de las redes sociales me haría más feliz, más productiva y mucho menos ansiosa, ¿voy a hacerlo? Absolutamente no. A pesar de todos sus males, Instagram y Twitter han sido mi manta de consuelo durante este espantoso período. También han sido una herramienta esencial para trabajar, una fuente constante de inspiración, un increíble sistema de red y un medio para recibir noticias.
Además, sin las redes sociales, podría haberme perdido al “Gobernator” Arnold Schwarzenegger, alabando la trascendencia de la democracia estadounidense mientras empuñaba su espada de Conan el Bárbaro. Tampoco hubiera podido compartir extractos de la exposición de Fran Lebowitz en el documental de Netflix “Pretend It's a City” con otros “Lebófilos” en Instagram o intercambiar increíbles cabañas en el caribe a través de TikTok con el editor de opinión financiera de Financial Times.
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Más pequeño, más cercano
Se necesitarán más de unos pocos mensajes de odio antes de intentar elevar mi dopamina. Sin embargo, hay algo en la decisión de Bottega que me hace pensar. Admiro su alejamiento de la mensajería virtual y el reconocimiento de que la creatividad no debe expresarse en cuadrados. En un paquete de prensa para acompañar su última presentación, la casa de modas envió un disco de vinilo y una variedad de material para comunicar una interpretación del siglo XXI del ambiente de salón de la era victoriana. Más pequeño, más silencioso, con un enfoque en lo físico.
Bottega forma parte de un puñado de marcas e influencers que han aprovechado el deseo general de un intercambio más íntimo. Objetos analógicos como un bolígrafo y papel, libros y discos han adquirido un nuevo y lujoso brillo en este mundo estéril y pandémico. Si bien nuestra vida laboral todavía está ligada a las videoconferencias y las computadoras portátiles, se ha convertido en un capricho peculiar, por ejemplo, levantar el teléfono. Más cercano, más afable y, quizás cínicamente, mucho más fácil de retractar.
Por otra parte, Bottega no necesita redes sociales. Tiene una gran cantidad de sitios de fans altamente comprometidos que hacen un trabajo mucho más efectivo en la promoción y venta de los productos de la marca. Quizás esa sea la respuesta. Para protegernos del vitriolo, simplemente deberíamos subcontratar nuestras redes sociales a otra persona.
O tal vez, para extender aún más nuestra ira, podríamos intercambiar identidades en una especie de experiencia épica de "compartir el micrófono" con nuestros enemigos de las redes sociales. En lugar de caminar una milla en los zapatos de nuestro enemigo, podríamos compartir zapatos, tratar de comprender sus puntos de vista y aprender bailes de TikTok con sus amigos. Sería agotador, pero podría ayudar a que todos dejemos de gritar. Y seguro que nos haría menos malos.
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