Donald Trump tiene un genio perverso para empujar a los adversarios de Estados Unidos a descubrir nuevas formas de ejercer presión sobre Washington. Su guerra comercial con China persuadió a Beijing de explotar su dominio en tierras raras y minerales críticos, obligando a EEUU a reducir sus aranceles.
De forma similar, Irán finalmente ha concretado una amenaza de larga data y, en la práctica, ha cerrado el estrecho de Ormuz. Teherán, al igual que Beijing, habrá estado encantado de comprobar cuán rápido puede infligir dolor económico a Occidente.
El aprovechamiento por parte de Irán de su control sobre el estrecho implica que la república islámica ahora puede aspirar a mucho más que simplemente sobrevivir al ataque de EEUU e Israel. Tiene una posibilidad real de emerger de la guerra con una posición internacional fortalecida.
No hay duda de que Irán ha sufrido golpes severos. El líder del país y muchos de sus asesores más cercanos murieron el primer día del conflicto. Sus barcos, lanzadores de misiles y centros de mando han sido atacados repetidamente. La economía iraní atraviesa serias dificultades y la inflación está descontrolada.
Pero Irán no solo sigue combatiendo. Ha demostrado que puede causar daños reales a sus vecinos del Golfo, como Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, poniendo grandes interrogantes sobre su futuro a largo plazo. Fundamentalmente, el estrecho de Ormuz también le ofrece a la república islámica una fuente potencial de ingresos futura que podría resultar extremadamente valiosa.
Irán ha cobrado, según reportes, US$ 2 millones por permitir el paso seguro de buques a través del estrecho. En tiempos normales, cerca de 140 barcos al día realizan ese trayecto. Un cálculo simple sugiere que, si Irán logra establecer este “peaje”, podría sumar miles de millones de dólares mensuales a las arcas del Estado.
Marco Rubio advirtió la semana pasada sobre el peligro de que Irán busque cobrar a los barcos que atraviesan el estrecho. El secretario de Estado de EEUU afirmó que esto sería ilegal e inaceptable. Tiene razón en ambos puntos. La pregunta es: ¿qué puede hacer EEUU al respecto?
La respuesta desalentadora es que podría no haber una solución militar a este problema, salvo un cambio de régimen en Teherán. Actualmente, EEUU está desplegando tropas terrestres en la región. Pero la toma de la isla Kharg, que Trump mencionó en una reciente entrevista con el FT, no necesariamente resolvería el problema del estrecho.
De hecho, los planificadores militares occidentales son muy pesimistas respecto de las probabilidades de reabrir el estrecho solo por medios militares. La geografía de la zona y la tecnología disponible para Irán -incluidos drones que pueden operar a muchos kilómetros de la costa- implican que ni siquiera las escoltas navales pueden garantizar la seguridad del tráfico comercial.
Eso deja un acuerdo negociado con Irán como la opción más realista. Pero es probable que Irán exija un precio muy alto. El régimen persa tiene la mira puesta en ingresos futuros potencialmente transformadores, además de un mecanismo para otorgar favores o castigos a países de todo el mundo.
Trump, autodenominado maestro de la negociación, está teniendo dificultades. Recientemente admitió que encuentra el estilo negociador iraní muy “extraño”. La semana anterior, el Presidente de EEUU sugirió que “él y el ayatolá” podrían gestionar conjuntamente el estrecho, lo que algunos interpretaron como un intento de dividir los posibles ingresos con Teherán. Pero los iraníes parecen no estar interesados.
Los vecinos de Irán están horrorizados ante la idea de que Teherán emerja de la guerra con control práctico sobre las exportaciones energéticas del Golfo, además de una nueva fuente de ingresos. Existe mucha especulación respecto de que Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita podrían unirse al conflicto antes que aceptar ese resultado. Pero esos países también son conscientes de que ataques iraníes a sus instalaciones petroleras o plantas desalinizadoras podrían causar estragos duraderos en sus economías y sociedades. Podrían, en última instancia, decidir que pagar “protección” a Irán es una mejor opción que escalar el conflicto.
Las naciones asiáticas -que son los principales mercados para las exportaciones energéticas del Golfo y no están en la línea de fuego de Irán- también podrían considerar pagar. Aliados de EEUU, como Japón y la Unión Europea, sabrán que pagar a Irán provocaría la ira de Washington. Pero las relaciones europeas con la administración Trump ya son tan malas -y el Presidente tan errático- que los europeos podrían asumir ese riesgo, en lugar de aceptar precios de la energía permanentemente más altos o volver a comprar petróleo y gas rusos.
Por supuesto, aún existen muchas “incógnitas conocidas”, para citar a Donald Rumsfeld, uno de los arquitectos de la invasión de Irak en 2003. La intervención de fuerzas terrestres estadounidenses sería una escalada dramática. Es posible que las presiones sociales y económicas dentro de Irán terminen provocando el colapso del régimen. Pero, hasta ahora, ha demostrado ser notablemente resiliente.
Algunos de quienes detestan a Trump, Israel o Arabia Saudita disfrutarán viendo a la república islámica revertir la situación frente a sus enemigos. Pero eso es una visión muy cortoplacista. El régimen iraní ha patrocinado grupos islamistas violentos en todo Medio Oriente y ha masacrado a su propio pueblo en las calles, además de proporcionar apoyo clave a Rusia en su guerra en Ucrania. Si emerge de este conflicto resentido y envalentonado, será una mala noticia para la seguridad global, la economía mundial y para el propio pueblo iraní. Lamentablemente, hoy eso parece un escenario plausible.