En intervalos que pueden extenderse entre dos y siete años, el mundo se ha ido acostumbrando a la aparición de un fenómeno climático conocido como "El Niño", que consiste en un calentamiento mayor a lo normal de las aguas superficiales del Océano Pacífico ecuatorial, frente a las costas de Sudamérica.
Este fenómeno, que puede durar entre nueve y 12 meses, produce cambios en el clima de gran parte del mundo, con un aumento en la temperatura promedio a nivel global y sequías en algunas regiones, particularmente en Asia y Oceanía, pero que en nuestro país se traduce en mayores precipitaciones y, especialmente en el norte de Chile, mayor riesgo de inundaciones.
Potencial destructor
Aunque no es un término científico, cuando este fenómeno adquiere una mayor intensidad, con incrementos de temperaturas de 2°C. o más, se habla de un “súper Niño” o “Niño Godzilla”, para reflejar su impacto potencialmente devastador.
Al interactuar con la atmósfera, el aumento en la temperatura de la superficie del mar favorece que los sistemas frontales descarguen grandes cantidades de agua en períodos breves.
Aunque solo existen registros de que esto haya ocurrido en tres ocasiones previamente, las últimas proyecciones de la Administración Atmosférica y Oceánica Nacional de Estados Unidos (NOAA, sigla en inglés), estiman que las probabilidades de que se repita un evento de este tipo este año han aumentado a cerca de 61%. Se espera que en Chile el fenómeno comenzará a sentirse hacia mediados del otoño e irá intensificándose paulatinamente durante el invierno.
Aunque su llegada abre oportunidades para aliviar la escases hídrica, podría afectar la calidad de las cosechas de berries y otras especies cultivadas entre las regiones de El Maule y Biobío.
Patricio González, agroclimatólogo del Centro de Investigación y Transferencia de Riego y Agroclimatalogía (Citra) de la Universidad de Talca, explica que eventos como el proyectado sólo se ha registrado en 1982, 1997 y 2015.
González apunta a que el impacto negativo reside principalmente en la vulnerabilidad de la infraestructura de evacuación de aguas lluvia, tanto urbana como rural. En esa línea, inundaciones como las de febrero en Santiago o la de 2023 en las cercanías del Río Mataquito en El Maule, se produjeron por falta de colectores y defensas fluviales que contuvieran el aumento de precipitaciones.
"No es que el fenómeno de El Niño sea un monstruo, el problema lo creamos nosotros en las ciudades y campos al no tener las inversiones necesarias ni las decisiones políticas para generar redes de evacuación eficientes", afirma. Según el académico, son probables las lluvias que superen los 70 milímetros en 24 horas, que saturan suelos ya impermeabilizados por la urbanización rural, afectando directamente la capacidad productiva de los predios.
Por otra parte, señala que las mayores temperaturas podrían influir negativamente sobre algunas producciones agrícolas. "El invierno bajo un evento de El Niño tiende a ser más cálido, lo que reduce la acumulación de horas frío necesarias para que los frutales logren un calibre y calidad óptimos para los mercados internacionales".
Cultivo de berries
La producción y exportación de berries se ha transformado en uno de los pilares del agro entre Parral (El Maule) y Los Ángeles (Región del Biobío). Para empresarios como Peter Stengel, dueño de la exportadora Fistur, en Yumbel, el escenario debe observarse con un enfoque logístico, ya que si bien se trata de un fenómeno complejo en términos operativos, no debería representar una catástrofe productiva si existe una planificación adecuada.
"En términos productivos, las lluvias no afectan mayormente, salvo que existan problemas de mantención en los canales colindantes. El agua que no infiltra empieza a escurrir y, si no tienes los ríos y esteros limpios, el impacto en las líneas de riego puede ser devastador", señala Stengel.
Respecto a la preocupación por las horas frío, el empresario comenta que "la gran mayoría de las variedades de berries no requieren más de 500 a 700 horas frío para cuajar. Agrega que el riesgo es menor comparado con los cerezos, cuyo cultivo requiere de otras condiciones.
No obstante, el factor que sí "mueve la aguja" en los costos de producción es la sanidad vegetal. La humedad y las temperaturas cálidas, especialmente si el fenómeno se extiende hasta la primavera (octubre), disparan la presión de patógenos como la Botrytis endógena. "El aumento de lluvias exige un programa fitosanitario reforzado y mayúsculo. Si no tienes las aplicaciones oportunas, la entrada de hongos afectará drásticamente los arribos de la fruta en destino", advierte Stengel.
Embalses para el riego
Sin embargo, y como plantea también el profesor González, este es un período en que podemos aumentar el reservorio de agua en los embalses. Según José Miguel Stegmeier, presidente de la Sociedad Agrícola del Biobío (Socabio), El Niño trae problemas y beneficios. “Necesitamos abastecer la infraestructura hídrica de la zona, idealmente por acumulación de nieve en la cordillera entre Coquimbo y Biobio, de manera que podamos tener un riego paulatino y permanente de los campos durante los períodos de más calor”.
De acuerdo a las estimaciones del CITRA, el verano de 2027 podría presentar temperaturas que superen los 40ºC en zonas rurales del centro – sur. "Sobre los 34 grados, los frutales dejan de hacer fotosíntesis. Si el evento es muy fuerte, impactará con tasas de evapotranspiración tan altas que obligarán a regar con una frecuencia que muchos productores no podrán costear si no se asegura el almacenaje de agua este invierno", concluye el profesor González.
Ahí cobra fuera la insistencia de Stegmeier respecto a agilizar la aprobación de proyectos de construcción de embalses. “Hemos pedido reiteradamente a las autoridades fortalecer esta infraestructura que no sólo beneficia al agro (…) los embalses también son mitigadores de impacto frente a eventuales inundaciones y dan seguridad al abastecimiento energético nacional”.